“Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia.”
(Pablo Neruda, 1971)
Hace casi quince años de aquella mañana en que me desperté con el inusual sonido de música en mi apartamento de joven divorciada. Salí en pijamas, curiosa, hasta la sala y te vi (para mi sorpresa porque habíamos discutido la noche anterior), sentado en un sillón, esperando pacientemente que me levantara.
Cuando, (por fin), me pediste amores, te dije de inmediato que sí y con un beso empezamos la más larga sesión de ternura que soy capaz de recordar. Fue un día inolvidable de estímulos y nerviosismo, de caricias esmeradas y provocadoras. Todo un día. La noche (y el secreto con ella) llegó demasiado tarde para nuestra impaciencia.
Te había imaginado cándido e inexperto (porque eras tres años menor que yo) pero, en la oscuridad más radical, me sorprendiste hábil y avezado. Y cuando la claridad de la madrugada empezó a dejarnos ver las sombras mutuas, culminaste el más dilatado y próspero enredo sensual de mi memoria. Apresaste mi juicio desde entonces con tu seducción copiosa y exquisita (por supuesto, también con el intermedio y la sorpresa de invitarme a jugar, y aquella conclusión que, más que fin, fue una garantía de continuidad).
Contigo y tus afanes no pudieron las diferencias de criterios, los pleitos naturales, ni siquiera las agresiones que con cierta frecuencia llegaron desde fuera. Ni los años transcurridos, el trabajo en ocasiones excesivo, ni tampoco unos cuantos momentos de temperancia financiera (quizás sólo las eventuales enfermedades de los hijos). Simplemente te proponías emparejarte y te embarcabas en la aventura laboriosa de hacer rodar mis rabietas junto a mis ropas. (Y lo conseguías). Entonces todo lo demás adquiría un espacio secundario.
Hoy, (un sábado como cualquier otro), a casi quince años y tanto transcurrir después, desayunaste conmigo en la cama y te quedaste, como siempre, apretando mis piernas con tus piernas. Esta vez buscaste aceite, sensual y oloroso, y me desnudaste. No tengo idea del tiempo que pasaste rodando tus manos por mi cuerpo, pero me agasajaste en tantas partes, íntimas y recónditas, que me inundaste de ansiedad por ti, como la primera vez (y como tantas veces). Al llegar el mediodía (hora de comida), tuvimos que buscar en la nevera algo que recalentar para regresar a descansar.
Nuestros encuentros íntimos son todavía de pasión atrevida (seguimos inventando a pesar de canas y estrías) y aún sigo intoxicada de alguna clase de vicio por esos preámbulos que has diseñado para develar el apetito de enlazar nuestras humedades y temperaturas.
Supongo que los años harán más tarde reposar tus esmerados detalles y tu invicta robustez, pero por ahora, (a quince años y sin saber qué nos espera en lo adelante) compinche y cómplice en cada lid, te sigo disfrutando.
Publicado en el periódico HOY el 5 de julio de 2002
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