jueves, 3 de noviembre de 2011

COMENTARIO A UNA NOTA DE DIARIO LIBRE

El título del artículo de Diario Libre dice mucho: “Embajada EEUU dice trabaja con sus socios de RD tema educación”. No es un error, dice “socios”.  Es la propia embajada, a través de su agregada de prensa, que responde a Diario Libre haciendo mención de sus “socios de la sociedad civil”.   Ya no hay muchos reparos en admitirlo, porque hace mucho que el origen de la bonanza económica de esa “sociedad civil” de puras siglas fue desenmascarado. De hecho, el Dr. Julio Hazim ha mostrado en su programa de televisión la lista de los socios nacionales premiados y reconocidos por la Embajada Americana. 

Por eso me provoca molestia y preocupación percibir que ciertos movimientos de ciudadanos, sinceros y espontáneos, constituyen objetivo de esos “socios de la Embajada”. Hay gente bienintencionada que realmente desea educación, alto a la delincuencia, seguridad, reformas necesarias y todas las mejorías posibles para la nación dominicana. Pero esos “socios de la Embajada”, que desde su nacimiento han pretendido controlarlo todo con sus financiamientos no tan secretos y que accionan para diseñar normas y poderes a su medida, les tienen en la mira para fines de manipulación, para no permitir que las cosas puedan salirse fuera del cauce que ellos han diseñado, para que no se les ocurra luchar contra estados de cosas y sistemas diversos que han logrado establecer (como, por ejemplo, los miembros del poder judicial o algunos códigos, para sólo mencionar algunos). 

Lo más triste es que en esos “socios de la Embajada” hay cabezas que se lucran de eso, mientras tienen bajo sugestión personas que trabajan con el corazón.  Disfrazados de ciudadanos preocupados, los “socios de la Embajada” en muchos casos captan borregos que les siguen y les hacen el juego con su fe, su bondad o su falta de información, y los manipulan a su antojo. En otros casos esos “socios de la Embajada” intentan acoplarse, y en algunos casos lo logran, con movimientos genuinos de reclamos y les ofrecen “consejos” que están lejos de ser legítimos, porque para hacerlo ya tienen los bolsillos llenos.

Hay que cuidarse. Hay que informarse. Hay que saber para quién se trabaja.  Debemos exigir todo lo que nos corresponde como ciudadanos. Pero debemos saber desconfiar cuando ciertos “socios de la Embajada” se nos acercan para “orientarnos”, sirviendo con ello los intereses de sus patrocinadores y los suyos propios.  

VER AQUI LA NOTA COMPLETA DE DIARIO LIBRE

martes, 20 de septiembre de 2011

Ni pena de muerte ni prisión perpetua (2003)

Se sigue discutiendo en estos días el tema de la aprobación de un nuevo Código Penal y con él, la posibilidad de incluir sanciones más graves que las que contempla hoy día nuestra legislación vigente.

Con relación a la pena de muerte, ya en unos comentarios anteriores expresé la indiscutible imposibilidad para los congresistas de instaurar la pena capital mediante ley, gracias al principio de inviolabilidad de la vida definido en la Constitución de la República: “no podrá establecerse, pronunciarse ni aplicarse en ningún caso la pena de muerte, ni las torturas, ni ninguna otra pena o procedimiento vejatorio o que implique la pérdida o la disminución de la integridad física o de la salud del individuo”, y gracias también al compromiso nacional expresado en la ratificación del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y de la Convención Interamericana de Derechos Humanos, que consagran el rechazo a imponer la muerte como forma de castigo y el compromiso, por parte de los Estados firmantes que la hayan abolido, a no restablecer la pena de muerte.

En relación a la prisión perpetua, por otro lado, las consideraciones contrarias son de distinta naturaleza. Algunos doctrinarios señalan que no habrá menos delitos porque las penas sean más graves, debido a que las causas de los delitos son de índole cultural, educacional o económico y el hecho de legislar instaurando penas más rígidas no garantiza una reducción en la criminalidad.

El Derecho Penal del marqués de Beccaria, por su parte, nos enseña que la disminución de las fechorías depende de una aplicación de justicia sana: "uno de los mayores frenos de los delitos no es la crueldad de las penas, sino su infalibilidad y, por consiguiente, la vigilancia de los magistrados, así como esa severidad de un juez inexorable que, para ser una útil virtud, ha de estar acompañada por una blanda legislación", entendiendo con ello que el tener penas más gravosas no mejora la perspectiva de la seguridad en la sociedad si las mismas no se aplican justa y adecuadamente.

Con relación a esto es necesario recordar que en sistemas jurídicos imperfectos, como el nuestro, no existen plenas garantías de que la ley se aplique con absoluta imparcialidad y con respeto pleno al debido proceso. De hecho, con demasiada frecuencia se oyen y se publican quejas de aplicación arbitraria de los textos legales por parte de los jueces, de negociaciones de sentencias y favoritismos, descontentos y lamentaciones por decisiones de magistrados injustos o politizados que pervierten el curso de la justicia; y es que nuestro sistema de justicia es humano, hecho y administrado por humanos y, por tanto, tan infectado de defectos como todo lo humano.

¿Seríamos capaces de creer que una pena de prisión perpetua se aplicaría a los criminales de cuello blanco? Pongamos por ejemplo un político o funcionario con gran influencia, acusado de un crimen tan horrendo que merezca la máxima sanción, asesorado por los mejores abogados, con lazos de amistad en las altas instancias judiciales y tratado con guantes de seda por la prensa. Comparemos con un acusado desconocido, con nulos recursos económicos, representado por un abogado de oficio, ignorado por los medios de comunicación, quizás hasta con algún disgusto añejo con un empleado del tribunal que conoce su caso, que da muerte a un hombre armado que había penetrado a su humilde hogar a las tres de la madrugada. Dejando de lado las ingenuidades, ¿cuál tiene, realmente, mayores posibilidades de ser condenado a cadena perpetua en los tribunales de nuestro país?

Por otra parte, recientemente fue aprobado un Código Procesal Penal ilimitadamente garantista que, implementando doctrinas jurídicas foráneas, convierte la mayoría de las penas en una cuestión de aplicación casi utópica. Este Código, que desde el principio de su puesta en ejecución abrirá las puertas de las cárceles para poner en libertad a gran parte de las personas que en ellas guardan prisión (solucionándole legislativamente el problema de los presos preventivos a esta judicatura) y que hará muy difícil el encarcelamiento futuro de los delincuentes, entrará, en su espíritu y esencia, en franca contradicción con el Código Penal que hoy se estudia en el Congreso, pues con este último lo que se busca, a través del endurecimiento de las penas, es influir en la reducción de la criminalidad en nuestro país.

¿Qué le importa a un delincuente común que haya prisión perpetua en casos graves si sabe que las posibilidades de ser arrestado son pocas, y menores aún las de permanecer recluido, como se prevé en el nuevo procedimiento? La contradicción entre un sistema procesal que implica pocos riesgos de caer en prisión y un sistema penal de penas graves, pero raramente aplicadas, no resulta lógica y contraviene los más antiguos principios del derecho penal.

Como vemos, los argumentos en contra son muchos, y las voces que se han hecho oír, más aún. La incoherencia entre el Código Procesal Penal recién aprobado y el Código Penal de próxima aprobación podría influir en que en pocos años tengamos que volver a achacarle a la legislación las deficiencias de nuestros tribunales y veremos nuevos grupos de licenciados teóricos hablando otra vez de “modernizar” y reformar la normativa recogida por nuestros Códigos. Tengamos, pues, la sensatez de analizar con mayor detenimiento esta cuestión y sopesar otras alternativas que excluyan la pena de muerte y la prisión perpetua.

Publicado en el periódico HOY en 2003.
Publicado también en: http://www.perspectivaciudadana.com/contenido.php?itemid=3992

jueves, 8 de septiembre de 2011

El Problema de la delincuencia y NO A LA DELINCUENCIA


La delincuencia en la República Dominicana ha aumentado exponencialmente en los últimos años y ese aumento, lejos de ser una percepción, como a veces han querido llamarla los actores del sistema de justicia, constituye una realidad para todas sus clases sociales. Basta haber vivido en el país por varias décadas para haberlo constatado en carne propia e, incluso, basta tener amigos aquí y escucharlos hablar al respecto o leer sus numerosos escritos en los grupos sociales, sobre lo que era y lo que hoy es, para palpar el fenómeno.

Ese distinguible aumento en los actos delincuenciales cotidianos puede tener muchas causales. Ciertamente, la falta de educación es una de ellas, la pobreza es otra, las crisis sociales, de valores, de la familia y demás también, y así, en general, variables de distinta naturaleza en las que todos estamos de acuerdo.  Sin embargo, todas esas variables han existido siempre. Otros elementos, catalizadores poderosos de una reacción en estallido de la violencia, son los ingredientes perfectos que han hecho posible que tales circunstancias basten para justificar una explosión en número de los delitos y sus autores.

A mí, sin dármelas de experta y asida sólo de mi triple condición de abogada, ciudadana de la República por décadas y víctima, me queda claro que hay componentes nuevos, que añadidos a las causas de siempre, han desatado esta peligrosa y angustiante vorágine que nos arrastra a todos los ciudadanos a encarcelarnos en nuestros hogares. Entre ellos, veo una Policía Nacional involucrada cada vez más en los mismos hechos que está llamada a prevenir, un Ministerio Público errático, prepotente e indiferente y unos jueces plagados de decisiones insólitas; y los tres, recostados de una legislación procesal penal cuya discrecionalidad les permite hacer con cada caso, impunemente, lo que les da la gana.

Así, vemos en la prensa casos de personas (como recientemente la mujer de apellido Tonton que ha sido puesta en libertad 19 veces por micro tráfico de drogas o el hombre que por distintos atracos y asesinatos tiene 18 expedientes en San Cristóbal) que no importa cuán largo sea su historial delictivo, se encuentran en libertad cometiendo fechorías incesantemente y sin que el brazo de la justicia alcance siquiera a hacerles una caricia. Son casos ilustrativos que, multiplicados alarmantemente en los años recientes, apuntan específicamente y primordialmente a esa conjugación policial, judicial y legislativa que facilita la libertad de los malhechores reincidentes.

Ha sido grave, sin embargo, la censura, discreta a veces, agresiva otras, que se ejerce desde los distintos órganos involucrados. Recuerdo cuando el todavía presidente de la Suprema Corte de Justicia afirmó que sólo los jueces estaban facultados para hablar sobre la implementación del Código Procesal Penal.  Que se callen los abogados, prácticamente dijo.  Censura previa inconstitucional expresada desde la propia cabeza del Poder Judicial. De la misma manera, organizaciones de la sociedad que, prevalidas de jugosos financiamientos internacionales, tienen por encargo no sólo la defensa del sistema judicial, sino también de ese Código Procesal Penal que han prohijado. No hay escenario donde alguien exprese su opinión sobre dicha legislación que no encuentre una agresión gratuita e injustificada a su persona. De eso doy fe.

Así las cosas, los casos de justicia por propias manos se multiplicaron en los últimos años.  La precaria convivencia y armonía que como sociedad tratábamos de mantener mediante un pacto social que concedía únicamente a los poderes públicos la facultad de perseguir e imponer sanciones, se desmoronó. Los hechos de justicia por propias manos crecieron sin freno y desparramaron por todas las áreas de la convivencia social.  Aparentemente, la gran flexibilidad otorgada a las libertades de los acusados en el nuevo sistema penal nos llevó a un estado de violencia ciudadana más desarrollado. Perdido el miedo al castigo, cuya simple posibilidad constituía un elemento organizacional, devino casi en imposible el control de la naturaleza violenta de los seres humanos en el actual estado de cosas. Y eso, como bola de nieve que rueda agigantándose montaña abajo, empezó a arrastrar consigo la paz y la seguridad de todos los ciudadanos.

En ese estado de cosas surge NO A LA DELINCUENCIA. Con él, tengo la esperanza de ver llegado el momento de dejar de ser idiotas. De dejar de ser borregos manipulados por intereses económicos, por funcionarios corrompidos, por quienes son simplemente bocinas repetidoras de aquellos que se pasean, distanciados de la realidad que vive la mayoría de los dominicanos que trabaja, con sus largas escoltas y sus fáciles ingresos, indiferentes ante el doble sufrimiento de las víctimas de los delitos. Un grupo de ciudadanos, cansados ya de tanto, ha decidido decir basta ya. Estimulados por la emoción de un padre que no quiso “dejar las cosas así” cuando su hija fue asaltada, golpeada y traumatizada por un grupo de antisociales, ese grupo de ciudadanos se vistió de negro y se reunió, en un primer encuentro, en una vigilia por el NO A LA DELINCUENCIA.

NO A LA DELINCUENCIA promete. Promete y concita apoyo, no sólo por aglutinar muchas víctimas de experiencias parecidas, sino porque desde el primer momento se hizo claro que el elemento unificador era uno, el NO A LA DELINCUENCIA. Se excluyó la política porque la política divide. Los organizadores eran caras frescas que no se han lucrado con financiamientos de dudoso origen, ni se han vinculado a las imposiciones de la comparsa (que se adueña  impropiamente del título de “sociedad civil” en organizaciones gastadas y desacreditadas) en la que medran oportunistas e inmerecidos  buscadores de protagonismo. El liderazgo de la primera vigilia provino de la transmisión efectiva de la emoción sentida por una verdadera víctima. Y los asistentes reaccionaron positivamente.

La vigilia fue la primera y con ella quedó la certeza de muchas más. El ánimo de crecer y seguir expandiendo el movimiento es contagioso. La solidaridad de las víctimas y de sus familiares se une a otras que, con experiencias similares, se inflama y se solidifica. Yo estuve allí y pude sentirlo. Creo que a nuestra sociedad le hacía falta desde hace mucho un movimiento como ése. Creo que si persevera, puede obligar a los responsables a buscar soluciones. Ya era tiempo de que el dominicano saliera de su confortable letargo. Bienvenido NO A LA DELINCUENCIA. Bienvenidos todos los dominicanos que hoy despiertan. El país sigue siendo de todos.


 8 de septiembre de 2011.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Estorbemos


Uno de los más impactantes lemas de los indignados españoles se leía en muchos de los letreros, pancartas y camisetas durante las últimas manifestaciones. PIENSO, LUEGO ESTORBO. 

Estorbar es lo que hacemos los que pensamos libremente; los que no aceptamos sus explicaciones como dogmas; los que nos resistimos a costearles sus vidas ostentosas; los que no les celebramos su “justicia”; los que nos expresamos según la propia conciencia; los que no nos dejamos manipular a través de “guías espirituales”; los que denunciamos; los que no nos inclinamos reverentes ante sus maquinaciones; los que exigimos; los que no nos tragamos sus mentiras; los que reclamamos; los que somos inmunes a su hipocresía; los que no nos callamos; los que queremos ver detrás y más allá de sus máscaras; los que demandamos lógica a los límites que imponen; los que nos resistimos a ser rebaño; los que rechazamos ser objeto de extracción de riqueza para su exclusivo beneficio; los que nos molestamos cuando hacen lo contrario de lo que dicen; los que no somos complacientes; los que velamos por nuestros derechos; los que dudamos; los que no sucumbimos a la conformidad o la resignación para que todo siga igual; los que no caemos en sus trampas discursivas; los que conservamos las virtudes originales de la desconfianza y la rebeldía.

Pensemos y estorbemos.

Estorbemos que el Estado sea su fuente de enriquecimiento.  Estorbemos el tranquilo disfrute de sus corruptos patrimonios.  Estorbemos sus mansiones, sus apartamentos, sus grandes cuentas bancarias, sus queridas, sus ropas lujosas, sus vehículos, sus villas de playa, sus cabañas de montaña, sus aviones privados, sus viajes absurdos y todo su derroche.  Estorbemos sus cargos parasitarios y saqueadores.  Estorbemos la placidez del descanso que disfrutan mientras piensan que no serán perseguidos.  Estorbemos sus comidas con nuestras miradas indignadas.  Estorbemos sus pasos con un dedo que señale acusador.  Estorbemos sus ridículas escoltas con nuestra burla.  Estorbemos su pagada imagen con nuestras risas, nuestras voces y nuestras denuncias.  Estorbemos haciéndoles saber que sí nos importa que nos mientan, que sí ponemos atención y sí recordamos sus promesas.  Estorbemos escribiendo y divulgando nuestras ideas.  Estorbemos la extracción impune que hacen de nuestros impuestos y nuestras vidas, rechazándolos.  Estorbemos la empatía que despiertan en los idiotas, desenmascarándolos.  Pensemos en mil nuevas formas de estorbarlos.

Pensemos y estorbemos.

lunes, 8 de agosto de 2011

CNM: Que se abra un espacio para la participación de los ciudadanos!


Muchos ciudadanos tenemos criterios, opiniones y hechos que participar sobre los candidatos a jueces de la Suprema Corte de Justicia, del Tribunal Electoral y del Tribunal Constitucional.

Algunos conocemos los candidatos por razones personales, otros por razones profesionales, por razones académicas, o hasta por vinculaciones familiares.

Así como conocemos quién tiene valioso equipaje de conocimientos para ser juez, así también conocemos cuál es un astuto, deslizado por el sistema por relaciones de amistad o complicidad, sin bagaje intelectual alguno. Notamos quiénes tienen buenas intenciones y quiénes no son más que resentidos que quieren ser magistrados, o seguir siéndolo, sólo para ejercer una posición con poder.

Hay quienes tienen sincero interés de que las cosas cambien a nivel de justicia. Pero igual así hay quienes tienen un pasado y un presente indigno, vinculados a distintos tipos de inmoralidades, de pobre formación y sin otra aspiración que el estatus y los privilegios que las posiciones en esos tribunales pueden ofrecer.

Hay aspirantes con sentido de la justicia, la igualdad y los principios elementales de la democracia, así como los hay intolerantes, autoritarios y pequeños y pequeñas dictadores.

Los hay independientes del partidarismo político y con criterios jurídicos razonados en el interés general, pero también los hay vinculados y fuertemente comprometidos con intereses particulares, bancarios, empresariales, foráneos y partidarios.
  
Los hay autónomos e imparciales, así como los hay  peones de oficinas de abogados a nombre de las cuales pretenden, desde esas posiciones, convertirse en torres, caballos y alfiles dentro del tablero del ajedrez de intereses litigiosos que se manejan en la función judicial del Estado.

Es cierto que hay buenos candidatos. Así como también es cierto que hay quienes aspiran sólo con el encargo de garantizar impunidad a partidos y figuras políticas, en la eventualidad de sometimientos por corrupción.

Por eso hay ciudadanos que deseamos participar, opinar, decir o simplemente expresar criterios personales.  Y el Consejo Nacional de la Magistratura debe, antes que todo, abrir un espacio para que los que tenemos ese interés podamos expresarlo. Porque de lo contrario, no silenciaremos la inconformidad con las designaciones por todos los años que los jueces permanezcan en funciones.



martes, 26 de julio de 2011

Sopor (1997)

No puedo decir imposibles,
barrer escombros,
caldear la compañía desconchando astillas añejas.

Engranado,
el interminable panegírico manchado de tiempo traba mi intención
y eterniza el sopor cotidiano.

miércoles, 13 de julio de 2011

Te espero (1997)

Te espero
despoblada de censuras
desnudando prisas a tu cercanía
al mostrarte cómo resbalan, mojadas
las ataduras de nuestras confidencias

Te espero, impaciente
para llevarte a explorar
el ambiente rítmico en mis caricias
ciñendo la sólida seducción de tu caudal
en mis entrañas estremecidas

Te espero, inagotable
para envolverme en el arrebato de tu cuerpo
sorbiendo el calor
arrimada a tus jadeos

Para dominar con lentitud tus apremios
trotando a gotas
sobre la fiebre briosa en tu cintura

Para embriagarte y combatirte
atraerte y empujarte
urgirte y salpicarme

Para deleitar mi sed con tu sudor encendido
y con el último temblor de tu aliento empapar mis horas
y con tus ojos cerrados llenar el frío

miércoles, 1 de junio de 2011

Cierta indolencia médica (2004)

A medida que iba escuchándola, cada una de sus palabras se iba convirtiendo en un doloroso recordatorio de otra agonía.  Sólo que, en el caso de mi padre, no hubo posibilidad de viajar al extranjero a tratar de resolver los estragos con que el ejercicio descuidado de la medicina puso fin a su vida.  Aniouta, sin embargo, encontró en otro país la salud que una “prestigiosa” clínica nacional le robaba indolentemente.

Más de una vez, luego de su primera operación, Aniouta se sintió como un cerdo en un matadero.  Por ejemplo, cuando fue obligada por la fuerza bruta a aguantar la punción de la vena subclavia a sangre fría, y entre lágrimas desesperadas volver la vista hacia la parte rota de los guantes del hombre que la manipulaba con violencia.  O cuando a las nueve de la mañana apareció una soñolienta enfermera, finalmente, a apagar la alarma de uno de los monitores que había empezado a sonar a las tres de la madrugada, avisando la terminación de un medicamento, inadecuado por demás, cuya suspensión había sido ordenada para las seis de la tarde del día anterior.  O cuando llegaron los alarmantes resultados de unos análisis que, a juicio de expertos debieron haber sido hechos con mayor antelación, y los médicos actuantes tardaron horas interminables en tomar conocimiento de ellos y actuar en consecuencia porque se encontraban en una boda. O cuando fue ordenada una segunda intervención en el mismo lugar de la primera, absolutamente innecesaria según opiniones de los especialistas foráneos que le salvaron la vida, para “tratar” una de esas infecciones intrahospitalarias que se propagan cual asesinos silenciosos por los establecimientos médicos de nuestro país.

Los detalles minuciosos de su cirugía y errados tratamientos posteriores, calificados de esa forma por los galenos que los corrigieron, en mi opinión de abogada, deberían ser conocidos por los tribunales.  Aunque ella piense, igual que yo, que no hay dinero en el mundo capaz de pagar la prolongada angustia de sus hijos y su propio sufrimiento.  Sin embargo, cuestiones de simple sentido común, como la higiene debida en el trato con los pacientes y la atención mínima al dolor, son temas que nos tocan a todos, porque cada dominicano está expuesto a ser manipulado en algún momento de su vida por este tipo de personal médico y paramédico.  Sobre todo aquellos sin posibilidad de emprender en otros territorios la batalla por una vida sana.  O sea, casi todos.

En esos veintiséis deprimentes días que duró la agonía de mi padre, por ejemplo, vi ingresar numerosos casos a la sala de cuidados intensivos que lo vio morir.  No importaba la etiología o razón de su ingreso, la mayoría fallecía, invariablemente, por la misma razón: una devastadora y extendida infección adquirida a través de los utensilios de enfermería o de cirugía, de los conductos de aire acondicionado o hasta de la mano del personal.  Simple falta de higiene.  Lo mismo sufrió Aniouta.  Y si puede hoy contar su desgarradora experiencia es gracias a un inmenso sacrificio económico que la condujo al exterior en búsqueda de una atención aséptica y dedicada.  Sin embargo, la mayoría no puede narrar su desdicha facultativa.

Los empleados de nuestros centros hospitalarios lo saben; tal vez por eso en muchos de ellos percibimos actitudes que distan mucho de cumplir los lineamientos básicos de la ética hipocrática mínima.  De hecho, Aniouta, desde su llegada, ha intentado entrevistarse varias veces con los médicos que aquí la desahuciaron.  Pero no la reciben.  Parece no importarles ahora, como tampoco les importó cuando le extendieron la factura, exorbitante a pesar de su ineficiencia.  Olvidaron que las faltas en que incurren en su intervención profesional son catalogadas por la ley como responsabilidad directa o indirecta de los médicos y paramédicos frente a sus pacientes.  Y olvidó también la clínica que tales faltas son, además, responsabilidad conjunta de la entidad asistencial que se ha obligado a prestar un servicio aceptable, donde el riesgo no se confunda con la posibilidad de daño por actuaciones profesionales o técnicas indebidas.

Se acepta que el ejercicio de la medicina está expuesto a incontables resultados adversos e inesperados por la misma naturaleza humana de los actores involucrados en la práctica de esa actividad.  Sin embargo, cuando los riesgos se maximizan debido a la deshumanización que tales actores desarrollan como consecuencia de la fuerza de la costumbre y la rutina, con su consecuente deficiencia en la asistencia médica y su despreocupación por cada infortunio humano, se incurre no sólo en mala práctica médica, negligencia o “malpraxis”, como la llama nuestra legislación cuando aplica a las mismas medidas punitivas de orden civil y penal, sino en una trasgresión de carácter moral que debería ser también objeto de sanciones de tipo social. 

Son demasiados los casos como el de Aniouta.  Tal vez serían menos si, como dice Aniouta, tantas víctimas desataran de sus lenguas la aprehensión a denunciar; si todo profesional de la medicina respondiera con una censura de su imagen pública proporcional al indebido o inadecuado servicio frente a los seres humanos a quienes ha cobrado por “curar”.  Estoy de acuerdo.  Tal vez no sería suficiente sin una condena judicial, es verdad, pero les ahorraría el recuerdo de su dolor al ver su drama repetido en tantos otros que caen incesantemente bajo las mismas ruedas de la indolencia médica nacional.

Publicado en el periódico HOY el 25 de abril de 2004.

El guardián de Coco Palooza (2003)

El esnobismo que los caracterizaba los llevó a planificar una de esas fiestas, comunes en las playas de los Estados Unidos, donde los invitados bailaban y se divertían por horas interminables en trajes de baño junto al mar.  Sólo que en esa ocasión había, además, una piscina, la cual constituyó el centro y alma de la noche y, entre otras cosas, el cofre de los secretos mejores guardados del grupo familiar.

Coco Palooza, llamaron la fiesta, en alusión a una muy conocida serie de festivales itinerantes de música rock llamada Lollapalooza, tan exitosa, que dio lugar a una moda donde todo llegó a denominarse “algo-palooza” (aquapalooza, wrestlepalooza, café palooza…).  En este exotismo, como les resultaba lógico, no se quedaron atrás.

La promocionaron en la prensa escrita y televisada; colocaron afiches en los más importantes centros comerciales y discotecas de la capital; y hasta en los principales colegios y universidades privadas circularon los volantes.   Toda la juventud dominicana sabía de la fiesta, toda los “niños bien” quisieron ir.  Pero el precio que asignaron al derecho de entrada decretó que sólo tuvieran asegurada su participación aquellos con mayor poder adquisitivo, quienes en su círculo social, al fin y al cabo, no eran pocos.

La esperada tarde llegó, y con ella llegaron a la mansión de Villas de Mar cientos de caros vehículos de alto cilindraje, lentes oscuros y ropa de costosas marcas cubriendo apenas los cuerpos de los jóvenes presumidos que iban llenado todos los rincones del lugar.  Las orquestas ya habían descargado sus instrumentos y empezaban los preparativos.  También los corresponsales de la televisora que trasmitiría el evento a nivel internacional.

Un guardián privado, el hombre pobre que siempre quiso ser policía en su pueblo, cuidaba el inmueble en ausencia de su propietario.  Fue informado del festejo a la llegada de los hijos del dueño, ese mismo día, y disimuló su sorpresa bastante mal.  No sabía si su patrón había dado su autorización ni cuál se suponía que debía ser su papel en cualquier caso.  Antes de que le diera tiempo a preguntar, ya sus interlocutores se habían  incorporado a los numerosos grupos que habían conseguido entrar.

La bebida y la música se desplegaron al mismo tiempo.  Con ellas, los bailes, los cigarrillos, los brazos por las cinturas.  El colorido de los trajes de baño se extendió dentro y fuera del agua.  Y las risas subieron el volumen en la misma proporción en que las orquestas se despabilaron, tumbando al piso las partes superiores de los bikinis.

Confundido por el ruido, por los olores mezclados de humo y perfume, por el constante ir y venir de jóvenes cargados de bolsos, toallas y pastillas, buscó con rostro preocupado al hijo mayor de la casa.  Pero encontrarlo entre tantas figuras similares era muy difícil.  Con su escopeta al hombro penetró en el mismo meollo del placer, donde ya se sentía el calor de cuerpos junto a cuerpos, de cuerpos sobre cuerpos. 

Algunos de los muchachos resintieron su presencia.  Envalentonados y desinhibidos por alguna sustancia, se dirigieron a él con altanería, reclamando su desaparición.  El guardián, el hombre que siempre quiso ser policía, se ofendió con el trato que entendió irrespetuoso de su posición y demandó consideración a su autoridad.  Los muchachos se burlaron.  Las risas de sus burlas opacaron las risas del regocijo general.  Otros más se acercaron, con ellos también los hijos del dueño, y la mofa encontró aquiescencia en su concurrencia activa.

Los miembros del Destacamento de Policía de Villas del Mar no esperaron ningún legista para extraer el cadáver del guardián la mañana siguiente.  Los padres de los muchachos que quedaron en la fiesta hasta el final se hicieron cargo de la molesta burocracia que rodeaba este tipo de inconvenientes, como un cadáver que aparece accidentalmente en el fondo de una piscina, mientras sus hijos recuperaban, abandonados al sueño, las horas perdidas la noche anterior.

Naturalmente que ni hubo expediente.  Mucho menos arrestos, interrogatorios, citaciones o investigación alguna.  Los participantes continuaban sus vidas despreocupados, asistiendo a sus costosas universidades de la capital, mientras pasaba el tiempo de la prescripción legal sobre la tumba humilde de alguien que quiso ser policía.

Hoy, transcurridos más de diez años, sus protagonistas conversan inexpresivamente, sin riesgos ni remordimientos, sobre el anodino incidente.  Y ejerciendo sus profesiones bajo la consentidora mirada de las cámaras de la crónica social criolla, casi lo han olvidado.


 Publicado en el periódico HOY el 20 de marzo de 2003.



lunes, 16 de mayo de 2011

¿Una comisión para denunciar jueces?



Aparece en el Diario Libre del 16 de mayo de 2011, una publicación en la cual se da la noticia de que el Consejo del Poder Judicial ordenó la creación de un “Comité de Comportamiento Ético del Poder Judicial” el cual tendría por misión que cualquier ciudadano pueda presentar allí sus quejas contra los funcionarios judiciales que lleven a cabo actuaciones “contrarias a los principios”.

En principio la idea entusiasma, porque suena democrática, participativa, transparente y cien adjetivos más.  Pero, claro, habrá que ver su funcionamiento, porque comisiones como ésa han existido a granel en todas las instituciones de la República Dominicana y los resultados, bueno, no tengo ni que tratar de traer alguno a la memoria, porque no los hay.  

Sólo pensar que la va a presidir Jorge Subero Isa es ya mala noticia; desencanta y da mala espina.  Y me hace recordar aquella comisión que recientemente designó el Procurador General de la República, Jefe del Ministerio Público, que, compuesta por superiores del Ministerio Público, tenía por misión investigar otros miembros del Ministerio Público… así mismo, aunque suene a trabalenguas. Todos recordamos sus no-resultados.

Pues a propósito de esta publicación, traigo a colación que en Argentina existe desde hace años una Comisión de Disciplina y Acusación del Consejo de la Magistratura de la Nación, la cual es la encargada de investigar las denuncias contra los jueces por el presunto mal desempeño.  Sin embargo, y para ilustrar su efectividad, copio a continuación lo que se ha tenido que hacer para tratar de suplir sus deficiencias, (con la esperanza de sembrar con esto la semillita de una idea):

¿Quiénes son los peores jueces?

Un grupo de fiscales, abogados y profesores de derecho quiere "premiar" a los peores jueces para mostrar su descontento con parte del Poder Judicial. Hay siete categorías a los peores magistrados del año pasado y crearon una página web en donde invitan a votar. 
Al mejor estilo hollywoodense, la Justicia argentina tendrá su premiación. Pero no habrá alfombra roja ni glamour. Todo lo contrario. Un grupo de fiscales, abogados y profesores de derecho quieren demostrar, con humor, su descontento con lo que consideran un Poder Judicial anacrónico con los tiempos actuales y para eso "reconocerán" a los peores jueces del 2010 con el premio “Petiso Orejudo”, el mítico criminal argentino.
 
Será en “La Fiesta de la Justicia” que se realizará a fin de mes en Parque Patricios, una iniciativa que se inició en la red social Twitter y que ahora invita a todas las personas que lo deseen a votar en las siete categorías creadas para elegir a los peores magistrados del año.
 
“El motivo de la entrega de premios consiste en exponer críticamente la actuación de quienes administran justicia. –explican los organizadores- Será una demostración de nuestro poder ciudadano y el ejercicio de nuestro derecho a la crítica política. El poder judicial es uno de los poderes del Estado y, como tal, tenemos derecho a realizar el más agudo escrutinio de sus decisiones”, agregan en http://fiestajusticia.blogspot.com , la pagina web que crearon para difundir la iniciativa.
 
Desde allí se pueden proponer candidatos a peores jueces y también votar a aquellos que ya están ternados. Para eso hay siete categorías de premios: Juez/jueza de primera instancia; Juez/jueza de tribunal de apelaciones; Juez/jueza de tribunal de casación; Juez/jueza de superior tribunal; Juez/jueza que votó en disidencia; Juez/jueza que dictó acordada/reglamento/acto administrativo; y Juez/jueza de tribunal de juicio.
 
Cada ganador se llevará un premio Oscar pero con la cabeza del Petiso Orejudo, uno de los mayores criminales de la historia argentina que a principios del siglo XX asesinó a cuatro niños, entre otros hechos, y que se lo conoció con ese apodo por el tamaño de sus orejas.
 
“El petiso orejudo es un icono del derecho medieval argentino y estamos premiando lo atávico del derecho argentino. Queremos premiar aquellos fallos que aplican criterios que son irracionales como lo que representa el Petiso Orejudo”, le explicó a Diariojudicial.com Alberto Bovino, abogado y profesor universitario y uno de los organizadores de la Fiesta.
 
Pero no solo se premiará lo peor de la Justicia. También se entregará el “Cayetano Santos Godino de Oro” para “los méritos reales de un juez o de una jueza por su trayectoria como miembro del poder judicial”. Cayetano Santos Godino era el nombre del Petiso Orejudo y el ganador de este reconocimiento será elegido por los organizadores.
 
La iniciativa surgió en la red social Twitter (allí se la puede seguir a través del tag #PORLAJUSTICIA) donde las críticas a la Justicia nucleó a un grupo de personas vinculadas al Poder Judicial. “Se me ocurrió la idea de hacer una fiesta y lo propuse pero pensando que no iba a tener recepción”, recordó Bovino.
 
Pero “La Fiesta por la Justicia” prosperó y se realizará el próximo 28 de mayo a las 23 horas en la avenida Caseros 3033 (frente al Parque de los Patricios), donde se conocerá cada ganador. Pero no solo se hará la entrega de los premios, sino que también habrá música, pista de baile con entrada libre y gratuita.
 
Junto con Bovino también forman parte de la organización los fiscales federales Felix Crous y Abel Córdoba, el fiscal de Mar del Plata Guillermo Nicora, la defensora oficial de Lomas de Zamora Fernanda Mestrín y los abogados Martín Gershanik y Claudia Suárez Gallo, entre otros.
 
“Con nuestra iniciativa, entonces, queremos emitir un fuerte mensaje exigiendo la más amplia transparencia de los actos de quienes deciden sobre nuestros derechos fundamentales”, señalan en su pagina web y agregan que el Poder Judicial “no cubre las expectativas mínimas que los ciudadanos merecemos y exigimos en un Estado democrático de derecho”.
 
Bovino aclara que no buscan desprestigiar la Justicia ni a sus integrantes: “La fiesta es por la Justicia porque creemos que el buen funcionamiento del Poder Judicial es absolutamente necesario para el estado de derecho y democrático. Para logar tener eso hay que exponer y cuestionar a las personas que no son dignas de ocupar un puesto en ese poder”.

Martín Angulo
Especial para Diariojudicial.com


lunes, 25 de abril de 2011

Idea sensata sobre clima y moda (2005)


El primer ministro de Japón Junichiro Koizumi ha pedido a los japoneses que cambien sus corbatas, sus trajes y sus camisas habituales por ropa más fresca, más adecuada al calor estival, para no tener que usar tanto el aire acondicionado en las oficinas y así ahorrar energía en sintonía con el Protocolo de Kyoto.  Pero no sólo para ahorrar energía.  El ministro japonés comprende el desplome del rendimiento de los individuos cuando laboran vestidos de traje en ambientes de elevada temperatura y cree que si 128 millones de japoneses siguen su propuesta se evitaría la caída de la productividad durante el verano.

Según la Ohio State University, a medida que el calor arrecia, la temperatura del cuerpo y los latidos del corazón aumentan sin causar dolor.  Una elevación de la temperatura normal del cuerpo en dos grados Fahrenheit puede afectar el funcionamiento de la cabeza (en las tareas de tipo técnico-informativo o informativo-mental, las altas temperaturas llevan a una disminución de la capacidad de concentración y reacción, aumentando la cantidad de errores cometidos); una mayor elevación puede ser la causa de ataques al corazón, caídas, accidentes con equipos o estrés por calor.  Esto último provoca en las personas afectadas un trabajo más lento y de menor eficiencia.  En consecuencia, prevenir el calor excesivo es imperativo para proteger la salud, mejorar la seguridad y aumentar la productividad.

Sin embargo, en muchos países los factores salud, seguridad, productividad y comodidad son sepultados por otros más ligados al consumismo inducido, la moda y la estética visual.  A manera de ejemplo, en España acaba de publicarse, bajo el título “los carniceros vestirán de Miró”, que el diseñador Antonio Miró pretende renovar la imagen de los carniceros catalanes con un uniforme negro, de algodón y poliéster, “moderno y elegante”, que se implantará a finales de año.  Y yo me pregunto cuáles serán los beneficios reales de proveer de estilo y actualidad a los encargados de destripar animales.

En nuestro país no nos quedamos atrás. Hemos sobredimensionado la importancia de la apariencia.  A pesar de las temperaturas cálidas que tenemos todo el año, adoptamos modas de países donde sí existen cuatro estaciones perfectamente diferenciadas.  Para trabajar, hombres y mujeres nos hemos auto impuesto el uso de camisas de mangas largas, casi siempre ajustadas al cuerpo, bajo sacos oscuros de telas pesadas y, para colmo, forrados.   En el hombre, remata casi siempre una corbata; en la mujer, pantalones largos y zapatos cerrados de taco alto.  En otras ocasiones encontramos casi cualquier cosa: cuellos de tortuga, chaquetas de jeans, chales, bufandas, botas y hasta ponchos de lana tipo mejicano.  En fin, capas y capas de ropa apropiadas para lugares donde se requiere conservar el calor del cuerpo, y que son, además, las más comunes en las tiendas locales.

En esa tendencia insensata y disonante de sobrevestirnos, olvidamos el clima como factor determinante del tipo de ropa a usar y desdeñamos, como dignos subdesarrollados, la indumentaria recomendada por la lógica para combatir la calurosa humedad de este clima caribeño tropical: el mínimo de vestimenta posible, holgada, liviana, flexible y de colores claros, de telas finas que permitan al cuerpo airearse, acompañada de calzado fresco y sombreros de ala ancha si se ha de estar bajo el sol.

Mansamente nos dejamos dominar por un culto exagerado a la imagen a través de la vestidura, una especie de sumisión a los estereotipos de una publicidad incompatible, no sólo con nuestra realidad climática, sino también con nuestras circunstancias económicas personales y con una situación de producción deficiente y costosa de energía eléctrica.  Y nos empeñamos, como ignorantes empedernidos, en permanecer dentro del círculo desatinado de gasto excesivo en vestimenta y baja productividad.  Como si nos sintiéramos incapaces de salir airosos ante el reto de una moda diferente, adecuada y propia.

La idea del primer ministro japonés ha llamado la atención en todo el mundo.  Tal vez por ser la primera vez que desde la política se piensa en la ropa de forma racional.  Quizás algún día a nosotros, los dominicanos, nos dé por copiar ideas sensatas en vez de modas y nos inspiremos en un vestuario nacional que no siga los dictados de reglas ajenas y que denote inteligencia, iniciativa y personalidad.

Publicado en el Periódico HOY el 16 de junio de 2005.

jueves, 21 de abril de 2011

No son dominicanos

No son dominicanos

Los amigos y los no tan amigos con quienes comparto a veces tantas ideas, me pueden crucificar, si quieren, pero cierta visión de la relación Haití – República Dominicana que a veces me sorprende en algunas de sus expresiones, no la comparto.  Para nada. Los que me conocen saben que, al igual que ellos, me hiere el dolor de otro, el hambre de otro, la pobreza de otro.  Pero igual me hiere la crueldad sanguinaria e indolente con esos otros seres tan vivos como nosotros, pero aún más indefensos, que pueblan el mundo animal y los recursos del medioambiente. 

Por eso, entre otras razones que como abogada educada por los mejores maestros de las universidades dominicanas han modelado mi pensamiento jurídico, mi postura en este tema.  Que es la misma postura del Poder legislativo, que ha hecho la sabia Ley General de Migración vigente, del Poder Judicial, que la ha ratificado como buena y válida en una de las pocas sentencias valiosas que ha dado en la última década, y del Poder Ejecutivo, que ha declarado su aquiescencia a los otros dos, aunque aún esté pendiente la aprobación de un necesario Reglamento de Migración.  La Constitución más reciente termina de poner el punto final a cualquier discusión jurídica al respecto.  Los hijos de personas ilegales que nacen en República Dominicana no son dominicanos.

Los haitianos son sujetos de los mismos derechos humanos que el resto de la humanidad.  Merecen oportunidades, desarrollo, crecimiento y colaboración internacional.  Pero no son dominicanos.  Aunque vengan en “gira” a parir al territorio de la República Dominicana o aunque “se la busquen” en el país.  No son dominicanos porque cada país es soberano en decidir a quién corresponde dicha nacionalidad.  Y el país ha decidido.  A través de sus representantes elegidos directa e indirectamente, selló la discusión hace varios años.

Por demás, no debe corresponder tampoco la nacionalidad dominicana a quienes emigran en masa hacia el territorio con la solo intención de depredarlo porque ya en el suyo no queda nada más que depredar; ni a quienes practican una religión primitiva y sangrienta, ni a quienes depredan como plaga los recursos naturales, comiéndose perros y gatos, especies marinas y aves nativas y migratorias.  No le corresponde a quienes destruyeron a pedradas el último nido de Halcón Peregrino que existía en el Parque Jaragua para almorzarse sus pichones, ni a quienes destruyen los Haitises, los parques nacionales y toda clase árboles y ecosistemas en la forma más brutal para preparar carbón vegetal o para hacer conucos, constituyendo una amenaza para la preservación del medio ambiente y los recursos naturales.

No corresponde la nacionalidad dominicana a quienes invadieron áreas protegidas causando daños en más de 50 acuíferos, emprendiendo acciones de pesca con métodos brutales prohibidos por la ley, asesinando especies marinas en vías de extinción.  No le corresponde  a quienes portan sierras, sinfines, plantas eléctricas, hachas, machetes, revólveres, pistolas, escopetas y rifles de perdigones para la despiadada cacería de aves y hasta de animales de compañía.

Tampoco debería corresponder a los malos dominicanos que cometen similares atropellos.  Pero, menos mal que son menos pues, aunque muy despacio, secciones de la población dominicana van aprendiendo, y van naciendo de a poquito los grupos, organismos e instituciones de enfoque ético al tratamiento de la fauna y la flora nacional.  Al revés que en Haití. 

A esos haitianos no se les hace daño al no regalárseles la nacionalidad dominicana.  Al fin y al cabo la República Dominicana para ellos sólo es una gran despensa viva que les queda a la mano al agotarse la propia.  La nacionalidad conlleva respeto por los recursos, sentido de futuro de un país, arraigo y pertenencia.  Los haitianos, por mucho que quieran venir, no sienten por el lado este de la isla ninguna de esas preocupaciones.  República Dominicana sólo les importa en la medida en que pueda satisfacer sus necesidades elementales sin comprometerlos a trabajar por un mañana.  Y así no se puede ser dominicano.

martes, 12 de abril de 2011

Brújula quebrada



Esquivando demonios a través de nubes de insulso
Tributando estúpidos en lenguas de retama
Con las uñas recogiendo el andar espigado del sermón vacío
Manejando misericordias con la burla en las entrañas

Ya no hay manchas, mancebos ni mamarrachos
Ni delitos, ni instrucciones, ni plegarias
Ni teorías, ni estrofas, ni embriagados
Sólo pendencias y la resignación forzada

Ordenanza de los años precarios y cicateros
Que regaña el descuido de la brújula quebrada
Yo no fui, yo no fui, dicen los embusteros
Irreverente exhalación de lujuria simulada

Los religiosos aferrados al milagro de la paranoia
Los bandidos regalando su destreza desvelada
Los discretos sincronizando metáforas histriónicas
Los soberbios maltratando histéricas soberanas

Y nadie, nadie, nadie recuerda el grito, el engendro, el arisco
El montón de huesos de vida lastimada
Sin luto, sin dolor, sin limbos, ni recatos
La muerte fornica la minucia y la reemplaza.

Leila Roldán
24 de marzo 2011

lunes, 11 de abril de 2011

Celebrando hoy la hipocresía (2003)


“Hay otra globalización, la de la hipocresía, de la que se habla poco y se practica mucho”
(Mario Benedetti, Universidad de Alicante, 19/5/1999).

De  nuevo tengo que chacharear.  Tal vez deba pedir perdón por adelantado a quienes voy a molestar, pero no quiero hacerlo.  Alguien tiene que manifestarse frente a la omnipresente incoherencia entre lo que se dice y lo que sabemos que es.  No se puede esperar que todo el mundo, todo el tiempo, crea en todas las patrañas.  Por eso rememoro hoy la hipocresía, brindando hoy por los hipócritas y sus imposturas.


Por los comentaristas, periodistas, articulistas o comunicadores sociales que vociferan su independencia mientras sus esposas, sus sobrinas, sus queridas o sus compañías cobran salarios en el organismo del Estado cuyos desmanes no pueden mencionar.  Por los que recibiendo pruebas documentales de la prevaricación persisten conscientemente, y por razones personales, en la defensa del prevaricador.  Por los que condenan hechos cometidos por algún político y callan o excusan cuando los mismos hechos censurables lo comete algún otro político amigo.  Por los borregos, instrumentos de sectores ciertos, que siguen fieles y ciegos al portador de la vara, ignorando sus desmanes, porque aún no han probado sobre sí su poder martirizador.  Por los que tergiversan, manipulan y distorsionan verdades acomodándolas al criterio del que mejor paga.  Por los que expresan con significativo silencio su agradecimiento a los asesinos o corruptos de épocas pasadas.  Por los que, por trabajar para ellos o para sus íntimos tercios y comensales, repiten como gallaretas conceptos inculcados, muchas veces falaces e interesados.  Por los que niegan aplicarse a sí mismos la báscula con que miden a los demás.  Por los que con su pluma y su voz reivindican una sociedad libre y democrática pero que con su ejemplo practican la intolerancia y la impunidad.  Por los que constantemente pontifican mentiras y se indignan cuando, a veces hasta por casualidad, se deja escuchar a aquel que no las admite.  Por los que tras los micrófonos exigen para sí respeto y condescendencia mientras difaman, descalifican o atropellan a quienes no comparten con ellos una cualquiera de sus comprometidas posiciones.  Por los que editorializan contra el crimen pero perdonan a algunos de los más selectos criminales.  Por los que salpican sus culpas en la ilusión de que así les toca menos.  Para ellos, regalo de hipocresía infinita, cito la frase de Chomsky: "Si no creemos en la libertad de expresión para aquellas personas que despreciamos, entonces no creemos en ella para nada".

Por los que se corrompieron en funciones públicas y pretendieron disimular su delito mediante la dispersión de falacias sobre quienes compartieron espacios de trabajo e hicieron la diferencia.  Por los que ayer violaron la ley y la moral de mil formas, acosando jóvenes, amenazando novias con metralletas de parientes portadas ilegalmente, cometiendo toda clase de desenfreno sexual licencioso, falsificando documentos o haciendo fraudes universitarios, y que hoy visten las togas propias de los que deben impartir justicia.  Por los que se hicieron pasar por amigos, intentando saciar su avidez husmeadora en la mansedumbre de sus víctimas para luego vender sus sueños.  Por los que saborean boleros con estudiantes mientras sus esposas contratan desnudistas para entretener en casa su soledad y luego se presentan teorizando “transparencias” en representación de la sociedad.  Por los envanecidos teóricos, que codician ser “fuentes de derecho” sin haber pisado nunca un tribunal.  Por los profesores de literatura que escriben con faltas ortográficas.  Por los mediocres que esparcen calumnias y murmuraciones en ánimos de desacreditar a individuos distinguidos, sobresalientes, populares o exitosos a quienes rabiosamente envidian.  Por los historiadores que convierten en verdades de texto las impresiones fundadas en sus propias simpatías políticas.  Para ellos, monumentos de hipocresía moral, una cita especial: “Hay, además de intolerantes e hipócritas algunos son especialistas en falsificar la historia. Y bueno es decirlo, no sólo en filas de la derecha. En la izquierda, o en la sedicente izquierda, hay algunos que ajustan la historia o los hechos pasados a su presente para trazarse algún porvenir político. Nosotros no podemos escribir la historia pero es conveniente no renunciar a denunciar a los falsificadores.” (Reinaldo Gargano, La República, 11/05/2003).

Me quedo corta, por supuesto, pero para los que están y los que faltan, hoy van mis comentarios. Para el discreto encanto de los grandes farsantes y su inventiva.  Para el misterioso complemento de superficialidad y prepotencia que adorna sus personalidades.  Elegí el día de hoy para conmemorar su hipocresía.  Aunque cualquier día es bueno, porque ellos están siempre ahí, siempre presentes para celebrarlo.  Pero por hoy, y tal vez sólo por hoy, salud a ellos.  A todos ellos.

Publicado en el periódico HOY el 17 de septiembre de 2003.

viernes, 8 de abril de 2011

SOBRE DELINCUENCIA (2002, 2003, 2004, 2005)




La ciudad es de los asaltantes

Una noche del recién transcurrido mes de diciembre, mi hijo y yo salimos de casa a despedir a una hermana que nos visitaba con uno de sus hijos.  La acompañamos hasta la verja, como usualmente hacemos con casi todos los amigos cuando salen y, ya en la acera, dirigí la vista hacia la derecha, curiosa, porque me llamó la atención un par de motores pequeños, tipo Passola, con dos hombres encima cada uno.  Me quedé mirándolos y, cuando estaba a punto de hacer una advertencia, los hombres giraron repentinamente los motores y uno de ellos entró velozmente a nuestro jardín.  Tenía una pistola en la mano izquierda.  Me apuntó a mí primero y me hizo tirarme al piso.  Luego apuntó a mi hijo en la cara y lo amenazó tres veces con darle un tiro.  Yo le grité que se tirara al piso y halé su pantalón, forzándolo a arrodillarse.  Entonces el asaltante apuntó a mi amiga en la espalda, quien ya estaba casi entrando en la casa, y le gritó algo que yo no entendí.  Ella se arrodilló y, con medio cuerpo fuera y medio dentro, le tiró su cartera.  El asaltante la agarró, saliendo de inmediato disparado hacia los motores; se subió, y el cuarteto arrancó en la misma dirección en la que había llegado.

El incidente no sólo me obligó a acudir a la Policía, sino que también azuzó esa insistencia curiosa que forma parte de mi personalidad.  A partir de entonces he visitado destacamentos, he conversado con oficiales, con amigos, con abogados y hasta he puesto a circular el relato en la Red.  Como consecuencia, he recibido información en cantidad inagotable. 

Sólo para empezar, cada persona que conozco ha vivido una situación similar o tiene alguien cercano o conocido que la ha vivido.  Los relatos de los asaltos incluyen hombres a pie portando cuchillos, grupos de hombres armados, generalmente cuatro, recorriendo las calles en motores y en vehículos.  Jóvenes que salen o llegan a sus casas y le son arrebatadas sus carteras a punta de pistola; jóvenes que llevan a las novias y son despojados de sus carros tras ser embestidos con armas blancas; mujeres que son obligadas a entregar sus pertenencias mientras están detenidas bajo un semáforo en rojo en las zonas más exclusivas de la ciudad;  mujeres que son baleadas en pleno día al salir de su hogar; parejas que son golpeadas mientras hacen caminata de salud en sectores residenciales; padres que transitan con hijos, señores mayores o jóvenes aprendiendo a conducir, que son sorprendidos con el cañón de un arma de fuego apuntando a su cabeza.

Pero eso no es todo.  En cualquier destacamento las denuncias llegan incesantemente.  Se llenan cuadernos de reportes y descripciones.  Se emborronan docenas de páginas cada día, muchas veces escritas a mano con tinta de varios colores, con historias de asaltos que parecen infinitas.  Pero son sólo algunas las que se reportan a la Policía.  La mayoría, sin embargo, es contada por sus protagonistas incluyendo en ellas la percepción generalizada de que carece de utilidad acudir a hacer denuncias ante el cuerpo del orden.

Y tiene sentido.  Cualquiera de esos delincuentes que es atrapado tiene numerosos delitos cometidos en igual forma y es detenido con cierta frecuencia en los diferentes destacamentos policiales.  Pero, a pesar de las armas letales que portan, los prontuarios de antecedentes, o la gravedad de los hechos cometidos, los delincuentes son puestos en libertad fácilmente y con muy variadas excusas.  Personalmente llegué a conocer el caso de uno de ellos que era detenido por vigésimo quinta vez, y todas en los últimos meses.  El hombre anda de nuevo por las calles de nuestra ciudad con mayor seguridad que cada una de sus veinticinco víctimas.

El Presidente Leonel Fernández puede oficiar una misa con el nuevo Código Procesal Penal, si quiere.  Los medios de comunicación pueden multiplicar los espacios a los apologistas de ese engendro y callar todo lo que les parezca sobre la delincuencia, los procesos, los fiscales y los jueces.  Pero los ciudadanos-víctimas sabemos cómo son las cosas, porque somos más.  Aunque la gente no reporte sus experiencias a la policía o la prensa, los hechos delincuenciales se suceden uno tras otro en todas partes del país.  Y a pesar de lo que puedan decirnos los funcionarios o los periódicos, el índice de la delincuencia en el territorio nacional aumenta, generalizándose y adquiriendo día a día características más peligrosas.  Los asaltantes están siendo los dueños absolutos de la ciudad.  Y sobre esta realidad va a ser muy difícil sugestionarnos.


Publicado en el periódico HOY el 14 de enero de 2005.


__________________________________




Una vida en una página

Rudy Joel tuvo una infancia y una familia de esas que, según argumentos de siquiatras, justifican comportamientos desviados en la madurez.  De niño, por ejemplo, lloraba todo el tiempo sin razón aparente.  La madre lo censuraba inútilmente con una mirada fulminante y claudicaba con el grito de ¡cállate, Carmen Radio! que pronunciaba justo antes de escapar.  De adolescente, Rudy Joel hacía lo característico: salir sólo de noche, dormir sólo de día, desaparecerse con frecuencia, dejar la escuela, jugar dinero, fumar, beber, experimentar con drogas, comercializarlas, en fin, nada de provecho.  En esa etapa la madre descargaba su rabia a golpes sobre el muchacho siempre que podía.

Robar fue algo que Rudy Joel empezó a hacer en las carteras y gavetas de su madre.  Sin embargo, como la  situación económica de la casa había empeorado después del divorcio, allí nunca encontró gran cosa.  Un día acudió a las pocas pertenencias de valor en su hogar y las empeñó, las vendió o las cambió por crack.  Una vez terminaron los furiosos golpes maternos a los que ya se estaba habituando, experimentó con lágrimas.  La madre, sorprendida, lo perdonó por primera vez.  Y sintiendo remordimientos por el trato irreflexivo hacia el hijo, le consiguió un empleo en el establecimiento comercial de un familiar.

Con su tío, Rudy Joel llegó a cobrar sólo un salario.  En pleno día, encontrándose miserable la paga, desvalijó la caja fuerte con extraordinaria destreza, despojando el negocio de cientos de miles de pesos.  A pesar de los ruegos maternos, el tío consiguió abrir un proceso judicial, el cual, aunque no le devolvió el dinero, colocó al sobrino en una penitenciaría común.  En “la Preventiva”, Rudy Joel convenció a la madre, entre lágrimas y juramentos, de su redención, con lo que logró unas de esas libertades a vapor nada excepcionales en los casos que involucran jóvenes “de familia”.

Varias semanas de relativa tranquilidad precedieron la visita de una amiga ingenua.  Le comentó a la madre, en presencia del hijo, la urgencia que tenía de enviar unos pocos miles de dólares a un pariente enfermo en la ciudad de Nueva York.  Rudy Joel se ofreció, solícito y afectuoso, a llevar a cabo la diligencia.  La noche antes de su vuelo el dinero fue puesto en sus manos.  Salió “a despedirse de alguien” y no regresó.  Días después apareció en un desastroso estado de suciedad y sin dinero.  Alegó haber sido objeto de un asalto en la parte alta de la ciudad y fingió amnesia.  Infinitas promesas aparte, ninguna acción fue tomada entonces en su contra.  La madre se hizo responsable de pagar esa deuda.

Luego se fue a vivir con una mujer en un mísero barrio de la capital.  La madre experimentó una consecutiva sensación de descanso.  Pero no transcurrió un año antes de que recibiera una noticia más amarga que las anteriores.  Una ayudante del fiscal que, por cierto, lo conocía, se vio obligada a entrar a la pieza que Rudy Joel ocupaba derribando la puerta, y separar al delirante homicida, con la ayuda de seis policías y un médico legista, del cadáver de su recién acuchillada compañera.  En el lugar encontró desparramada una gran cantidad de cocaína y el cuerpo del joven matador se encontraba en el límite de la resistencia a la sustancia química.  Un nuevo proceso penal fue abierto, con tantas infracciones criminales, que la condena a la pena máxima resultaba insoslayable.

Pero la madre no pudo afrontar la tétrica imagen de la vida en la cárcel La Victoria que su hijo, entre gemidos y temblores, le presentaba.  Vendiendo el único vehículo que tenía, tomando préstamos y cosechando en la solidaridad familiar, recaudó lo necesario para agenciar la deportación de Rudy Joel a su país de nacimiento. 

En los Estados Unidos, Rudy Joel no tardó en ingresar a una prisión federal. 

Una madrugada salió una ambulancia con un presidiario convulsionando.  En el hospital más cercano recibieron a Rudy Joel, quien en su agonía imploraba repetidamente un vaso de agua.  Su muerte fue desgarradora;  un médico dijo que había sido intoxicado con veneno para ratas. 

A su madre no le dio tiempo llegar para verlo con vida.  Sus cenizas reposan sobre la única repisa del hogar, junto a la foto de su nacimiento.  Esta última, fechada por detrás hace menos de veinte años.


Publicado en el Periódico HOY el 26 de marzo de 2004.


__________________________________________




Bandas de plazas, parte II

Hace unos meses escribí unos comentarios en los cuales trataba de llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes unidos por una disposición favorable a los hechos de violencia contra niños y adolescentes de corta edad.  Todavía hoy continúo recibiendo mensajes de correo electrónico al respecto.  Todavía me abordan padres o madres que narran desagradables experiencias en la misma tónica.  Voy a resumir aquí algunos de los casos que más me han impresionado, porque no pierdo las esperanzas de encontrar autoridades a quienes el tema preocupe, dispuestas a intervenir en forma positiva y racional en un problema que parece ir creciendo demasiado rápido.

C., una jovencita de quince años, está siendo acosada desde hace más de seis meses por uno de los ex jefecitos de la banda de “los Kings”.  El muchacho telefonea incesantemente a su casa, ronda su colegio y el instituto donde toma de tarde clases de inglés, amenaza a todo otro jovencito que ose siquiera dirigirle la palabra, y hace poco llegó incluso a reunir su grupo para golpear entre todos a uno de los compañeros de colegio de C., en un centro comercial de la avenida Winston Churchill.  C. se siente con temor, se siente sola, no se atreve a salir de su casa en las tardes y ya a los quince años está deprimida.  Su acosador ya no forma parte de “los Kings”, sino que ha empezado la formación de una banda nueva, compuesta por jóvenes que han sido expulsados de distintos colegios privados por agresividad, bellaquerías o mal comportamiento.  El padre de C. debe esperarla día por día muy atento, desde antes del toque de salida, en las puertas del colegio.

J., un joven de dieciséis, salió una tarde del edificio del sector de Piantini donde vive, en busca de un cajero automático del cual sacar algo de dinero para ir al cine con dos amigos.  Ocho minutos más tarde, J. telefoneaba a su madre desde la farmacia más cercana, en la avenida Abraham Lincoln, donde había tenido que refugiarse tras huir de un grupo de alrededor de diez muchachos que lo perseguía luego de haberlo golpeado brutalmente.  Un tal “Al Capone” dirigía la banda y utilizó como excusa la manida frase “tú dizque estás hablando mal de mí” para descargar docenas de puñetazos y patadas en el delgado cuerpo de J.  Al Capone portaba un arma blanca cuando el padre de J. fue a recoger su hijo a la farmacia.  Cuando la madre de J. vio las heridas y los moretones en el cuerpo de su hijo, lloró.  Pero sus lágrimas se transformaron en rabia cuando investigó al susodicho “Al Capone”.  El joven, antes de cumplir los dieciocho había dado muerte a una persona; juzgado y condenado por un tribunal de niños, niñas y adolescentes, acababa de ser puesto en libertad tras poco tiempo en prisión. 

Los padres de M. decidieron celebrar los quince años de su hija en un lugar público ubicado dentro de una plaza comercial del Distrito.  Nada excepcional, sólo una celebración de amigos íntimos y compañeros de colegio.  Luego de un par de horas de empezado el festejo, entraron al local, sin ser invitados, cinco jóvenes pertenecientes a una de esas bandas que provocan tanta aprensión en los muchachos que no pertenecen a ellas.  De repente sonó un golpe de cristales rotos: uno de los recién llegados, sin mediar provocación alguna, rompió una botella vacía en el cuello de uno de los invitados que se había inclinado a recoger algo del suelo.  Salieron lenta y despreocupadamente del establecimiento mientras los pocos adultos que allí había se concentraban en detener la sangre del agredido.  La fiesta de quince años terminó en el acto.

M., un colegial de catorce años, invitó al cine a una amiga de su misma edad.  Mientras esperaban a quien los recogería en la puerta principal de la plaza, cuatro muchachos de mayor tamaño se acercaron a ellos y empezaron a halar a la niña por el brazo pronunciando piropos provocadores.  Su acompañante quiso ser caballeroso y enfrentar el grupo, pero fue rodeado en forma amenazante y paralizado hasta que el transporte llegó.  No hubo un agente de seguridad en las cercanías que impidiera un enfrentamiento a todas luces abusivo.

Así, como éstas, me siguen llegando las historias.  Muchas más y distintas de las que ya he narrado.  Todas, acompañadas de nombres y apodos sugerentes como la Industria, Des Saints, los Sweets, The Cracks, los Cocolos, los cricks, anarquía 99, los punks, Gabriel-“Manito”, “Cocacola”, “Marulle”, “Metal”, “Manuele”, etc.  Todas, en escenarios de la primera planta, las escaleras o los estacionamientos de los más populares centros comerciales y clubes de la ciudad, donde la presencia de agentes del orden público es prácticamente nula. 

Como reacción, las escuelas de artes marciales (Judo, Karate, Tae Kwon Do, Aikido y otras) están viendo crecer su matrícula de estudiantes, pero, lejos de ser una noticia confortante para los deportes, la novedad constituye una preocupante evidencia de la involución a la justificación de la reacción privada de venganza talional o ilimitada, fundada en la falta de vigilancia social. 

La intervención institucional se hace imperativa.  Por eso vuelvo a clamar por atención.  Por esos jóvenes y por nuestros hijos, por sus padres y familiares, y por el resto de los ciudadanos pacíficos de este país, vuelvo a reclamar a las autoridades un interés mayor en el cuidado de los sitios públicos; más empeño, más vigilancia y más supervisión.  Con moderación y prudencia, pero con diligencia y atención.

Publicado en el periódico HOY el 10 de enero de 2004.



___________________________________________



Bandas de plazas, ¿delincuentes consentidos?

“La "chusma cobarde", como alguno nos define, sufrió una encerrona impresionante 2 horas antes del partido a unos 200 metros del estadio. La "chusma cobarde" estaba compuesta por unas 20-25 personas, que fue atacada por un grupo en principio de unas 100 personas, que en segundos se convirtió en varios cientos (la verdad es que no estaba el patio como para contarlos). El ataque fue premeditado y tremendamente organizado (hay que reconocerles la TREMENDA organización que tienen estos italianos). Saltaron por todos los lados menos uno, precisamente a donde querían que fuéramos (un parque sin asfaltar y sin luz alguna). Nos querían masacrar. Cinturones, palos, etc... en mano, saltaron sobre nosotros. Pero para desgracia de algunos de este foro, la reacción de los hinchas culés (99% Casuals), fue encender bengalas y cerrar puños y abrirse paso como fuera. Cada uno llegó al estadio como pudo tras 15 minutos terribles. El resultado final no puede ser mejor.”
(Sobre lo sucedido en Milán, Boixos Nois - FC Barcelona Hooligans, Boixosnois.com)

Quisiera llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno a una seria preocupación por una situación que tiene lugar en algunas plazas comerciales del Distrito Nacional.  Es la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes cuyo lazo de unión no es precisamente el cultivo de alguna virtud o cualidad provechosa, sino la violencia que atropella semejantes bajo el silencio patrocinador de padres consentidores.

Hace unos pocos años, el profesorado de un colegio del sector Naco se vio precisado a reforzar la seguridad de sus estudiantes en ocasión de la amenaza que sobre uno de ellos pendía: cerca de veinte muchachos de otro colegio cercano rondaban las instalaciones del plantel a la espera de una oportunidad para “darle una salsa”, como en el lenguaje coloquial denominan ahora al acto delictivo de propinar golpes y heridas.

Un año después recibí la intempestiva visita, próxima a la medianoche, del hijo de unos amigos fallecidos.  Llegó a mi casa en un estado de perturbación desmesurado, en busca de refugio, pues un grupo que superaba la docena lo había golpeado, hiriéndole seriamente un brazo.  Luego de acompañarlo al médico lo llevamos al Palacio de la Policía a querellarse.  Pero, salvo que el muchacho dejara de salir a la calle por meses, no vimos que algo se lograra con ello, ni siquiera que se ordenara una investigación.

Más recientemente, prestando cuidadosa atención a las conversaciones de los jóvenes con los que tengo contacto a través de mis hijos, empecé a escuchar sobre el surgimiento de pandillas que pululan por los más populares centros de entretenimiento de la ciudad, algunas de ellas hasta con sugestivos nombres: La Industria, Des Saints (Los Santos), Los Sweets (Los Dulces), The Cracks, Los Cocolos, etc.  Los jóvenes líderes más mencionados de tales grupos sobresalen con llamativos apodos (Raúl-“Al Capone”, Gabriel-“Manito”, El Manuele, etc.). 

No sé si tales bandas se han llegado a enfrentar entre sí, pero las más difundidas anécdotas parecen, más que cualquier otra cosa, tropelías de una especie de cacicada moderna en búsqueda de simple intimidación y turbación: bachilleres que se hermanan para perseguir y dominar niños de primaria o intermedia, vecinos que se convocan para imponerse al de otro barrio, y hasta parientes que se congregan para desafiar, provocar a apabullar al que a cualquiera de ellos “cae mal”.  Atacar a golpes a los que no están apandillados, y a veces hasta con armas blancas, es una constante que se da en algunas plazas comerciales con el desconocimiento de las autoridades y cuerpos de seguridad correspondientes.  Diez, veinte, cuatro, las cantidades pueden variar, pero la esencia de la situación es la misma: el abuso de muchos contra el que está solo o en pareja y que con frecuencia es de menor edad.  La razón de los ataques resulta innecesaria, pues parece que con las ganas basta.
No sé cuánta gente en República Dominicana conoce bandas famosas de Inglaterra, Estados Unidos, Irlanda, Italia y muchos otros países, ni si hay quien se percate del daño que las mismas han causado en algunos estamentos sociales.  Por ejemplo, los antiguos Rude Boys  (o chicos rudos, que no eran muy aceptados por sus contactos con el bajo mundo y con respecto a quienes, como represalia, el gobierno en Jamaica ordenó destruir la barriada Shanty Town por los años 60); los Hooligans, conocidos también como bootboys, (aficionados al fútbol que se caracterizan por apalear personas y por la comisión de actos de vandalismo como destrucción de propiedades, estadios, tranvías, etc., los cuales han sido hasta acusados de neo nazis por la prensa internacional); los Skin Heads (o cabezas rapadas, llamativos por vestir ropas costosas y tener el pelo rapado o muy corto, son identificados con actitudes de violencia y pillaje contra vehículos, establecimientos, policías, estudiantes y sobre todo contra los hippies; incluso se les acusa de racistas); o los Boneheads (o cabezas huecas, que es como se les llama a los que tienen inclinaciones “nazis” pero con apariencia de Skin Heads).
Es posible que el germen de esas tropas civiles lo fueran pequeñas pandillas como las que hoy se imponen en los centros comerciales de nuestra capital.  Debía ser obvio para nuestras autoridades que, ante tal posibilidad, es preciso una protección mayor de los ciudadanos que no forman parte de ellas.  Especialmente porque la mayor parte de sus hechos permanece en la impunidad, tolerados por padres y tutores que con frecuencia están al tanto y en ocasiones hasta estimulan.  Esta situación de las bandas de plazas es terrible y trastornadora para sus actuales víctimas, pero podría ser peor; podría ser que consentir esos pequeños delincuentes hoy constituya el huevo que incube las asociaciones de grandes criminales de mañana.  ¿Sería mucho pedir ponerle atención?

Publicado en el Periódico HOY el 30 de julio de 2003.

____________________________________________________________





¿CRIMEN FUERTE O JUSTICIA DÉBIL?

Dice don Emilio Lapayesse, en su columna del sábado 7 de septiembre, que "No es que el crimen sea más fuerte sino que la justicia es más débil.  No por falta de recursos sino por no ser verdadera autoridad. Se puede demostrar".

Y parece que, ciertamente, se puede demostrar, particularmente en el caso del recluso Rolando Florián Féliz, quien dirige negociaciones y asesinatos desde la cárcel, según versiones de la Policía y del periódico Ultima Hora de ayer (6/9/2002), el cual publica, en su primera plana, que FLORIÁN HA COMPRADO 40 POLICÍAS Y MILITARES, y en el cuerpo de la información expresa que el recluso "ha pagado para planificar fugas, eliminar a contrarios en el bajo mundo y hasta para que viajen a Haití para hacer contactos con hechiceros a su favor".  Sigue el Ultima Hora diciendo: "Florián Féliz, acusado de contratar policías para secuestrar y asesinar a Víctor Augusto Féliz Matos, es nuevamente noticia de portada en los diarios..."

Pues bien, entre los periódicos de los últimos años se pueden encontrar SEIS (6) descargos de esta ¿sana? y "nueva" justicia en favor de Florián Féliz.  Al parecer las cotizaciones y hechicerías por él contratadas desde la cárcel están rindiendo frutos, o tiene don Emilio TODA LA RAZÓN al expresar que "la justicia está más débil".  Hasta ahora, la única sentencia por la cual se encuentra presa esa persona es una sentencia dictada por un tribunal de la "justicia anterior". 

A continuación, un resumen de los descargos en favor de Rolando Florián Féliz:

1) El 17 de agosto de 1998 el periódico La Nación publicó que la jueza presidenta de la Décima Cámara Penal, Katia Jiménez, había descargado por insuficiencia de pruebas al narcotraficante Rolando Florián Féliz, a dos de sus hermanos, su ex esposa y otras siete personas vinculadas a un alijo de cocaína.  La sentencia fue recurrida en apelación por el Fiscal del Distrito.  (Periodista Niza Campos, página 2).
2) El periódico El Siglo publicó, en fecha 29 de diciembre de 1998, que la misma jueza había descargado a Rolando Florián Féliz, por segunda vez en el mismo tribunal, en relación con la Ley 50-88 sobre drogas y sustancias controladas, en una sentencia con 18 considerandos que motivan el descargo.  (Periodista Manuel Vólquez, página 8).
3) En fecha 5 de abril de 2001 y mediante sentencia criminal sin motivar No. 114-2001, el Juzgado de Primera Instancia del Distrito Judicial de Monte Plata, presidido por el juez interino Delio Germán, declaró no culpable, por insuficiencia de pruebas, al recluso Rolando Florián Féliz, de violar la Ley 50-88 sobre drogas en el expediente criminal No. 425-2000-00045.  (Sentencia sin publicar en los medios).
4 y 5) El miércoles 10 de octubre de 2001 revela el periódico El NacionaL que la Cámara Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz, en DOS expedientes de tráfico de drogas (por "insuficiencia de pruebas" en un caso y por "no haber cometido los hechos" en otro caso), en sendos casos ventilados en la Primera y Segunda Salas del tribunal de alzada.  La reseña noticiosa señala que "es la segunda ocasión que la Corte de Apelación de Santo Domingo descarga a Florián Féliz".  (Periodista Silvio Cabrera, página 25).
6) El jueves 25 de julio de 2002, el mismo periódico El Nacional publica que la Primera Sala Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz de la acusación que lo involucraba en un cargamento de cocaína incautado en el muelle de Haina dentro de latas de salsa de tomate pese al pedimento de 15 años de prisión solicitado por el Ministerio Público.  La motivación del descargo reposó en que al inculpado "le violaron el derecho de defensa".  (Periodista Silvio Cabrera, página 8).

Publicado en el periódico EL DÍA el 9 de septiembre de 2002.