Hace unos días envié mi pasaporte, que estaba a punto de vencer, a ser renovado en la oficina gubernamental correspondiente. Ayer fui a recogerlo a las 12 del mediodía.
Al escuchar que llamaban “¡Leida!, ¡Leida!” (un nombre muy parecido al mío) y viendo que no había nadie más alrededor, me dirigí a la ventanilla.
Me entregaron mi pasaporte y muy cortésmente me dijeron que lo revisara. Al hacerlo me di cuenta de que mi nombre estaba escrito con “D” y no con “L” como fui bautizada. Le señalé a la empleada el error y ella me respondió que se podía corregir, sólo que yo debía presentar mi acta de nacimiento.
Salí de la oficina y me dirigí tan rápidamente como pude a mi casa, a un archivo plástico donde siempre guardo de todo. Allí encontré al menos 6 actas de nacimiento originales de distintas fechas y otras tantas fotocopias.
Mi esposo me dijo “toma una cualquiera”. Pero mi instinto me dijo que no, que las llevara todas, porque eran para una oficina pública y nunca se sabía lo que podía suceder. Me llevé de mi instinto.
Regresé de inmediato a “pasaportes”, como comúnmente se le llama, con una carpeta llena de papeles. Le pasé una de las actas de nacimiento a la empleada. Al verla, la empleada me dijo que con esa acta no, que buscara una más nueva. Le entregué el paquete y le dije “sírvase usted misma”.
Al revisar todas las actas de nacimiento de distintas fechas, me señaló que no podía hacer la corrección con ninguna de ésas porque estaban “vencidas”. Le dije “señorita, son actas de nacimiento, no medicamentos”. “No importa”, me respondió, “están vencidas”.
Apelé entonces a lo jurídico (siempre le sale a uno la sombra de la profesión), y le hice ver que ese es un documento contemplado en la Ley 659 sobre Actos del Estado Civil y que la ley no le establece plazos de vencimiento, por lo que las actas de nacimiento “no vencen”.
La amable señorita me respondió, suavemente, “aquí sí”. Lo que me dejó un poco confusa porque no sabía si se refería a esa zona del malecón, a esa parte de la ciudad o solamente al perímetro de la institución para la cual laboraba.
Los demás usuarios que se encontraban realizando las mismas diligencias que yo, al percatarse de mi discusión, me expresaron que me fuera con el pasaporte tal y como estaba, que en migración no iba a haber problemas y que la mayoría de ellos tenía errores hasta en las fechas, lo que nunca les había representado inconveniente alguno. Pero yo, sabiendo que la burocracia no afecta a todos por igual y que hay determinados seres en la tierra a quienes lo absurdo nos persigue más que a los demás, me empeñé en arreglar mi nombre.
La empleada, en el mismo tono conciliador del principio, me sugirió una solución: “¿por qué no pide usted una entrevista con el subdirector para que le autorice esta acta de nacimiento?”. “Muy bien, ¿dónde tengo que ir?”, le respondí. “Al fondo a la derecha”, me respondió a su vez, tal y como yo me lo imaginaba.
Busqué con la mirada el pasillo que me llevaría hasta el subdirector, pensando mientras caminaba en dirección a sus oficinas cómo le solicitaría que tuviera la venia de derogar en mi beneficio el “reglamento no escrito” establecido por esa dependencia gubernamental, relativa al plazo de vencimiento de las actas de nacimiento.
Pero el subdirector no se encontraba.
Ya con cara de fastidio miré a todos lados en busca de alguien que me pudiera informar sobre su paradero, cuando una súper encantadora secretaria me hizo pasar a un despacho, me ofreció un asiento, café o un refresco, y me informó que esperara un poco que el funcionario no tardaría.
Media hora o cuarenta minutos más tarde dos caballeros, muy amables, me indicaron que les siguiera. De pronto me vi, no frente al subdirector, sino frente al propio director de pasaportes, un rozagante y encantador cibaeño, que con toda la gentileza y educación me hizo exponerle mi situación. Sin pensarlo dos veces firmó mi acta de nacimiento y me despidió luego de una atenta y afable conversación de varios minutos.
De regreso a la casilla de entrega, le presenté el acta a la simpática señorita quien, de nuevo muy cordialmente me pidió que tuviera la amabilidad de esperar, que el pasaporte iba ahora al departamento de caligrafía. Me senté otro rato, durante el cual analicé el asombro que me producía el que, a pesar de todo, la empleomanía y los funcionarios trataran al usuario con una deferencia inusual en las oficinas estatales.
Finalmente fui llamada por mi nombre a recibir el documento corregido.
La empleada me repitió que lo revisara a ver si todo estaba correcto.
Efectivamente, la “D” de mi nombre había desaparecido, pero no como yo esperaba.
Para mi sorpresa, la “D” había sido simplemente tachada con “liquid paper” y sobre éste, escrita delicadamente la “L” correspondiente.
La risa me impidió expresar en ese momento todo lo que me pasó por la cabeza.
Además, para mí, de vuelta a ser la “Leila” acostumbrada, era ya las dos y media de la tarde y mi familia todavía me esperaba para comer.
Publicado en 2001.
Publicado en 2001.