viernes, 8 de abril de 2011

SOBRE DELINCUENCIA (2002, 2003, 2004, 2005)




La ciudad es de los asaltantes

Una noche del recién transcurrido mes de diciembre, mi hijo y yo salimos de casa a despedir a una hermana que nos visitaba con uno de sus hijos.  La acompañamos hasta la verja, como usualmente hacemos con casi todos los amigos cuando salen y, ya en la acera, dirigí la vista hacia la derecha, curiosa, porque me llamó la atención un par de motores pequeños, tipo Passola, con dos hombres encima cada uno.  Me quedé mirándolos y, cuando estaba a punto de hacer una advertencia, los hombres giraron repentinamente los motores y uno de ellos entró velozmente a nuestro jardín.  Tenía una pistola en la mano izquierda.  Me apuntó a mí primero y me hizo tirarme al piso.  Luego apuntó a mi hijo en la cara y lo amenazó tres veces con darle un tiro.  Yo le grité que se tirara al piso y halé su pantalón, forzándolo a arrodillarse.  Entonces el asaltante apuntó a mi amiga en la espalda, quien ya estaba casi entrando en la casa, y le gritó algo que yo no entendí.  Ella se arrodilló y, con medio cuerpo fuera y medio dentro, le tiró su cartera.  El asaltante la agarró, saliendo de inmediato disparado hacia los motores; se subió, y el cuarteto arrancó en la misma dirección en la que había llegado.

El incidente no sólo me obligó a acudir a la Policía, sino que también azuzó esa insistencia curiosa que forma parte de mi personalidad.  A partir de entonces he visitado destacamentos, he conversado con oficiales, con amigos, con abogados y hasta he puesto a circular el relato en la Red.  Como consecuencia, he recibido información en cantidad inagotable. 

Sólo para empezar, cada persona que conozco ha vivido una situación similar o tiene alguien cercano o conocido que la ha vivido.  Los relatos de los asaltos incluyen hombres a pie portando cuchillos, grupos de hombres armados, generalmente cuatro, recorriendo las calles en motores y en vehículos.  Jóvenes que salen o llegan a sus casas y le son arrebatadas sus carteras a punta de pistola; jóvenes que llevan a las novias y son despojados de sus carros tras ser embestidos con armas blancas; mujeres que son obligadas a entregar sus pertenencias mientras están detenidas bajo un semáforo en rojo en las zonas más exclusivas de la ciudad;  mujeres que son baleadas en pleno día al salir de su hogar; parejas que son golpeadas mientras hacen caminata de salud en sectores residenciales; padres que transitan con hijos, señores mayores o jóvenes aprendiendo a conducir, que son sorprendidos con el cañón de un arma de fuego apuntando a su cabeza.

Pero eso no es todo.  En cualquier destacamento las denuncias llegan incesantemente.  Se llenan cuadernos de reportes y descripciones.  Se emborronan docenas de páginas cada día, muchas veces escritas a mano con tinta de varios colores, con historias de asaltos que parecen infinitas.  Pero son sólo algunas las que se reportan a la Policía.  La mayoría, sin embargo, es contada por sus protagonistas incluyendo en ellas la percepción generalizada de que carece de utilidad acudir a hacer denuncias ante el cuerpo del orden.

Y tiene sentido.  Cualquiera de esos delincuentes que es atrapado tiene numerosos delitos cometidos en igual forma y es detenido con cierta frecuencia en los diferentes destacamentos policiales.  Pero, a pesar de las armas letales que portan, los prontuarios de antecedentes, o la gravedad de los hechos cometidos, los delincuentes son puestos en libertad fácilmente y con muy variadas excusas.  Personalmente llegué a conocer el caso de uno de ellos que era detenido por vigésimo quinta vez, y todas en los últimos meses.  El hombre anda de nuevo por las calles de nuestra ciudad con mayor seguridad que cada una de sus veinticinco víctimas.

El Presidente Leonel Fernández puede oficiar una misa con el nuevo Código Procesal Penal, si quiere.  Los medios de comunicación pueden multiplicar los espacios a los apologistas de ese engendro y callar todo lo que les parezca sobre la delincuencia, los procesos, los fiscales y los jueces.  Pero los ciudadanos-víctimas sabemos cómo son las cosas, porque somos más.  Aunque la gente no reporte sus experiencias a la policía o la prensa, los hechos delincuenciales se suceden uno tras otro en todas partes del país.  Y a pesar de lo que puedan decirnos los funcionarios o los periódicos, el índice de la delincuencia en el territorio nacional aumenta, generalizándose y adquiriendo día a día características más peligrosas.  Los asaltantes están siendo los dueños absolutos de la ciudad.  Y sobre esta realidad va a ser muy difícil sugestionarnos.


Publicado en el periódico HOY el 14 de enero de 2005.


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Una vida en una página

Rudy Joel tuvo una infancia y una familia de esas que, según argumentos de siquiatras, justifican comportamientos desviados en la madurez.  De niño, por ejemplo, lloraba todo el tiempo sin razón aparente.  La madre lo censuraba inútilmente con una mirada fulminante y claudicaba con el grito de ¡cállate, Carmen Radio! que pronunciaba justo antes de escapar.  De adolescente, Rudy Joel hacía lo característico: salir sólo de noche, dormir sólo de día, desaparecerse con frecuencia, dejar la escuela, jugar dinero, fumar, beber, experimentar con drogas, comercializarlas, en fin, nada de provecho.  En esa etapa la madre descargaba su rabia a golpes sobre el muchacho siempre que podía.

Robar fue algo que Rudy Joel empezó a hacer en las carteras y gavetas de su madre.  Sin embargo, como la  situación económica de la casa había empeorado después del divorcio, allí nunca encontró gran cosa.  Un día acudió a las pocas pertenencias de valor en su hogar y las empeñó, las vendió o las cambió por crack.  Una vez terminaron los furiosos golpes maternos a los que ya se estaba habituando, experimentó con lágrimas.  La madre, sorprendida, lo perdonó por primera vez.  Y sintiendo remordimientos por el trato irreflexivo hacia el hijo, le consiguió un empleo en el establecimiento comercial de un familiar.

Con su tío, Rudy Joel llegó a cobrar sólo un salario.  En pleno día, encontrándose miserable la paga, desvalijó la caja fuerte con extraordinaria destreza, despojando el negocio de cientos de miles de pesos.  A pesar de los ruegos maternos, el tío consiguió abrir un proceso judicial, el cual, aunque no le devolvió el dinero, colocó al sobrino en una penitenciaría común.  En “la Preventiva”, Rudy Joel convenció a la madre, entre lágrimas y juramentos, de su redención, con lo que logró unas de esas libertades a vapor nada excepcionales en los casos que involucran jóvenes “de familia”.

Varias semanas de relativa tranquilidad precedieron la visita de una amiga ingenua.  Le comentó a la madre, en presencia del hijo, la urgencia que tenía de enviar unos pocos miles de dólares a un pariente enfermo en la ciudad de Nueva York.  Rudy Joel se ofreció, solícito y afectuoso, a llevar a cabo la diligencia.  La noche antes de su vuelo el dinero fue puesto en sus manos.  Salió “a despedirse de alguien” y no regresó.  Días después apareció en un desastroso estado de suciedad y sin dinero.  Alegó haber sido objeto de un asalto en la parte alta de la ciudad y fingió amnesia.  Infinitas promesas aparte, ninguna acción fue tomada entonces en su contra.  La madre se hizo responsable de pagar esa deuda.

Luego se fue a vivir con una mujer en un mísero barrio de la capital.  La madre experimentó una consecutiva sensación de descanso.  Pero no transcurrió un año antes de que recibiera una noticia más amarga que las anteriores.  Una ayudante del fiscal que, por cierto, lo conocía, se vio obligada a entrar a la pieza que Rudy Joel ocupaba derribando la puerta, y separar al delirante homicida, con la ayuda de seis policías y un médico legista, del cadáver de su recién acuchillada compañera.  En el lugar encontró desparramada una gran cantidad de cocaína y el cuerpo del joven matador se encontraba en el límite de la resistencia a la sustancia química.  Un nuevo proceso penal fue abierto, con tantas infracciones criminales, que la condena a la pena máxima resultaba insoslayable.

Pero la madre no pudo afrontar la tétrica imagen de la vida en la cárcel La Victoria que su hijo, entre gemidos y temblores, le presentaba.  Vendiendo el único vehículo que tenía, tomando préstamos y cosechando en la solidaridad familiar, recaudó lo necesario para agenciar la deportación de Rudy Joel a su país de nacimiento. 

En los Estados Unidos, Rudy Joel no tardó en ingresar a una prisión federal. 

Una madrugada salió una ambulancia con un presidiario convulsionando.  En el hospital más cercano recibieron a Rudy Joel, quien en su agonía imploraba repetidamente un vaso de agua.  Su muerte fue desgarradora;  un médico dijo que había sido intoxicado con veneno para ratas. 

A su madre no le dio tiempo llegar para verlo con vida.  Sus cenizas reposan sobre la única repisa del hogar, junto a la foto de su nacimiento.  Esta última, fechada por detrás hace menos de veinte años.


Publicado en el Periódico HOY el 26 de marzo de 2004.


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Bandas de plazas, parte II

Hace unos meses escribí unos comentarios en los cuales trataba de llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes unidos por una disposición favorable a los hechos de violencia contra niños y adolescentes de corta edad.  Todavía hoy continúo recibiendo mensajes de correo electrónico al respecto.  Todavía me abordan padres o madres que narran desagradables experiencias en la misma tónica.  Voy a resumir aquí algunos de los casos que más me han impresionado, porque no pierdo las esperanzas de encontrar autoridades a quienes el tema preocupe, dispuestas a intervenir en forma positiva y racional en un problema que parece ir creciendo demasiado rápido.

C., una jovencita de quince años, está siendo acosada desde hace más de seis meses por uno de los ex jefecitos de la banda de “los Kings”.  El muchacho telefonea incesantemente a su casa, ronda su colegio y el instituto donde toma de tarde clases de inglés, amenaza a todo otro jovencito que ose siquiera dirigirle la palabra, y hace poco llegó incluso a reunir su grupo para golpear entre todos a uno de los compañeros de colegio de C., en un centro comercial de la avenida Winston Churchill.  C. se siente con temor, se siente sola, no se atreve a salir de su casa en las tardes y ya a los quince años está deprimida.  Su acosador ya no forma parte de “los Kings”, sino que ha empezado la formación de una banda nueva, compuesta por jóvenes que han sido expulsados de distintos colegios privados por agresividad, bellaquerías o mal comportamiento.  El padre de C. debe esperarla día por día muy atento, desde antes del toque de salida, en las puertas del colegio.

J., un joven de dieciséis, salió una tarde del edificio del sector de Piantini donde vive, en busca de un cajero automático del cual sacar algo de dinero para ir al cine con dos amigos.  Ocho minutos más tarde, J. telefoneaba a su madre desde la farmacia más cercana, en la avenida Abraham Lincoln, donde había tenido que refugiarse tras huir de un grupo de alrededor de diez muchachos que lo perseguía luego de haberlo golpeado brutalmente.  Un tal “Al Capone” dirigía la banda y utilizó como excusa la manida frase “tú dizque estás hablando mal de mí” para descargar docenas de puñetazos y patadas en el delgado cuerpo de J.  Al Capone portaba un arma blanca cuando el padre de J. fue a recoger su hijo a la farmacia.  Cuando la madre de J. vio las heridas y los moretones en el cuerpo de su hijo, lloró.  Pero sus lágrimas se transformaron en rabia cuando investigó al susodicho “Al Capone”.  El joven, antes de cumplir los dieciocho había dado muerte a una persona; juzgado y condenado por un tribunal de niños, niñas y adolescentes, acababa de ser puesto en libertad tras poco tiempo en prisión. 

Los padres de M. decidieron celebrar los quince años de su hija en un lugar público ubicado dentro de una plaza comercial del Distrito.  Nada excepcional, sólo una celebración de amigos íntimos y compañeros de colegio.  Luego de un par de horas de empezado el festejo, entraron al local, sin ser invitados, cinco jóvenes pertenecientes a una de esas bandas que provocan tanta aprensión en los muchachos que no pertenecen a ellas.  De repente sonó un golpe de cristales rotos: uno de los recién llegados, sin mediar provocación alguna, rompió una botella vacía en el cuello de uno de los invitados que se había inclinado a recoger algo del suelo.  Salieron lenta y despreocupadamente del establecimiento mientras los pocos adultos que allí había se concentraban en detener la sangre del agredido.  La fiesta de quince años terminó en el acto.

M., un colegial de catorce años, invitó al cine a una amiga de su misma edad.  Mientras esperaban a quien los recogería en la puerta principal de la plaza, cuatro muchachos de mayor tamaño se acercaron a ellos y empezaron a halar a la niña por el brazo pronunciando piropos provocadores.  Su acompañante quiso ser caballeroso y enfrentar el grupo, pero fue rodeado en forma amenazante y paralizado hasta que el transporte llegó.  No hubo un agente de seguridad en las cercanías que impidiera un enfrentamiento a todas luces abusivo.

Así, como éstas, me siguen llegando las historias.  Muchas más y distintas de las que ya he narrado.  Todas, acompañadas de nombres y apodos sugerentes como la Industria, Des Saints, los Sweets, The Cracks, los Cocolos, los cricks, anarquía 99, los punks, Gabriel-“Manito”, “Cocacola”, “Marulle”, “Metal”, “Manuele”, etc.  Todas, en escenarios de la primera planta, las escaleras o los estacionamientos de los más populares centros comerciales y clubes de la ciudad, donde la presencia de agentes del orden público es prácticamente nula. 

Como reacción, las escuelas de artes marciales (Judo, Karate, Tae Kwon Do, Aikido y otras) están viendo crecer su matrícula de estudiantes, pero, lejos de ser una noticia confortante para los deportes, la novedad constituye una preocupante evidencia de la involución a la justificación de la reacción privada de venganza talional o ilimitada, fundada en la falta de vigilancia social. 

La intervención institucional se hace imperativa.  Por eso vuelvo a clamar por atención.  Por esos jóvenes y por nuestros hijos, por sus padres y familiares, y por el resto de los ciudadanos pacíficos de este país, vuelvo a reclamar a las autoridades un interés mayor en el cuidado de los sitios públicos; más empeño, más vigilancia y más supervisión.  Con moderación y prudencia, pero con diligencia y atención.

Publicado en el periódico HOY el 10 de enero de 2004.



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Bandas de plazas, ¿delincuentes consentidos?

“La "chusma cobarde", como alguno nos define, sufrió una encerrona impresionante 2 horas antes del partido a unos 200 metros del estadio. La "chusma cobarde" estaba compuesta por unas 20-25 personas, que fue atacada por un grupo en principio de unas 100 personas, que en segundos se convirtió en varios cientos (la verdad es que no estaba el patio como para contarlos). El ataque fue premeditado y tremendamente organizado (hay que reconocerles la TREMENDA organización que tienen estos italianos). Saltaron por todos los lados menos uno, precisamente a donde querían que fuéramos (un parque sin asfaltar y sin luz alguna). Nos querían masacrar. Cinturones, palos, etc... en mano, saltaron sobre nosotros. Pero para desgracia de algunos de este foro, la reacción de los hinchas culés (99% Casuals), fue encender bengalas y cerrar puños y abrirse paso como fuera. Cada uno llegó al estadio como pudo tras 15 minutos terribles. El resultado final no puede ser mejor.”
(Sobre lo sucedido en Milán, Boixos Nois - FC Barcelona Hooligans, Boixosnois.com)

Quisiera llamar la atención de la Fiscalía del Distrito y de la Policía Nacional en torno a una seria preocupación por una situación que tiene lugar en algunas plazas comerciales del Distrito Nacional.  Es la proliferación de pequeñas bandas de jóvenes cuyo lazo de unión no es precisamente el cultivo de alguna virtud o cualidad provechosa, sino la violencia que atropella semejantes bajo el silencio patrocinador de padres consentidores.

Hace unos pocos años, el profesorado de un colegio del sector Naco se vio precisado a reforzar la seguridad de sus estudiantes en ocasión de la amenaza que sobre uno de ellos pendía: cerca de veinte muchachos de otro colegio cercano rondaban las instalaciones del plantel a la espera de una oportunidad para “darle una salsa”, como en el lenguaje coloquial denominan ahora al acto delictivo de propinar golpes y heridas.

Un año después recibí la intempestiva visita, próxima a la medianoche, del hijo de unos amigos fallecidos.  Llegó a mi casa en un estado de perturbación desmesurado, en busca de refugio, pues un grupo que superaba la docena lo había golpeado, hiriéndole seriamente un brazo.  Luego de acompañarlo al médico lo llevamos al Palacio de la Policía a querellarse.  Pero, salvo que el muchacho dejara de salir a la calle por meses, no vimos que algo se lograra con ello, ni siquiera que se ordenara una investigación.

Más recientemente, prestando cuidadosa atención a las conversaciones de los jóvenes con los que tengo contacto a través de mis hijos, empecé a escuchar sobre el surgimiento de pandillas que pululan por los más populares centros de entretenimiento de la ciudad, algunas de ellas hasta con sugestivos nombres: La Industria, Des Saints (Los Santos), Los Sweets (Los Dulces), The Cracks, Los Cocolos, etc.  Los jóvenes líderes más mencionados de tales grupos sobresalen con llamativos apodos (Raúl-“Al Capone”, Gabriel-“Manito”, El Manuele, etc.). 

No sé si tales bandas se han llegado a enfrentar entre sí, pero las más difundidas anécdotas parecen, más que cualquier otra cosa, tropelías de una especie de cacicada moderna en búsqueda de simple intimidación y turbación: bachilleres que se hermanan para perseguir y dominar niños de primaria o intermedia, vecinos que se convocan para imponerse al de otro barrio, y hasta parientes que se congregan para desafiar, provocar a apabullar al que a cualquiera de ellos “cae mal”.  Atacar a golpes a los que no están apandillados, y a veces hasta con armas blancas, es una constante que se da en algunas plazas comerciales con el desconocimiento de las autoridades y cuerpos de seguridad correspondientes.  Diez, veinte, cuatro, las cantidades pueden variar, pero la esencia de la situación es la misma: el abuso de muchos contra el que está solo o en pareja y que con frecuencia es de menor edad.  La razón de los ataques resulta innecesaria, pues parece que con las ganas basta.
No sé cuánta gente en República Dominicana conoce bandas famosas de Inglaterra, Estados Unidos, Irlanda, Italia y muchos otros países, ni si hay quien se percate del daño que las mismas han causado en algunos estamentos sociales.  Por ejemplo, los antiguos Rude Boys  (o chicos rudos, que no eran muy aceptados por sus contactos con el bajo mundo y con respecto a quienes, como represalia, el gobierno en Jamaica ordenó destruir la barriada Shanty Town por los años 60); los Hooligans, conocidos también como bootboys, (aficionados al fútbol que se caracterizan por apalear personas y por la comisión de actos de vandalismo como destrucción de propiedades, estadios, tranvías, etc., los cuales han sido hasta acusados de neo nazis por la prensa internacional); los Skin Heads (o cabezas rapadas, llamativos por vestir ropas costosas y tener el pelo rapado o muy corto, son identificados con actitudes de violencia y pillaje contra vehículos, establecimientos, policías, estudiantes y sobre todo contra los hippies; incluso se les acusa de racistas); o los Boneheads (o cabezas huecas, que es como se les llama a los que tienen inclinaciones “nazis” pero con apariencia de Skin Heads).
Es posible que el germen de esas tropas civiles lo fueran pequeñas pandillas como las que hoy se imponen en los centros comerciales de nuestra capital.  Debía ser obvio para nuestras autoridades que, ante tal posibilidad, es preciso una protección mayor de los ciudadanos que no forman parte de ellas.  Especialmente porque la mayor parte de sus hechos permanece en la impunidad, tolerados por padres y tutores que con frecuencia están al tanto y en ocasiones hasta estimulan.  Esta situación de las bandas de plazas es terrible y trastornadora para sus actuales víctimas, pero podría ser peor; podría ser que consentir esos pequeños delincuentes hoy constituya el huevo que incube las asociaciones de grandes criminales de mañana.  ¿Sería mucho pedir ponerle atención?

Publicado en el Periódico HOY el 30 de julio de 2003.

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¿CRIMEN FUERTE O JUSTICIA DÉBIL?

Dice don Emilio Lapayesse, en su columna del sábado 7 de septiembre, que "No es que el crimen sea más fuerte sino que la justicia es más débil.  No por falta de recursos sino por no ser verdadera autoridad. Se puede demostrar".

Y parece que, ciertamente, se puede demostrar, particularmente en el caso del recluso Rolando Florián Féliz, quien dirige negociaciones y asesinatos desde la cárcel, según versiones de la Policía y del periódico Ultima Hora de ayer (6/9/2002), el cual publica, en su primera plana, que FLORIÁN HA COMPRADO 40 POLICÍAS Y MILITARES, y en el cuerpo de la información expresa que el recluso "ha pagado para planificar fugas, eliminar a contrarios en el bajo mundo y hasta para que viajen a Haití para hacer contactos con hechiceros a su favor".  Sigue el Ultima Hora diciendo: "Florián Féliz, acusado de contratar policías para secuestrar y asesinar a Víctor Augusto Féliz Matos, es nuevamente noticia de portada en los diarios..."

Pues bien, entre los periódicos de los últimos años se pueden encontrar SEIS (6) descargos de esta ¿sana? y "nueva" justicia en favor de Florián Féliz.  Al parecer las cotizaciones y hechicerías por él contratadas desde la cárcel están rindiendo frutos, o tiene don Emilio TODA LA RAZÓN al expresar que "la justicia está más débil".  Hasta ahora, la única sentencia por la cual se encuentra presa esa persona es una sentencia dictada por un tribunal de la "justicia anterior". 

A continuación, un resumen de los descargos en favor de Rolando Florián Féliz:

1) El 17 de agosto de 1998 el periódico La Nación publicó que la jueza presidenta de la Décima Cámara Penal, Katia Jiménez, había descargado por insuficiencia de pruebas al narcotraficante Rolando Florián Féliz, a dos de sus hermanos, su ex esposa y otras siete personas vinculadas a un alijo de cocaína.  La sentencia fue recurrida en apelación por el Fiscal del Distrito.  (Periodista Niza Campos, página 2).
2) El periódico El Siglo publicó, en fecha 29 de diciembre de 1998, que la misma jueza había descargado a Rolando Florián Féliz, por segunda vez en el mismo tribunal, en relación con la Ley 50-88 sobre drogas y sustancias controladas, en una sentencia con 18 considerandos que motivan el descargo.  (Periodista Manuel Vólquez, página 8).
3) En fecha 5 de abril de 2001 y mediante sentencia criminal sin motivar No. 114-2001, el Juzgado de Primera Instancia del Distrito Judicial de Monte Plata, presidido por el juez interino Delio Germán, declaró no culpable, por insuficiencia de pruebas, al recluso Rolando Florián Féliz, de violar la Ley 50-88 sobre drogas en el expediente criminal No. 425-2000-00045.  (Sentencia sin publicar en los medios).
4 y 5) El miércoles 10 de octubre de 2001 revela el periódico El NacionaL que la Cámara Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz, en DOS expedientes de tráfico de drogas (por "insuficiencia de pruebas" en un caso y por "no haber cometido los hechos" en otro caso), en sendos casos ventilados en la Primera y Segunda Salas del tribunal de alzada.  La reseña noticiosa señala que "es la segunda ocasión que la Corte de Apelación de Santo Domingo descarga a Florián Féliz".  (Periodista Silvio Cabrera, página 25).
6) El jueves 25 de julio de 2002, el mismo periódico El Nacional publica que la Primera Sala Penal de la Corte de Apelación de Santo Domingo descargó al recluso Rolando Florián Féliz de la acusación que lo involucraba en un cargamento de cocaína incautado en el muelle de Haina dentro de latas de salsa de tomate pese al pedimento de 15 años de prisión solicitado por el Ministerio Público.  La motivación del descargo reposó en que al inculpado "le violaron el derecho de defensa".  (Periodista Silvio Cabrera, página 8).

Publicado en el periódico EL DÍA el 9 de septiembre de 2002.