La sospechosa, de 40 años de edad, armada con unas peligrosas pinzas de metal similares a las utilizadas por las mujeres comunes para “sacarse las cejas”, abordó el fatídico vuelo de American Airlines la madrugada del domingo de marras en compañía de sus tres cómplices: un hombre de aproximadamente su misma edad, con quien previsiblemente contrajo matrimonio 15 años atrás y dos jovencitos, hijos de ambos, procreados con la única finalidad de no levantar sospechas llegada la hora de ejecutar sus mortíferos planes terroristas.
Ya dentro del avión, la sospechosa hizo uso de su potente arma y procedió a sacar uno a uno los ojos de todos los miembros de la tripulación, hasta llegar al propio capitán, quien, cegado por la falta de sus globos oculares, alzó el vuelo sin ver que se dirigía hacia su desgracia: una bandada de pericos verdes suicidas, en evidente componenda con la terrorista dominicana, hizo entrada triunfal en la turbina izquierda del imponente 767, provocando su explosión y la subsecuente caída del aparato, con lo que se cumplieron los planes macabros de poner así fin a la vida de los cientos de pasajeros que ese día emprendieron, inocentes, el temido viaje sin regreso.
Los investigadores nacionales e internacionales llegaron a la conclusión de que la responsabilidad de la tragedia ocurrida recaía totalmente sobre la empleada del Aeropuerto Internacional Las Américas José Francisco Peña Gómez (AILAJOFRAPEGO) quien había autorizado a la sospechosa a atravesar el área de migración sin un registro minucioso, permitiendo que la misma penetrara a la nave equipada con el arma letal causante del siniestro. El informe rendido por las autoridades recomendó la inmediata cancelación de la referida empleada.
Este es, más o menos, la crónica periodística que de seguro tenía lugar en las meditaciones de la quisquillosa servidora pública que me despojó de mis pinzas de cejas la madrugada en que, tras varias horas de espera, salí del país junto a mi esposo y mis hijos de vacaciones.
La señorita de seguro que tenía bastante frescas en la memoria las dolorosas imágenes del 11 de septiembre pasado, y en su fervor diligente no iba a recriminarse a sí misma el ser la causante de un hecho igual de desastroso, por lo que, guardando escrupulosa y rígidamente las nuevas reglas de seguridad impuestas por las circunstancias, acató el mandato que le prescribía la vastedad de su raciocinio, desarmándome de mi viejas pinzas de cejas. Por supuesto, no sin antes preguntarme, muy amablemente, si tenía alguien afuera que pudiera hacerse cargo del objeto.
Teniendo en cuenta que en esos mismos días habían sido detenidas varias personas en distintos vuelos, dentro del territorio de los Estados Unidos, portando docenas de armas blancas, no puedo menos que sentirme asombrada de la eficiencia y originalidad del sistema de seguridad dominicano.
En tal virtud, me siento obligada a recomendar a los cuerpos de seguridad extranjeros a sopesar la idea de tomar talleres prácticos con el eficaz y activo personal de nuestros aeropuertos, en aras del bien y la paz mundial; al mismo tiempo, siento el compromiso ineludible de dar a conocer esa heroína anónima que en el cumplimiento de su deber, salvó a la patria de una nueva catástrofe nacional.
Y, por supuesto, agradecerle haberme provisto de la excusa ideal para estrenar una nueva moda.
Publicado en el periódico HOY el 7 de diciembre de 2001.
No hay comentarios:
Publicar un comentario