martes, 29 de marzo de 2011

Jocum judicium en las elecciones del CARD

Ahora recuerdo esa figura, escapada a lo ordinario, que la mañana de las elecciones del Colegio de Abogados ingería con gran fruición los restos de agua de esa fruta increíble con que los caribeños nos deleitamos a veces sobre la arena en un día de playa. 

Me parece caricaturesca su estampa deforme, de cabellos húmedos, rompiendo ansiosa el fondo del vaso plástico.  Tal vez, en su glotonería, buscaba algún trozo de pulpa de coco entre los diminutos fragmentos de hielo previamente triturados por la incansable máquina del “friero” a las puertas del Palacio de Justicia.  Mientras, varios de nosotros lo observábamos, al parecer hipnotizados por su jadeo, preguntándonos por qué no tendría a manos una toalla o, por lo menos, un pañuelo.

Tras la derrota del candidato cuya victoria el rollizo abogado tuvo la valentía de vaticinar con prepotencia, es inevitable recordar su imagen, dimensionada cual reflejos superpuestos de las antiguas casas de espejos de circos urbanos.  Y me lo imagino cansado, con el sudor recorriendo su caótica anatomía, explicándonos las razones que le llevaron a intentar alcanzar, con sus gordos dedos, el fondo de su ya casi inexistente “yun-yun” tropical: sed, agotamiento de bajar y subir incesantemente las escaleras de una edificación calurosa y repleta de ruidosos abogados, hambre eterna…

Y lo imagino llegando a su hogar, a medio despojarse de la agobiante vestimenta que le impusieron las circunstancias, con aquella pesada joroba inclinando su andar.  Y lo veo de camino al baño cuando suena su teléfono… pero anda apurado y no contesta.  Sabe, además, que es su compañero del día, única llamada que lógicamente recibirá, otra caricatura humana que nada nuevo habrá de decirle a estas horas.  Mientras tanto, busca el jabón por tercera vez entre los pliegues de su anchísimo torso, pasa balance al día electoral, y nos recuerda…

Nos miraba de reojo mientras nos asombrábamos de sus pies abiertos, su papada sudada y su beber goloso.  Nos vio pero no hizo nada, estaba acostumbrado a ser objeto de atención pero nunca se acomplejaba.  Ni siquiera cuando los limpiabotas se burlaban de sus inmensos pies.  Se sentía importante, además.  Su cercanía con el partido en el poder, por primera vez en su vida, le obligaba a ser tolerante con todos aquellos que nos desenvolvemos alejados de la gracia del PRD.

Lo único que empañó su día fue la visita de Guido.  El Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo hizo acto de presencia en las elecciones para la dirección del Colegio de Abogados y “bajó línea” ordenando votar por otro.  Aquello le hizo hundir aún más su cabeza entre los hombros, como si aquello fuera posible con tan poco cuello, y esconder discretamente en su traje azul el enorme distintivo que lo señalaba como personaje importante de la plancha Dos.  No importa, pensó en aquel momento, Mario gana como quiera.  Guido vino demasiado tarde y ya los perredeístas votaron. 

Esa noche terminó de asearse con un nuevo jabón, resignado de haber perdido para siempre el primero en alguna parte de su voluminoso y extraño cuerpo, y salió a celebrar el triunfo.  Poniéndose otra vez el traje azul, no tenía otro limpio, emprendió el camino hacia Zona Colonial, hasta las instalaciones del Colegio de Abogados.  En el trayecto hizo caso omiso de una pequeña molestia bajo la grasa que colgaba de su omóplato izquierdo.  ¿La barra de jabón? 

Allí supo de la derrota de Mario. Guido había conseguido el triunfo de Diómedes Olivares en los dos minutos que a él le había tomado ordenar su “yun-yun”.  Y pensando que perder de un compañero de partido no era tan grave, sin más comentarios que un “hasta la próxima”, salió de nuevo hacia su casa, esperando encontrar, en la ruta, otro “friero” con el que complacer, sin nuestras odiosas miradas, las ganas de agarrar y sorber la pulpa de coco que, sinuosa, suele escondérsele siempre en el último trocito de hielo de su vaso de Yun- yun.

Publicado en el periódico HOY el 31 de diciembre de 2002



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