martes, 29 de marzo de 2011

Lalín y el maestro (2002)

Lo vi hace poco, por supuesto, en el entierro de alguno de los innumerables parientes comunes, y se lo presenté a mi esposo.  Seguía igual que hace veinte años, más pálido que blanco, corto de estatura y sin una sola cana que destacara en su negrísimo cabello lacio. 

Mi esposo, que en alguna ocasión me había escuchado mencionarlo, se interesó por este llamativo personaje que le había entregado, al mismo tiempo y con la mayor naturalidad del mundo, sus dos tarjetas de presentación: Lalín, presidente de una funeraria en Santiago y Lalín propietario de una fábrica de hamburguesas localizada justo detrás.

Entonces me hizo repetirle la anécdota de Lalín y el precoz y famoso músico vegano radicado en Santiago y fallecido a mediados de los años setenta.

En ese entonces la funeraria de Lalín en la ciudad corazón aún daba sus primeros pasos, por lo que no contaba entre sus activos con más de un carro fúnebre, que era a la vez vehículo familiar, y unos pocos ataúdes que incluso, en ocasiones, escaseaban. 

Con la muerte del compositor, Lalín fue llamado de urgencia a prestar sus servicios fúnebres.  Una de sus tareas consistió en transportar el cadáver a todo lo largo de la autopista Duarte, hasta Santiago, en medio de la noche.

Al aceptar el encargo, Lalín no reparó en la “minucia” de que no quedaba en su establecimiento una sola caja mortuoria y, sin perder un minuto de tiempo, se dispuso a recoger su ilustre carga y acomodarla dignamente en el asiento trasero de su vehículo.

Habiendo recorrido unos cuantos kilómetros de trayecto encontró un guardia que “pedía bola” a un lado de la carretera y lo recogió, abriéndole la puerta delantera.  Calculó que la conversación que entablaría con su pasajero lo ayudaría a entretenerse hasta su destino.   El militar dio las buenas noches con cortesía y, ocupando el asiento libre junto al conductor, agradeció el gesto.

Ciertamente, la conversación fluyó ágil y amena hasta llegar a la famosa “parada” del pueblo de Bonao donde ambos hombres desmontaron a comprar café.   De regreso a la carroza, el guardia le preguntó a Lalín ¿por qué no le llevamos un vasito de café al señor que viene durmiendo detrás?

Y Lalín, con la llaneza que le caracterizaba, le respondió: ¡qué café ni qué ocho cuartos!, ¡ese es don fulano, que se acaba de morir en la capital y tengo que llevarlo a Santiago!

Al voltear, el guardia ya no estaba.  No le valió a Lalín llamarlo insistentemente. 

Tuvo que sacar el bulto del militar y dejarlo en medio del estacionamiento con la esperanza de que en algún momento regresara a recoger sus cosas.

Y de nuevo tomó su ruta hacia el Cibao con el maestro sentado, muy calladito, en el asiento de atrás.


Publicado en 2002.

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