lunes, 25 de abril de 2011

Idea sensata sobre clima y moda (2005)


El primer ministro de Japón Junichiro Koizumi ha pedido a los japoneses que cambien sus corbatas, sus trajes y sus camisas habituales por ropa más fresca, más adecuada al calor estival, para no tener que usar tanto el aire acondicionado en las oficinas y así ahorrar energía en sintonía con el Protocolo de Kyoto.  Pero no sólo para ahorrar energía.  El ministro japonés comprende el desplome del rendimiento de los individuos cuando laboran vestidos de traje en ambientes de elevada temperatura y cree que si 128 millones de japoneses siguen su propuesta se evitaría la caída de la productividad durante el verano.

Según la Ohio State University, a medida que el calor arrecia, la temperatura del cuerpo y los latidos del corazón aumentan sin causar dolor.  Una elevación de la temperatura normal del cuerpo en dos grados Fahrenheit puede afectar el funcionamiento de la cabeza (en las tareas de tipo técnico-informativo o informativo-mental, las altas temperaturas llevan a una disminución de la capacidad de concentración y reacción, aumentando la cantidad de errores cometidos); una mayor elevación puede ser la causa de ataques al corazón, caídas, accidentes con equipos o estrés por calor.  Esto último provoca en las personas afectadas un trabajo más lento y de menor eficiencia.  En consecuencia, prevenir el calor excesivo es imperativo para proteger la salud, mejorar la seguridad y aumentar la productividad.

Sin embargo, en muchos países los factores salud, seguridad, productividad y comodidad son sepultados por otros más ligados al consumismo inducido, la moda y la estética visual.  A manera de ejemplo, en España acaba de publicarse, bajo el título “los carniceros vestirán de Miró”, que el diseñador Antonio Miró pretende renovar la imagen de los carniceros catalanes con un uniforme negro, de algodón y poliéster, “moderno y elegante”, que se implantará a finales de año.  Y yo me pregunto cuáles serán los beneficios reales de proveer de estilo y actualidad a los encargados de destripar animales.

En nuestro país no nos quedamos atrás. Hemos sobredimensionado la importancia de la apariencia.  A pesar de las temperaturas cálidas que tenemos todo el año, adoptamos modas de países donde sí existen cuatro estaciones perfectamente diferenciadas.  Para trabajar, hombres y mujeres nos hemos auto impuesto el uso de camisas de mangas largas, casi siempre ajustadas al cuerpo, bajo sacos oscuros de telas pesadas y, para colmo, forrados.   En el hombre, remata casi siempre una corbata; en la mujer, pantalones largos y zapatos cerrados de taco alto.  En otras ocasiones encontramos casi cualquier cosa: cuellos de tortuga, chaquetas de jeans, chales, bufandas, botas y hasta ponchos de lana tipo mejicano.  En fin, capas y capas de ropa apropiadas para lugares donde se requiere conservar el calor del cuerpo, y que son, además, las más comunes en las tiendas locales.

En esa tendencia insensata y disonante de sobrevestirnos, olvidamos el clima como factor determinante del tipo de ropa a usar y desdeñamos, como dignos subdesarrollados, la indumentaria recomendada por la lógica para combatir la calurosa humedad de este clima caribeño tropical: el mínimo de vestimenta posible, holgada, liviana, flexible y de colores claros, de telas finas que permitan al cuerpo airearse, acompañada de calzado fresco y sombreros de ala ancha si se ha de estar bajo el sol.

Mansamente nos dejamos dominar por un culto exagerado a la imagen a través de la vestidura, una especie de sumisión a los estereotipos de una publicidad incompatible, no sólo con nuestra realidad climática, sino también con nuestras circunstancias económicas personales y con una situación de producción deficiente y costosa de energía eléctrica.  Y nos empeñamos, como ignorantes empedernidos, en permanecer dentro del círculo desatinado de gasto excesivo en vestimenta y baja productividad.  Como si nos sintiéramos incapaces de salir airosos ante el reto de una moda diferente, adecuada y propia.

La idea del primer ministro japonés ha llamado la atención en todo el mundo.  Tal vez por ser la primera vez que desde la política se piensa en la ropa de forma racional.  Quizás algún día a nosotros, los dominicanos, nos dé por copiar ideas sensatas en vez de modas y nos inspiremos en un vestuario nacional que no siga los dictados de reglas ajenas y que denote inteligencia, iniciativa y personalidad.

Publicado en el Periódico HOY el 16 de junio de 2005.

jueves, 21 de abril de 2011

No son dominicanos

No son dominicanos

Los amigos y los no tan amigos con quienes comparto a veces tantas ideas, me pueden crucificar, si quieren, pero cierta visión de la relación Haití – República Dominicana que a veces me sorprende en algunas de sus expresiones, no la comparto.  Para nada. Los que me conocen saben que, al igual que ellos, me hiere el dolor de otro, el hambre de otro, la pobreza de otro.  Pero igual me hiere la crueldad sanguinaria e indolente con esos otros seres tan vivos como nosotros, pero aún más indefensos, que pueblan el mundo animal y los recursos del medioambiente. 

Por eso, entre otras razones que como abogada educada por los mejores maestros de las universidades dominicanas han modelado mi pensamiento jurídico, mi postura en este tema.  Que es la misma postura del Poder legislativo, que ha hecho la sabia Ley General de Migración vigente, del Poder Judicial, que la ha ratificado como buena y válida en una de las pocas sentencias valiosas que ha dado en la última década, y del Poder Ejecutivo, que ha declarado su aquiescencia a los otros dos, aunque aún esté pendiente la aprobación de un necesario Reglamento de Migración.  La Constitución más reciente termina de poner el punto final a cualquier discusión jurídica al respecto.  Los hijos de personas ilegales que nacen en República Dominicana no son dominicanos.

Los haitianos son sujetos de los mismos derechos humanos que el resto de la humanidad.  Merecen oportunidades, desarrollo, crecimiento y colaboración internacional.  Pero no son dominicanos.  Aunque vengan en “gira” a parir al territorio de la República Dominicana o aunque “se la busquen” en el país.  No son dominicanos porque cada país es soberano en decidir a quién corresponde dicha nacionalidad.  Y el país ha decidido.  A través de sus representantes elegidos directa e indirectamente, selló la discusión hace varios años.

Por demás, no debe corresponder tampoco la nacionalidad dominicana a quienes emigran en masa hacia el territorio con la solo intención de depredarlo porque ya en el suyo no queda nada más que depredar; ni a quienes practican una religión primitiva y sangrienta, ni a quienes depredan como plaga los recursos naturales, comiéndose perros y gatos, especies marinas y aves nativas y migratorias.  No le corresponde a quienes destruyeron a pedradas el último nido de Halcón Peregrino que existía en el Parque Jaragua para almorzarse sus pichones, ni a quienes destruyen los Haitises, los parques nacionales y toda clase árboles y ecosistemas en la forma más brutal para preparar carbón vegetal o para hacer conucos, constituyendo una amenaza para la preservación del medio ambiente y los recursos naturales.

No corresponde la nacionalidad dominicana a quienes invadieron áreas protegidas causando daños en más de 50 acuíferos, emprendiendo acciones de pesca con métodos brutales prohibidos por la ley, asesinando especies marinas en vías de extinción.  No le corresponde  a quienes portan sierras, sinfines, plantas eléctricas, hachas, machetes, revólveres, pistolas, escopetas y rifles de perdigones para la despiadada cacería de aves y hasta de animales de compañía.

Tampoco debería corresponder a los malos dominicanos que cometen similares atropellos.  Pero, menos mal que son menos pues, aunque muy despacio, secciones de la población dominicana van aprendiendo, y van naciendo de a poquito los grupos, organismos e instituciones de enfoque ético al tratamiento de la fauna y la flora nacional.  Al revés que en Haití. 

A esos haitianos no se les hace daño al no regalárseles la nacionalidad dominicana.  Al fin y al cabo la República Dominicana para ellos sólo es una gran despensa viva que les queda a la mano al agotarse la propia.  La nacionalidad conlleva respeto por los recursos, sentido de futuro de un país, arraigo y pertenencia.  Los haitianos, por mucho que quieran venir, no sienten por el lado este de la isla ninguna de esas preocupaciones.  República Dominicana sólo les importa en la medida en que pueda satisfacer sus necesidades elementales sin comprometerlos a trabajar por un mañana.  Y así no se puede ser dominicano.

martes, 12 de abril de 2011

Brújula quebrada



Esquivando demonios a través de nubes de insulso
Tributando estúpidos en lenguas de retama
Con las uñas recogiendo el andar espigado del sermón vacío
Manejando misericordias con la burla en las entrañas

Ya no hay manchas, mancebos ni mamarrachos
Ni delitos, ni instrucciones, ni plegarias
Ni teorías, ni estrofas, ni embriagados
Sólo pendencias y la resignación forzada

Ordenanza de los años precarios y cicateros
Que regaña el descuido de la brújula quebrada
Yo no fui, yo no fui, dicen los embusteros
Irreverente exhalación de lujuria simulada

Los religiosos aferrados al milagro de la paranoia
Los bandidos regalando su destreza desvelada
Los discretos sincronizando metáforas histriónicas
Los soberbios maltratando histéricas soberanas

Y nadie, nadie, nadie recuerda el grito, el engendro, el arisco
El montón de huesos de vida lastimada
Sin luto, sin dolor, sin limbos, ni recatos
La muerte fornica la minucia y la reemplaza.

Leila Roldán
24 de marzo 2011

lunes, 11 de abril de 2011

Celebrando hoy la hipocresía (2003)


“Hay otra globalización, la de la hipocresía, de la que se habla poco y se practica mucho”
(Mario Benedetti, Universidad de Alicante, 19/5/1999).

De  nuevo tengo que chacharear.  Tal vez deba pedir perdón por adelantado a quienes voy a molestar, pero no quiero hacerlo.  Alguien tiene que manifestarse frente a la omnipresente incoherencia entre lo que se dice y lo que sabemos que es.  No se puede esperar que todo el mundo, todo el tiempo, crea en todas las patrañas.  Por eso rememoro hoy la hipocresía, brindando hoy por los hipócritas y sus imposturas.


Por los comentaristas, periodistas, articulistas o comunicadores sociales que vociferan su independencia mientras sus esposas, sus sobrinas, sus queridas o sus compañías cobran salarios en el organismo del Estado cuyos desmanes no pueden mencionar.  Por los que recibiendo pruebas documentales de la prevaricación persisten conscientemente, y por razones personales, en la defensa del prevaricador.  Por los que condenan hechos cometidos por algún político y callan o excusan cuando los mismos hechos censurables lo comete algún otro político amigo.  Por los borregos, instrumentos de sectores ciertos, que siguen fieles y ciegos al portador de la vara, ignorando sus desmanes, porque aún no han probado sobre sí su poder martirizador.  Por los que tergiversan, manipulan y distorsionan verdades acomodándolas al criterio del que mejor paga.  Por los que expresan con significativo silencio su agradecimiento a los asesinos o corruptos de épocas pasadas.  Por los que, por trabajar para ellos o para sus íntimos tercios y comensales, repiten como gallaretas conceptos inculcados, muchas veces falaces e interesados.  Por los que niegan aplicarse a sí mismos la báscula con que miden a los demás.  Por los que con su pluma y su voz reivindican una sociedad libre y democrática pero que con su ejemplo practican la intolerancia y la impunidad.  Por los que constantemente pontifican mentiras y se indignan cuando, a veces hasta por casualidad, se deja escuchar a aquel que no las admite.  Por los que tras los micrófonos exigen para sí respeto y condescendencia mientras difaman, descalifican o atropellan a quienes no comparten con ellos una cualquiera de sus comprometidas posiciones.  Por los que editorializan contra el crimen pero perdonan a algunos de los más selectos criminales.  Por los que salpican sus culpas en la ilusión de que así les toca menos.  Para ellos, regalo de hipocresía infinita, cito la frase de Chomsky: "Si no creemos en la libertad de expresión para aquellas personas que despreciamos, entonces no creemos en ella para nada".

Por los que se corrompieron en funciones públicas y pretendieron disimular su delito mediante la dispersión de falacias sobre quienes compartieron espacios de trabajo e hicieron la diferencia.  Por los que ayer violaron la ley y la moral de mil formas, acosando jóvenes, amenazando novias con metralletas de parientes portadas ilegalmente, cometiendo toda clase de desenfreno sexual licencioso, falsificando documentos o haciendo fraudes universitarios, y que hoy visten las togas propias de los que deben impartir justicia.  Por los que se hicieron pasar por amigos, intentando saciar su avidez husmeadora en la mansedumbre de sus víctimas para luego vender sus sueños.  Por los que saborean boleros con estudiantes mientras sus esposas contratan desnudistas para entretener en casa su soledad y luego se presentan teorizando “transparencias” en representación de la sociedad.  Por los envanecidos teóricos, que codician ser “fuentes de derecho” sin haber pisado nunca un tribunal.  Por los profesores de literatura que escriben con faltas ortográficas.  Por los mediocres que esparcen calumnias y murmuraciones en ánimos de desacreditar a individuos distinguidos, sobresalientes, populares o exitosos a quienes rabiosamente envidian.  Por los historiadores que convierten en verdades de texto las impresiones fundadas en sus propias simpatías políticas.  Para ellos, monumentos de hipocresía moral, una cita especial: “Hay, además de intolerantes e hipócritas algunos son especialistas en falsificar la historia. Y bueno es decirlo, no sólo en filas de la derecha. En la izquierda, o en la sedicente izquierda, hay algunos que ajustan la historia o los hechos pasados a su presente para trazarse algún porvenir político. Nosotros no podemos escribir la historia pero es conveniente no renunciar a denunciar a los falsificadores.” (Reinaldo Gargano, La República, 11/05/2003).

Me quedo corta, por supuesto, pero para los que están y los que faltan, hoy van mis comentarios. Para el discreto encanto de los grandes farsantes y su inventiva.  Para el misterioso complemento de superficialidad y prepotencia que adorna sus personalidades.  Elegí el día de hoy para conmemorar su hipocresía.  Aunque cualquier día es bueno, porque ellos están siempre ahí, siempre presentes para celebrarlo.  Pero por hoy, y tal vez sólo por hoy, salud a ellos.  A todos ellos.

Publicado en el periódico HOY el 17 de septiembre de 2003.

viernes, 8 de abril de 2011

SOBRE DELINCUENCIA (2002, 2003, 2004, 2005)




La ciudad es de los asaltantes

Una noche del recién transcurrido mes de diciembre, mi hijo y yo salimos de casa a despedir a una hermana que nos visitaba con uno de sus hijos.  La acompañamos hasta la verja, como usualmente hacemos con casi todos los amigos cuando salen y, ya en la acera, dirigí la vista hacia la derecha, curiosa, porque me llamó la atención un par de motores pequeños, tipo Passola, con dos hombres encima cada uno.  Me quedé mirándolos y, cuando estaba a punto de hacer una advertencia, los hombres giraron repentinamente los motores y uno de ellos entró velozmente a nuestro jardín.  Tenía una pistola en la mano izquierda.  Me apuntó a mí primero y me hizo tirarme al piso.  Luego apuntó a mi hijo en la cara y lo amenazó tres veces con darle un tiro.  Yo le grité que se tirara al piso y halé su pantalón, forzándolo a arrodillarse.  Entonces el asaltante apuntó a mi amiga en la espalda, quien ya estaba casi entrando en la casa, y le gritó algo que yo no entendí.  Ella se arrodilló y, con medio cuerpo fuera y medio dentro, le tiró su cartera.  El asaltante la agarró, saliendo de inmediato disparado hacia los motores; se subió, y el cuarteto arrancó en la misma dirección en la que había llegado.

El incidente no sólo me obligó a acudir a la Policía, sino que también azuzó esa insistencia curiosa que forma parte de mi personalidad.  A partir de entonces he visitado destacamentos, he conversado con oficiales, con amigos, con abogados y hasta he puesto a circular el relato en la Red.  Como consecuencia, he recibido información en cantidad inagotable. 

Sólo para empezar, cada persona que conozco ha vivido una situación similar o tiene alguien cercano o conocido que la ha vivido.  Los relatos de los asaltos incluyen hombres a pie portando cuchillos, grupos de hombres armados, generalmente cuatro, recorriendo las calles en motores y en vehículos.  Jóvenes que salen o llegan a sus casas y le son arrebatadas sus carteras a punta de pistola; jóvenes que llevan a las novias y son despojados de sus carros tras ser embestidos con armas blancas; mujeres que son obligadas a entregar sus pertenencias mientras están detenidas bajo un semáforo en rojo en las zonas más exclusivas de la ciudad;  mujeres que son baleadas en pleno día al salir de su hogar; parejas que son golpeadas mientras hacen caminata de salud en sectores residenciales; padres que transitan con hijos, señores mayores o jóvenes aprendiendo a conducir, que son sorprendidos con el cañón de un arma de fuego apuntando a su cabeza.

Pero eso no es todo.  En cualquier destacamento las denuncias llegan incesantemente.  Se llenan cuadernos de reportes y descripciones.  Se emborronan docenas de páginas cada día, muchas veces escritas a mano con tinta de varios colores, con historias de asaltos que parecen infinitas.  Pero son sólo algunas las que se reportan a la Policía.  La mayoría, sin embargo, es contada por sus protagonistas incluyendo en ellas la percepción generalizada de que carece de utilidad acudir a hacer denuncias ante el cuerpo del orden.

Y tiene sentido.  Cualquiera de esos delincuentes que es atrapado tiene numerosos delitos cometidos en igual forma y es detenido con cierta frecuencia en los diferentes destacamentos policiales.  Pero, a pesar de las armas letales que portan, los prontuarios de antecedentes, o la gravedad de los hechos cometidos, los delincuentes son puestos en libertad fácilmente y con muy variadas excusas.  Personalmente llegué a conocer el caso de uno de ellos que era detenido por vigésimo quinta vez, y todas en los últimos meses.  El hombre anda de nuevo por las calles de nuestra ciudad con mayor seguridad que cada una de sus veinticinco víctimas.

El Presidente Leonel Fernández puede oficiar una misa con el nuevo Código Procesal Penal, si quiere.  Los medios de comunicación pueden multiplicar los espacios a los apologistas de ese engendro y callar todo lo que les parezca sobre la delincuencia, los procesos, los fiscales y los jueces.  Pero los ciudadanos-víctimas sabemos cómo son las cosas, porque somos más.  Aunque la gente no reporte sus experiencias a la policía o la prensa, los hechos delincuenciales se suceden uno tras otro en todas partes del país.  Y a pesar de lo que puedan decirnos los funcionarios o los periódicos, el índice de la delincuencia en el territorio nacional aumenta, generalizándose y adquiriendo día a día características más peligrosas.  Los asaltantes están siendo los dueños absolutos de la ciudad.  Y sobre esta realidad va a ser muy difícil sugestionarnos.


Publicado en el periódico HOY el 14 de enero de 2005.


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Una vida en una página

Rudy Joel tuvo una infancia y una familia de esas que, según argumentos de siquiatras, justifican comportamientos desviados en la madurez.  De niño, por ejemplo, lloraba todo el tiempo sin razón aparente.  La madre lo censuraba inútilmente con una mirada fulminante y claudicaba con el grito de ¡cállate, Carmen Radio! que pronunciaba justo antes de escapar.  De adolescente, Rudy Joel hacía lo característico: salir sólo de noche, dormir sólo de día, desaparecerse con frecuencia, dejar la escuela, jugar dinero, fumar, beber, experimentar con drogas, comercializarlas, en fin, nada de provecho.  En esa etapa la madre descargaba su rabia a golpes sobre el muchacho siempre que podía.

Robar fue algo que Rudy Joel empezó a hacer en las carteras y gavetas de su madre.  Sin embargo, como la  situación económica de la casa había empeorado después del divorcio, allí nunca encontró gran cosa.  Un día acudió a las pocas pertenencias de valor en su hogar y las empeñó, las vendió o las cambió por crack.  Una vez terminaron los furiosos golpes maternos a los que ya se estaba habituando, experimentó con lágrimas.  La madre, sorprendida, lo perdonó por primera vez.  Y sintiendo remordimientos por el trato irreflexivo hacia el hijo, le consiguió un empleo en el establecimiento comercial de un familiar.

Con su tío, Rudy Joel llegó a cobrar sólo un salario.  En pleno día, encontrándose miserable la paga, desvalijó la caja fuerte con extraordinaria destreza, despojando el negocio de cientos de miles de pesos.  A pesar de los ruegos maternos, el tío consiguió abrir un proceso judicial, el cual, aunque no le devolvió el dinero, colocó al sobrino en una penitenciaría común.  En “la Preventiva”, Rudy Joel convenció a la madre, entre lágrimas y juramentos, de su redención, con lo que logró unas de esas libertades a vapor nada excepcionales en los casos que involucran jóvenes “de familia”.

Varias semanas de relativa tranquilidad precedieron la visita de una amiga ingenua.  Le comentó a la madre, en presencia del hijo, la urgencia que tenía de enviar unos pocos miles de dólares a un pariente enfermo en la ciudad de Nueva York.  Rudy Joel se ofreció, solícito y afectuoso, a llevar a cabo la diligencia.  La noche antes de su vuelo el dinero fue puesto en sus manos.  Salió “a despedirse de alguien” y no regresó.  Días después apareció en un desastroso estado de suciedad y sin dinero.  Alegó haber sido objeto de un asalto en la parte alta de la ciudad y fingió amnesia.  Infinitas promesas aparte, ninguna acción fue tomada entonces en su contra.  La madre se hizo responsable de pagar esa deuda.

Luego se fue a vivir con una mujer en un mísero barrio de la capital.  La madre experimentó una consecutiva sensación de descanso.  Pero no transcurrió un año antes de que recibiera una noticia más amarga que las anteriores.  Una ayudante del fiscal que, por cierto, lo conocía, se vio obligada a entrar a la pieza que Rudy Joel ocupaba derribando la puerta, y separar al delirante homicida, con la ayuda de seis policías y un médico legista, del cadáver de su recién acuchillada compañera.  En el lugar encontró desparramada una gran cantidad de cocaína y el cuerpo del joven matador se encontraba en el límite de la resistencia a la sustancia química.  Un nuevo proceso penal fue abierto, con tantas infracciones criminales, que la condena a la pena máxima resultaba insoslayable.

Pero la madre no pudo afrontar la tétrica imagen de la vida en la cárcel La Victoria que su hijo, entre gemidos y temblores, le presentaba.  Vendiendo el único vehículo que tenía, tomando préstamos y cosechando en la solidaridad familiar, recaudó lo necesario para agenciar la deportación de Rudy Joel a su país de nacimiento. 

En los Estados Unidos, Rudy Joel no tardó en ingresar a una prisión federal. 

Una madrugada salió una ambulancia con un presidiario convulsionando.  En el hospital más cercano recibieron a Rudy Joel, quien en su agonía imploraba repetidamente un vaso de agua.  Su muerte fue desgarradora;  un médico dijo que había sido intoxicado con veneno para ratas. 

A su madre no le dio tiempo llegar para verlo con vida.  Sus cenizas reposan sobre la única repisa del hogar, junto a la foto de su nacimiento.  Esta última, fechada por detrás hace menos de veinte años.


Publicado en el Periódico HOY el 26 de marzo de 2004.


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Bandas de plazas, parte II

Hace unos meses escribí unos comentarios en los cuales trataba de llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes unidos por una disposición favorable a los hechos de violencia contra niños y adolescentes de corta edad.  Todavía hoy continúo recibiendo mensajes de correo electrónico al respecto.  Todavía me abordan padres o madres que narran desagradables experiencias en la misma tónica.  Voy a resumir aquí algunos de los casos que más me han impresionado, porque no pierdo las esperanzas de encontrar autoridades a quienes el tema preocupe, dispuestas a intervenir en forma positiva y racional en un problema que parece ir creciendo demasiado rápido.

C., una jovencita de quince años, está siendo acosada desde hace más de seis meses por uno de los ex jefecitos de la banda de “los Kings”.  El muchacho telefonea incesantemente a su casa, ronda su colegio y el instituto donde toma de tarde clases de inglés, amenaza a todo otro jovencito que ose siquiera dirigirle la palabra, y hace poco llegó incluso a reunir su grupo para golpear entre todos a uno de los compañeros de colegio de C., en un centro comercial de la avenida Winston Churchill.  C. se siente con temor, se siente sola, no se atreve a salir de su casa en las tardes y ya a los quince años está deprimida.  Su acosador ya no forma parte de “los Kings”, sino que ha empezado la formación de una banda nueva, compuesta por jóvenes que han sido expulsados de distintos colegios privados por agresividad, bellaquerías o mal comportamiento.  El padre de C. debe esperarla día por día muy atento, desde antes del toque de salida, en las puertas del colegio.

J., un joven de dieciséis, salió una tarde del edificio del sector de Piantini donde vive, en busca de un cajero automático del cual sacar algo de dinero para ir al cine con dos amigos.  Ocho minutos más tarde, J. telefoneaba a su madre desde la farmacia más cercana, en la avenida Abraham Lincoln, donde había tenido que refugiarse tras huir de un grupo de alrededor de diez muchachos que lo perseguía luego de haberlo golpeado brutalmente.  Un tal “Al Capone” dirigía la banda y utilizó como excusa la manida frase “tú dizque estás hablando mal de mí” para descargar docenas de puñetazos y patadas en el delgado cuerpo de J.  Al Capone portaba un arma blanca cuando el padre de J. fue a recoger su hijo a la farmacia.  Cuando la madre de J. vio las heridas y los moretones en el cuerpo de su hijo, lloró.  Pero sus lágrimas se transformaron en rabia cuando investigó al susodicho “Al Capone”.  El joven, antes de cumplir los dieciocho había dado muerte a una persona; juzgado y condenado por un tribunal de niños, niñas y adolescentes, acababa de ser puesto en libertad tras poco tiempo en prisión. 

Los padres de M. decidieron celebrar los quince años de su hija en un lugar público ubicado dentro de una plaza comercial del Distrito.  Nada excepcional, sólo una celebración de amigos íntimos y compañeros de colegio.  Luego de un par de horas de empezado el festejo, entraron al local, sin ser invitados, cinco jóvenes pertenecientes a una de esas bandas que provocan tanta aprensión en los muchachos que no pertenecen a ellas.  De repente sonó un golpe de cristales rotos: uno de los recién llegados, sin mediar provocación alguna, rompió una botella vacía en el cuello de uno de los invitados que se había inclinado a recoger algo del suelo.  Salieron lenta y despreocupadamente del establecimiento mientras los pocos adultos que allí había se concentraban en detener la sangre del agredido.  La fiesta de quince años terminó en el acto.

M., un colegial de catorce años, invitó al cine a una amiga de su misma edad.  Mientras esperaban a quien los recogería en la puerta principal de la plaza, cuatro muchachos de mayor tamaño se acercaron a ellos y empezaron a halar a la niña por el brazo pronunciando piropos provocadores.  Su acompañante quiso ser caballeroso y enfrentar el grupo, pero fue rodeado en forma amenazante y paralizado hasta que el transporte llegó.  No hubo un agente de seguridad en las cercanías que impidiera un enfrentamiento a todas luces abusivo.

Así, como éstas, me siguen llegando las historias.  Muchas más y distintas de las que ya he narrado.  Todas, acompañadas de nombres y apodos sugerentes como la Industria, Des Saints, los Sweets, The Cracks, los Cocolos, los cricks, anarquía 99, los punks, Gabriel-“Manito”, “Cocacola”, “Marulle”, “Metal”, “Manuele”, etc.  Todas, en escenarios de la primera planta, las escaleras o los estacionamientos de los más populares centros comerciales y clubes de la ciudad, donde la presencia de agentes del orden público es prácticamente nula. 

Como reacción, las escuelas de artes marciales (Judo, Karate, Tae Kwon Do, Aikido y otras) están viendo crecer su matrícula de estudiantes, pero, lejos de ser una noticia confortante para los deportes, la novedad constituye una preocupante evidencia de la involución a la justificación de la reacción privada de venganza talional o ilimitada, fundada en la falta de vigilancia social. 

La intervención institucional se hace imperativa.  Por eso vuelvo a clamar por atención.  Por esos jóvenes y por nuestros hijos, por sus padres y familiares, y por el resto de los ciudadanos pacíficos de este país, vuelvo a reclamar a las autoridades un interés mayor en el cuidado de los sitios públicos; más empeño, más vigilancia y más supervisión.  Con moderación y prudencia, pero con diligencia y atención.

Publicado en el periódico HOY el 10 de enero de 2004.



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Bandas de plazas, ¿delincuentes consentidos?

“La "chusma cobarde", como alguno nos define, sufrió una encerrona impresionante 2 horas antes del partido a unos 200 metros del estadio. La "chusma cobarde" estaba compuesta por unas 20-25 personas, que fue atacada por un grupo en principio de unas 100 personas, que en segundos se convirtió en varios cientos (la verdad es que no estaba el patio como para contarlos). El ataque fue premeditado y tremendamente organizado (hay que reconocerles la TREMENDA organización que tienen estos italianos). Saltaron por todos los lados menos uno, precisamente a donde querían que fuéramos (un parque sin asfaltar y sin luz alguna). Nos querían masacrar. Cinturones, palos, etc... en mano, saltaron sobre nosotros. Pero para desgracia de algunos de este foro, la reacción de los hinchas culés (99% Casuals), fue encender bengalas y cerrar puños y abrirse paso como fuera. Cada uno llegó al estadio como pudo tras 15 minutos terribles. El resultado final no puede ser mejor.”
(Sobre lo sucedido en Milán, Boixos Nois - FC Barcelona Hooligans, Boixosnois.com)

Quisiera llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno a una seria preocupación por una situación que tiene lugar en algunas plazas comerciales del Distrito Nacional.  Es la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes cuyo lazo de unión no es precisamente el cultivo de alguna virtud o cualidad provechosa, sino la violencia que atropella semejantes bajo el silencio patrocinador de padres consentidores.

Hace unos pocos años, el profesorado de un colegio del sector Naco se vio precisado a reforzar la seguridad de sus estudiantes en ocasión de la amenaza que sobre uno de ellos pendía: cerca de veinte muchachos de otro colegio cercano rondaban las instalaciones del plantel a la espera de una oportunidad para “darle una salsa”, como en el lenguaje coloquial denominan ahora al acto delictivo de propinar golpes y heridas.

Un año después recibí la intempestiva visita, próxima a la medianoche, del hijo de unos amigos fallecidos.  Llegó a mi casa en un estado de perturbación desmesurado, en busca de refugio, pues un grupo que superaba la docena lo había golpeado, hiriéndole seriamente un brazo.  Luego de acompañarlo al médico lo llevamos al Palacio de la Policía a querellarse.  Pero, salvo que el muchacho dejara de salir a la calle por meses, no vimos que algo se lograra con ello, ni siquiera que se ordenara una investigación.

Más recientemente, prestando cuidadosa atención a las conversaciones de los jóvenes con los que tengo contacto a través de mis hijos, empecé a escuchar sobre el surgimiento de pandillas que pululan por los más populares centros de entretenimiento de la ciudad, algunas de ellas hasta con sugestivos nombres: La Industria, Des Saints (Los Santos), Los Sweets (Los Dulces), The Cracks, Los Cocolos, etc.  Los jóvenes líderes más mencionados de tales grupos sobresalen con llamativos apodos (Raúl-“Al Capone”, Gabriel-“Manito”, El Manuele, etc.). 

No sé si tales bandas se han llegado a enfrentar entre sí, pero las más difundidas anécdotas parecen, más que cualquier otra cosa, tropelías de una especie de cacicada moderna en búsqueda de simple intimidación y turbación: bachilleres que se hermanan para perseguir y dominar niños de primaria o intermedia, vecinos que se convocan para imponerse al de otro barrio, y hasta parientes que se congregan para desafiar, provocar a apabullar al que a cualquiera de ellos “cae mal”.  Atacar a golpes a los que no están apandillados, y a veces hasta con armas blancas, es una constante que se da en algunas plazas comerciales con el desconocimiento de las autoridades y cuerpos de seguridad correspondientes.  Diez, veinte, cuatro, las cantidades pueden variar, pero la esencia de la situación es la misma: el abuso de muchos contra el que está solo o en pareja y que con frecuencia es de menor edad.  La razón de los ataques resulta innecesaria, pues parece que con las ganas basta.
No sé cuánta gente en República Dominicana conoce bandas famosas de Inglaterra, Estados Unidos, Irlanda, Italia y muchos otros países, ni si hay quien se percate del daño que las mismas han causado en algunos estamentos sociales.  Por ejemplo, los antiguos Rude Boys  (o chicos rudos, que no eran muy aceptados por sus contactos con el bajo mundo y con respecto a quienes, como represalia, el gobierno en Jamaica ordenó destruir la barriada Shanty Town por los años 60); los Hooligans, conocidos también como bootboys, (aficionados al fútbol que se caracterizan por apalear personas y por la comisión de actos de vandalismo como destrucción de propiedades, estadios, tranvías, etc., los cuales han sido hasta acusados de neo nazis por la prensa internacional); los Skin Heads (o cabezas rapadas, llamativos por vestir ropas costosas y tener el pelo rapado o muy corto, son identificados con actitudes de violencia y pillaje contra vehículos, establecimientos, policías, estudiantes y sobre todo contra los hippies; incluso se les acusa de racistas); o los Boneheads (o cabezas huecas, que es como se les llama a los que tienen inclinaciones “nazis” pero con apariencia de Skin Heads).
Es posible que el germen de esas tropas civiles lo fueran pequeñas pandillas como las que hoy se imponen en los centros comerciales de nuestra capital.  Debía ser obvio para nuestras autoridades que, ante tal posibilidad, es preciso una protección mayor de los ciudadanos que no forman parte de ellas.  Especialmente porque la mayor parte de sus hechos permanece en la impunidad, tolerados por padres y tutores que con frecuencia están al tanto y en ocasiones hasta estimulan.  Esta situación de las bandas de plazas es terrible y trastornadora para sus actuales víctimas, pero podría ser peor; podría ser que consentir esos pequeños delincuentes hoy constituya el huevo que incube las asociaciones de grandes criminales de mañana.  ¿Sería mucho pedir ponerle atención?

Publicado en el Periódico HOY el 30 de julio de 2003.

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¿CRIMEN FUERTE O JUSTICIA DÉBIL?

Dice don Emilio Lapayesse, en su columna del sábado 7 de septiembre, que "No es que el crimen sea más fuerte sino que la justicia es más débil.  No por falta de recursos sino por no ser verdadera autoridad. Se puede demostrar".

Y parece que, ciertamente, se puede demostrar, particularmente en el caso del recluso Rolando Florián Féliz, quien dirige negociaciones y asesinatos desde la cárcel, según versiones de la Policía y del periódico Ultima Hora de ayer (6/9/2002), el cual publica, en su primera plana, que FLORIÁN HA COMPRADO 40 POLICÍAS Y MILITARES, y en el cuerpo de la información expresa que el recluso "ha pagado para planificar fugas, eliminar a contrarios en el bajo mundo y hasta para que viajen a Haití para hacer contactos con hechiceros a su favor".  Sigue el Ultima Hora diciendo: "Florián Féliz, acusado de contratar policías para secuestrar y asesinar a Víctor Augusto Féliz Matos, es nuevamente noticia de portada en los diarios..."

Pues bien, entre los periódicos de los últimos años se pueden encontrar SEIS (6) descargos de esta ¿sana? y "nueva" justicia en favor de Florián Féliz.  Al parecer las cotizaciones y hechicerías por él contratadas desde la cárcel están rindiendo frutos, o tiene don Emilio TODA LA RAZÓN al expresar que "la justicia está más débil".  Hasta ahora, la única sentencia por la cual se encuentra presa esa persona es una sentencia dictada por un tribunal de la "justicia anterior". 

A continuación, un resumen de los descargos en favor de Rolando Florián Féliz:

1) El 17 de agosto de 1998 el periódico La Nación publicó que la jueza presidenta de la Décima Cámara Penal, Katia Jiménez, había descargado por insuficiencia de pruebas al narcotraficante Rolando Florián Féliz, a dos de sus hermanos, su ex esposa y otras siete personas vinculadas a un alijo de cocaína.  La sentencia fue recurrida en apelación por el Fiscal del Distrito.  (Periodista Niza Campos, página 2).
2) El periódico El Siglo publicó, en fecha 29 de diciembre de 1998, que la misma jueza había descargado a Rolando Florián Féliz, por segunda vez en el mismo tribunal, en relación con la Ley 50-88 sobre drogas y sustancias controladas, en una sentencia con 18 considerandos que motivan el descargo.  (Periodista Manuel Vólquez, página 8).
3) En fecha 5 de abril de 2001 y mediante sentencia criminal sin motivar No. 114-2001, el Juzgado de Primera Instancia del Distrito Judicial de Monte Plata, presidido por el juez interino Delio Germán, declaró no culpable, por insuficiencia de pruebas, al recluso Rolando Florián Féliz, de violar la Ley 50-88 sobre drogas en el expediente criminal No. 425-2000-00045.  (Sentencia sin publicar en los medios).
4 y 5) El miércoles 10 de octubre de 2001 revela el periódico El NacionaL que la Cámara Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz, en DOS expedientes de tráfico de drogas (por "insuficiencia de pruebas" en un caso y por "no haber cometido los hechos" en otro caso), en sendos casos ventilados en la Primera y Segunda Salas del tribunal de alzada.  La reseña noticiosa señala que "es la segunda ocasión que la Corte de Apelación de Santo Domingo descarga a Florián Féliz".  (Periodista Silvio Cabrera, página 25).
6) El jueves 25 de julio de 2002, el mismo periódico El Nacional publica que la Primera Sala Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz de la acusación que lo involucraba en un cargamento de cocaína incautado en el muelle de Haina dentro de latas de salsa de tomate pese al pedimento de 15 años de prisión solicitado por el Ministerio Público.  La motivación del descargo reposó en que al inculpado "le violaron el derecho de defensa".  (Periodista Silvio Cabrera, página 8).

Publicado en el periódico EL DÍA el 9 de septiembre de 2002.

martes, 5 de abril de 2011

Reflexiones sobre delfines y perros callejeros (2002)

“No herir a nuestros humildes compañeros (los animales) es nuestro primer deber para con ellos. Pero parar no es suficiente. Tenemos una misión más grande: servirles cuando lo requieran... si tienes hombres que excluirán a cualquier criatura de Dios del refugio de la compasión y la lástima, tendrás hombres que actuarán de igual manera con sus compañeros hombres.”
San Francisco de Asís

Recientemente circuló en Internet un dramático llamado a la comunidad nacional clamando por la liberación de delfines capturados en aguas del Parque Nacional del Este de República Dominicana.  El comunicado señala que los delfines, ballenas y manatíes constituyen una fauna amenazada y que los mismos tienen derecho a ser libres y deben ser devueltos a su ambiente natural.  En especial, los delfines de las aguas del Parque Nacional del Este, capturados en virtud de un permiso validado por la Secretaría de Medio Ambiente en este año 2002. 

Quiero solidarizarme con este reclamo.  Pero no quiero quedarme ahí.  Quiero incluir, en la preocupación de la Fundación Dominicana de Estudios Marinos y del Patronato Amigos de los Animales, otras modalidades de maltrato animal.  Los experimentos científicos con animales, la cacería, la industria de la moda y las pieles, el toreo, el tráfico de especies exóticas, el circo, son causa de  sufrimiento para la especie animal en todo el mundo.  República Dominicana no es una excepción. 

Sólo que en nuestro país, es mayor aún el maltrato a los perros callejeros, las palomas, los pericos, los caballos, y va de la mano con la simple indiferencia de nosotros los humanos.  Nuestras autopistas constituyen un campo de concentración para los perros y gatos realengos que se atreven, en su inocente búsqueda de alimento, a atravesarlas.  Los basureros de los pueblos del país son el pasto indigesto que sustenta la tétrica vida los realengos enfermos, inválidos y atemorizados.  La venta de naranjas y tierra negra en carretas destartaladas son el gigantesco peso que deben cargar en las ciudades los famélicos caballos a cambio del abandono cuando sus cuerpos no toleran ya más látigos y sus fuerzas ya no son explotables.  Las piedras y los palos son el espanto mutilador del que deben huir a diario nuestras aves.  Es un mal que nos denigra, ver con indiferencia nuestros animales muriendo de hambre, sin hogar, con enfermedades, sucios, siendo apedreados, atropellados, perseguidos y abusados por simple aburrimiento o pervertida diversión. 

Y esa insensibilidad nos hace insensibles también, y mucho, hacia los pobres, los desvalidos los más débiles y hacia el sufrimiento, venga de donde venga. 

La bióloga marina Rachel Carson expresó una vez  que “hasta que tengamos el valor de reconocer la crueldad por lo que es -sea la víctima animal o humana- no podemos esperar que las cosas estén mejor en este mundo. No podemos tener paz entre hombres cuyos corazones disfrutan matando cualquier cosa viva. Retrasamos el progreso de la humanidad con cada acto que glorifica o al menos tolera tan estúpido disfrute al matar”; y ciertamente, estudios realizados en los Estados Unidos han demostrado que algunas personas que son crueles con los animales están copiando acciones que han visto y aprendido de niños o están siendo abusados por algún familiar y que existe una relación directa entre la crueldad hacia los animales y la violencia humana;  a tales niveles, que el FBI, ha llegado a señalar la crueldad contra los animales como una característica típica para identificar jóvenes sospechosos con potencial en convertirse en criminales en un futuro.

Y es que el niño que golpea o tortura un animal podría crecer y herir y hasta matar un ser humano y posiblemente ya sea testigo de actos de violencia en su familia; y que el padre que le mete una patada al perro podría estar golpeando a su esposa e hijos.  ¿No vivimos execrando la violencia contra la mujer y la familia, que ha llegado sólo en nuestro país a docenas de casos fatales en este último año? Entonces, ¿no es como para tener en cuenta el factor estudiado en los últimos 25 años por la sicología que muestra el repetido historial de maltrato hacia los animales que han tenido muchos de los más grandes criminales?  Jeffrey Dahmer, por ejemplo, sádico asesino de Estados Unidos que practicaba el canibalismo, llamó la atención durante su niñez por su inclinación a causar dolor y ver sufrir pequeños animales.

En palabras del poeta y filósofo Sri Aurobindo “La vida es vida, sea un gato, un perro o un humano. No hay diferencia entre un gato y un humano. La idea de la diferencia es una idea humana para provecho del hombre”.  Creer que sólo el sufrimiento humano es digno de atención es un prejuicio de especie que denota ignorancia, falta de educación.  El famoso cirujano Christian Barnard llegó a narrar la impresión que le produjo la sensibilidad demostrada por un chimpacé al utilizar a un vecino de jaula como donante de corazón.  Y es que el mundo animal no sólo tiene en sí hermosura, sino que comparte también con nosotros la vocación de sufrir y muchos de nuestros más puros sentimientos.    

Publicado en el periódico HOY el 23 de octubre de 2002.

lunes, 4 de abril de 2011

Tres comentarios sobre el ACOSO

Acoso telefónico (2004)

Las llamadas telefónicas no deseadas, hostiles, obscenas u ofensivas pueden tornarse en una invasión de la privacidad o en una forma de acoso psicológico de tipo verbal perfectamente sancionable.  El derecho internacional las ha considerado como actos de crueldad y de hostigamiento a un ciudadano y, por tanto, violatorias de los Artículos 5 y 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que disponen que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes” y que ”nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales inferencias o ataques.”

A manera de ilustración, en el ámbito internacional podemos citar algunos casos.  Por ejemplo, leyes del estado de California (Código Penal, sección 653m) o del estado de Texas (Código Penal, sección 42.072), en Estados Unidos, que tipifican el acoso como un delito mayor de tercer grado.  En Texas, el acoso realizado por un conocido o un desconocido, con el fin de intimidar y espantar a la víctima, se considera que puede ser llevado a cabo por el acosador mismo o por alguien que lo esté haciendo por él y que puede ser llevado a cabo telefónicamente, con amenazas verbales o amenazas a través de la conducta del acosador, al enviar correspondencia amenazante, al dañar propiedad ajena, al vigilar la víctima o al seguirla.  En Alemania, la Ley de Mejora de la Protección Civil frente a los Actos Violentos y Persecuciones y de la Flexibilización del Abandono de la Vivienda Familiar en Casos de Separación, del año 2002, contiene, en el parágrafo 1, párrafo segundo, apartado b, el reconocimiento del terror telefónico como un medio relevante de perturbación, que exige una correspondiente medida de protección.  En Argentina, se han planteado varios casos de responsabilidad por acoso telefónico, siendo uno de los más destacados el caso "S.A. c/ Carrefour Argentina S.A” (CNCiv. Sala E, 9-10-97. Conf. W,A.C. c/ F., D. s/ daños y perjuicios, Sala 1 Cámara Civil San Isidro - Junio-1999. Causa 49.821) donde la Cámara ha señalado que las llamadas reiteradas a un número telefónico, en contra de la voluntad de su titular, constituyen una invasión de la privacidad y, por ende, el titular del número es indemnizable.  En Reino Unido, la exitosa escritora de la obra de Harry Potter, J.K. Rowling, sufrió un acoso epistolar y telefónico por parte de una estadounidense de nombre Melissa Cho.  Esta fue condenada por la Corte de Edimburgo el 21 de junio y expulsada de Escocia en julio del año 2002, según confirmó en la prensa el Ministerio del Interior de Gran Bretaña. Los diarios británicos informaron que Cho bombardeó a la autora con cartas y llamadas telefónicas.  En Francia, el Nuevo Código Penal prevé este tipo de llamadas, “appels téléphoniques malveillants”, en el artículo 222-16 considerándolas una infracción correccional, y desde la entrada en vigencia de ese código, existen numerosas condenas por este tipo de agresión sonora, siendo posible consultar, en los archivos de la Cámara Criminal de la Corte de Casación francesa, un total de 72 decisiones jurisprudenciales al respecto.

Ciertamente, las llamadas telefónicas molestosas constituyen una agresión a la paz capaz de provocar daño real.  Según revela un estudio realizado por el Dr. Benjamín Domínguez Trejo, integrante del programa permanente Províctima de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el "stress postraumático" es un diagnóstico padecido generalmente por personas que han sufrido asaltos u otros delitos, pero que también puede desarrollarse en víctimas de acoso telefónico.  Sin embargo, según la Corte de Casación de Francia, para que se configure este delito basta con la intención y no es necesario que se vea afectada la salud de la víctima. La jurisprudencia francesa ha señalado que no es necesaria la existencia de la perturbación, sino que basta con que la salud de la víctima pudiera verse afectada, para que el acto reiterativo y de naturaleza a producir la perturbación sea castigado (Crim. 3 janv. 1969, D. 1969. 152; Rev. SC. Crim. 1969, 406, Obs. Levasseur).

En nuestro país, además de las disposiciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, contamos con el artículo 338-1 del Código Penal Dominicano, modificado por la Ley 24-97 del 27 de enero de 1997, que reserva penas correccionales para el delito denominado “perturbación telefónica de la paz”, cuando “castiga con prisión de seis meses a un año y multa de diez mil a veinte mil pesos, el o la persona que por teléfono, identificado o no, perturbe la paz de las personas con amenazas, intervenciones obscenas, injuriosas, difamatorias o mentirosas contra el receptor de la llamada o cualquier miembro de la familia.” 

Este delito queda configurado, según el código vigente, con la existencia de una agresión sonora, ejecutada mediante la utilización de un medio de telecomunicación, sin importar la identificación o no del infractor, siempre que éste utilice expresiones amenazantes, obscenas, injuriosas, difamatorias o mentirosas contra el receptor de la llamada o cualquier miembro de su familia.  No exige nuestro texto que la agresión sea reiterada, ni tampoco que ocasione una turbación cierta; la sola existencia de una o varias llamadas telefónicas que contengan expresiones lascivas, ultrajantes, ofensivas, falsas e insultantes, configura el delito, y basta con la prueba de la existencia del mismo para que la querella contra el agresor sea sustentable.

De hecho, la Fiscalía del Distrito Nacional recibe con frecuencia querellas por este tipo de agresión y, en la actualidad, el departamento de Querellas y Conciliaciones, liderado por la dinámica magistrada Rosanna Reyes, se encuentra realizando un estudio estadístico sobre éstas y otras infracciones que atentan contra la paz y la intimidad de las personas. 

Publicado en el periódico HOY el 5 de abril de 2004. 


Acoso epistolar (2004)

El filósofo español Julián Marías escribió, en abril de 1997, un artículo relativo al acoso postal, sobre el cual consideró que “Se está convirtiendo en un problema, al menos para las personas que tienen un mínimo de notoriedad, porque ejercen alguna actividad pública: el acoso postal invade la vida privada, merma el escaso tiempo de que se dispone y termina por engendrar malestar.”
Así es.  El correo abusivo, manuscrito o impreso, destinado a cualquier persona, tiene lugar en todas partes del mundo y afecta toda clase de individuos.  Pero donde la frecuencia del mismo es verdaderamente importante es en la vida de las figuras públicas.  En Estados Unidos, por ejemplo, este tipo de acoso ha sido considerado por el periodista Miguel Angel Prieto como uno de los fenómenos netamente hollywoodiense.  Forma parte de lo que en argot estadounidense se denomina “stalking”.
Algunos de los acosos epistolares más sonados a personajes famosos del mundo incluyen cartas de amor de un admirador que se van convirtiendo en amenazadoras, como el caso del hombre que luego de acosar mediante misivas a la actriz Jodie Foster, terminó por dar un disparo al presidente Ronald Reagan; cartas con fotografías e insistentes declaraciones de amor, como las del japonés Shizawa a la cantante Britney Spears; cartas que inundan los correos de los familiares, como el caso de la también actriz Sandra Bullock y su acosador Thomas James Weldon, condenado posteriormente por la justicia de Los Angeles; o cartas de un enfermo mental que asedia con ofertas denigrantes, como el anónimo que durante meses hostigó a la brasileña Xuxa. 

Incluso en la realeza europea esta clase de acoso está presente como parte de la cotidianidad de algunos de sus miembros.  Se sabe, por ejemplo, del caso del Príncipe Rainiero de Mónaco, “quien durante mucho tiempo recibió siniestras cartas en las cuales el acosador sella correspondencia con un facsímile de la firma de la difunta Grace Kelly.”, según revela la sección de espectáculos de TV Azteca.  Y es que desde siempre han existido los maníacos que han pretendido acercarse a sus ídolos, aunque sea a través de anónimos, con intenciones perversas.  Recordemos el caso de John Lennon, que fue acosado y posteriormente muerto a tiros; una víctima más del asedio y acoso que reciben algunos famosos por el hecho de ser famosos y haber destacado en algún ámbito.
Las cartas, firmadas o anónimas, son un importante síntoma de ese mal que afecta a cierta clase de individuos que, por regla general, son perturbados mentales, frustrados, adictos, fracasados o simplemente personas que no tienen en qué ocupar su tiempo y se entretienen tratando de llegar de algún modo dentro de la intimidad de las personalidades que les obsesionan y que, muchas veces, admiran en lo más profundo de sí.  Julián Marías, en el ya citado artículo, nos dice al respecto que “Hay también las cartas de personas desconocidas y que muestran diversos grados de anormalidad, desde una ligera excentricidad hasta la demencia evidente.  Hay casos que revelan una extraordinaria riqueza de tiempo libre, que permite una frecuentísima incontinencia epistolar.”

En nuestro país, las denuncias de este tipo de casos no son comunes.  Por lo regular, las víctimas del acoso epistolar son personas muy ocupadas.  Gente conocida en la sociedad que muy difícilmente siente inclinación a perder tiempo y dinero en trámites legales, abogados, denuncias, visitas a la policía o la fiscalía y demás, sólo por complacer el objetivo del morbo o el ocio de sus victimarios.  Y suena lógico.  Basta con no abrir las cartas en cuestión y la finalidad del remitente permanece incumplida.
Sin embargo, en ocasiones la correspondencia que se recibe contiene escritos difamatorios, injurias o amenazas.  Es entonces cuando se hace necesaria la intervención institucional, pues nuestro Código Penal prevé fuertes sanciones para quienes violan sus disposiciones en ese sentido.  En los casos en que exista algún vínculo familiar entre la víctima y su acosador, es recomendable acercarse a la fiscalía o juez penal que territorialmente corresponda y solicitar, concomitantemente con la denuncia, una Orden de Protección.  A través de este mecanismo previsto en la ley, las autoridades pueden ordenar al demandado que deje de tener contacto, que deje de amenazar o molestar, e incluso, prohibir el acoso personal, por teléfono o por correo, mientras el proceso tiene lugar.  Terminado el proceso, los jueces podrán dictar sanciones de prisión, multa, e incluso condenar a indemnizaciones de tipo civil al acosador que, a través de cartas o pasquines, difame, injurie o amenace a cualquier ciudadano.

Publicado en el periódico HOY el 1 de mayo de 2004.



ACOSO (2011)

Profesionales de la conducta han distinguido múltiples tipos de acoso que causan daños a la víctima.  Médicos, psiquiatras y psicólogos sospechan que detrás de los casos de ansiedad severa y detrás de cada caso de depresión exógena en la que no está presente el duelo por un familiar directo, hay un caso de hostigamiento psicológico prolongado o acoso moral[1].

Existe una gama amplia: el acoso estrictamente moral, el sicológico, el acoso físico, el sexual, el escolar (también conocido como bullying), el laboral (también conocido como mobbing), el inmobiliario, el telefónico, el cibernético, el epistolar y hasta el judicial.

Aunque la medicina lo tiene bien claro, el derecho todavía es lento en su clasificación, tipificación y penalización; y sólo en algunos países la legislación interna ha tenido en cuenta el acoso como comportamiento delictivo porque viola alguno de los derechos fundamentales (a la dignidad personal, a la integridad física y moral, al honor y la justa fama, a la intimidad personal y la propia imagen, a la igualdad y la no discriminación, o hasta a la libertad ideológica y religiosa). 

Recientemente (en 2010) en España se modificó el Código Penal y se incluyó el acoso moral en el trabajo vertical descendente y el acoso inmobiliario como delitos con penas de prisión, dejando fuera otros tipos de conductas humillantes que podrían catalogarse como acoso.  En los últimos cinco años otras legislaciones han ido despacio creando mecanismos de protección contra algunas modalidades de intimidación, agresión y hasta violencia que implican distintas variantes de ese fenómeno, pero sin abarcarlos todos.

Las noticias, por su parte, traen cada vez más a nuestra atención los más variados casos de acoso alrededor del mundo, evidenciando la necesidad de revisar, adecuar o crear leyes que protejan a las víctimas de esta acción.  En República Dominicana, recientemente, se ha anunciado un plan contra el acoso sexual laboral, desde la Procuraduría General de la República[2].  Eso, en principio, parece estar bien motivado. Sin embargo, hay que tener algo en cuenta.  El Código Penal dominicano y algunas leyes complementarias prevén varios tipos de comportamiento asimilable al acoso, pero para poder perseguir algunas de sus modalidades es necesario lidiar con el hecho de que la legislación no es demasiado amplia y se encuentra dispersa.

Entonces luce que lo que procede es ejecutar un plan más ambicioso, sin caer en el ridículo o la exageración de considerar “acoso” determinados comportamientos típicos de nuestra sociedad que no pasan de ser inocentes piropos.  Trabajar el tema del acoso como un delito con numerosas vertientes, diseñando una parte nueva para el Código Penal que las abarque todas y que constituya un modelo a seguir por legislaciones extranjeras.  En vez de importar leyes extrañas, crear leyes modélicas que vayan definiendo con seriedad y rigurosidad la legislación nacional como un paradigma de legislación bien pensada, completa, con criterio y en adecuada comunión con la realidad social de la República Dominicana. Una legislación que permita a las víctimas sentirse amparadas, a los agresores sentirse cohibidos y al resto de la sociedad vivir tranquila y sin temores.

Publicado en Internet en enero 2011.



[1] J.A. López García Silva y P. Camps del Saz, Aspectos clínicos y prevención del psicoterror laboral,
Mapfre Medicina 10, 1999, pp. 253-260.