Esquivando demonios a través de nubes de insulso
Tributando estúpidos en lenguas de retama
Con las uñas recogiendo el andar espigado del sermón vacío
Manejando misericordias con la burla en las entrañas
Ya no hay manchas, mancebos ni mamarrachos
Ni delitos, ni instrucciones, ni plegarias
Ni teorías, ni estrofas, ni embriagados
Sólo pendencias y la resignación forzada
Ordenanza de los años precarios y cicateros
Que regaña el descuido de la brújula quebrada
Yo no fui, yo no fui, dicen los embusteros
Irreverente exhalación de lujuria simulada
Los religiosos aferrados al milagro de la paranoia
Los bandidos regalando su destreza desvelada
Los discretos sincronizando metáforas histriónicas
Los soberbios maltratando histéricas soberanas
Y nadie, nadie, nadie recuerda el grito, el engendro, el arisco
El montón de huesos de vida lastimada
Sin luto, sin dolor, sin limbos, ni recatos
La muerte fornica la minucia y la reemplaza.
Leila Roldán
24 de marzo 2011