El heladero silbaba, mientras pedaleaba todos los días su peculiar triciclo abastecido de frías golosinas que ofrecía a la venta en su variado periplo por la ciudad. Una sombrilla de vistosos colores incrustada cerca del timón lo protegía aceptablemente del sol. Con la lluvia era distinto, especialmente cuando estaba acompañada de brisa, lo que no era raro en este país tropical; cualquier chubasco lo obligaba a refugiarse bajo el techo de un estacionamiento próximo.
Meses antes podía mantener su humilde familia vendiendo helados, pues en las urbanizaciones de clase media que recorría siempre había niños que, al escuchar su pito característico, salían de las casas con algunas monedas para comprar. Regresaba a su hogar cerca de las siete con el dinero suficiente para disponer los alimentos del día siguiente y, a veces, hasta con algo más.
Sin embargo su situación cambió de repente. Tan rápido, que por momentos no entiende qué diablos pasa en el colmado que “el diario” no le rinde. El heladero ahora hace un recorrido más amplio, pedalea con más prisa su triciclo e inventa nuevos ruidos para llamar la atención, pero aún así sus ventas resultan escasas para sus necesidades. Por eso, aunque desde antes termina el día agotado, ahora se esfuerza un poco más alargando su jornada.
Ayer, por ejemplo, pasó por el ensanche Julieta mucho después de las siete con su carga casi completa. Una llovizna pertinaz no logró que detuviera su marcha a esa hora, a pesar de un catarro viejo que le molestaba desde que empezó diciembre. La cosa ya no está para ñoñerías, se dijo. La pendiente de la calle doce era empinada y por eso el trabajo de pedalear se hacía pesado. Sería un alivio lograr vender algunas paletas antes de la noche.
Entonces escuchó que le devolvían su silbido y se animó. Aunque no vio nadie, se desmontó de su vehículo poniendo el pie derecho tras una de las ruedas para evitar un deslizamiento inoportuno y buscó con la mirada en todas direcciones. Silbó de nuevo, y de nuevo le respondieron. Parece que a última hora sí voy a hacer alguna buena venta por aquí, pensó, escudriñando en la mediana oscuridad el origen del llamado.
Se mojaba la espalda con lo que ya era un aguacero, pero no le importaba. Con lo que vendiera podría hacer algún abono a la deuda del colmado. Empezó a caminar cuesta arriba empujando su carrito y silbando con toda la fuerza que podía. La sonora señal se reproducía con la misma intensidad. Estaba seguro de que alguien realmente quería helados a esa hora y siguió buscando la procedencia del pito. Subió jadeando casi hasta el final de la calle y entró a un edificio de apartamentos pitando todavía. Recibía una respuesta tan constante que era casi un eco. Pero nadie apareció.
Entonces se impacientó. Dejó de silbar y gritó: ¡heladero!
Un extraño silencio siguió su grito. Esperaba escuchar un ¡aquí! o algo similar que le indicara a dónde dirigirse. Con la camisa pegada al cuerpo y la brisa batiendo la sombrilla multicolor gritó de nuevo: ¡heladero! Y entonces una voz que no era humana le respondió. Desde el mismo lugar de procedencia del pitido un sonido chillón atravesó la lluvia al llegar a sus oídos.
¡Cuca! Fue la respuesta.
El heladero se quedó paralizado por un momento. Luego se dejó caer exhausto sobre el sillín y se apartó bruscamente el agua que había cubierto su cara. Me jodió una cotorra, coño, murmuró para sí, y emprendió el camino de su casa con la lentitud natural de un cansancio de años. Cuesta abajo, en la oscuridad de la noche, no se podía saber si eran lágrimas lo que daba brillo a su mirada.
Mientras pensaba en la conversación que necesariamente tendría con el dueño del colmado para pedir una extensión de su crédito, escuchaba la voz aguda que gritaba ¡cuca! cada vez más lejos, cada vez más insistente. Y calculaba cómo buscarle una vuelta a los intereses de todos sus otros préstamos con el grito de ¡cuca! persiguiendo el rastro de su triciclo.
La cotorra seguía gritando incontestada, supongo que buscando también, a su manera, solución a sus propios problemas de existencia monótona.
Publicado en 2004.
Publicado en 2004.
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