Los dominicanos estamos
aprendiendo a asumir actitudes más responsables y cuidadosas con el medio
ambiente. Grupos, organismos e instituciones nacen y se renuevan constantemente
con objetivos de preservación de reservas científicas y parques naturales, de
enfoque ético al tratamiento de la fauna y la flora nacional, de protección,
conservación y educación ambiental, de reforestación y de desarrollo sostenible
de los recursos naturales.
Investigadores de ecología de la
conducta, antropología evolucionista y psicología evolucionaria, han encontrado
antecedentes en la historia evolutiva que indican que el ser humano que actúa
de una manera libre y natural, tiende a depredar. Es el caso de la
conducta generalizada de nuestros vecinos haitianos. Los haitianos han
desertificado más del 90% de su territorio; y desde la época colonial es
una práctica común y constante la explotación inconsciente de sus recursos
naturales. Esta histórica e indiscriminada deforestación ha generado
como consecuencia un panorama de devastación ambiental: degradación de las
cuencas hidrográficas, erosión de los suelos, pérdida de cobertura
vegetal y desaparición de flora y fauna nativas.
Con esa falta de conciencia ambiental,
los haitianos atraviesan la frontera a satisfacer sus necesidades elementales,
considerando a República Dominicana como una gran despensa viva que les queda a
mano al agotarse la propia. Así, tratan con violencia a esos otros seres,
tan vivos como nosotros, pero aún más indefensos, que pueblan nuestros reinos
animal y vegetal. E importan su desertificación, su falta de compromiso con el
futuro y la carencia de respeto y conciencia ambiental con la que asolaron
Haití.
Una vez aquí, aniquilan especies
marinas, aves nativas y migratorias, especies en vías de extinción y hasta
nuestros perros y gatos domésticos. Participan en la destrucción de
parques nacionales, con énfasis en Los Haitises y la Sierra de Bahoruco.
Abaten manglares y talan toda clase de árboles y ecosistemas para preparar
carbón vegetal. Invaden áreas protegidas. Extraen las arenas del
río Masacre. Provocan incendios
forestales para la práctica del conuquismo. Destruyen a pedradas los
nidos, afectando aves en peligro como el Halcón Peregrino en el parque Jaragua
o los gavilanes en los Haitises. Causan daños en los acuíferos de nuestro
territorio. Pescan con métodos brutales
prohibidos por la ley, como en Bahía de Manzanillo y el litoral de
Montecristi. Y asesinan, desde iguanas y
cocodrilos en el lago Enriquillo, hasta ballenas de las que buscan refugio en
nuestro mar Caribe.
Para su despiadada cacería de animales y
su actitud de exterminio, portan sierras, hachas, machetes y armas de fuego,
casi siempre en forma ilegal. Y los utilizan en forma cruel e inhumana
con toda impunidad.
Miremos a Haití y la desolación de su
tierra.
Y preguntémonos si es ése el futuro que
permitiremos y que nos espera.