martes, 28 de junio de 2011
miércoles, 1 de junio de 2011
Cierta indolencia médica (2004)
A medida que iba escuchándola, cada una de sus palabras se iba convirtiendo en un doloroso recordatorio de otra agonía. Sólo que, en el caso de mi padre, no hubo posibilidad de viajar al extranjero a tratar de resolver los estragos con que el ejercicio descuidado de la medicina puso fin a su vida. Aniouta, sin embargo, encontró en otro país la salud que una “prestigiosa” clínica nacional le robaba indolentemente.
Más de una vez, luego de su primera operación, Aniouta se sintió como un cerdo en un matadero. Por ejemplo, cuando fue obligada por la fuerza bruta a aguantar la punción de la vena subclavia a sangre fría, y entre lágrimas desesperadas volver la vista hacia la parte rota de los guantes del hombre que la manipulaba con violencia. O cuando a las nueve de la mañana apareció una soñolienta enfermera, finalmente, a apagar la alarma de uno de los monitores que había empezado a sonar a las tres de la madrugada, avisando la terminación de un medicamento, inadecuado por demás, cuya suspensión había sido ordenada para las seis de la tarde del día anterior. O cuando llegaron los alarmantes resultados de unos análisis que, a juicio de expertos debieron haber sido hechos con mayor antelación, y los médicos actuantes tardaron horas interminables en tomar conocimiento de ellos y actuar en consecuencia porque se encontraban en una boda. O cuando fue ordenada una segunda intervención en el mismo lugar de la primera, absolutamente innecesaria según opiniones de los especialistas foráneos que le salvaron la vida, para “tratar” una de esas infecciones intrahospitalarias que se propagan cual asesinos silenciosos por los establecimientos médicos de nuestro país.
Los detalles minuciosos de su cirugía y errados tratamientos posteriores, calificados de esa forma por los galenos que los corrigieron, en mi opinión de abogada, deberían ser conocidos por los tribunales. Aunque ella piense, igual que yo, que no hay dinero en el mundo capaz de pagar la prolongada angustia de sus hijos y su propio sufrimiento. Sin embargo, cuestiones de simple sentido común, como la higiene debida en el trato con los pacientes y la atención mínima al dolor, son temas que nos tocan a todos, porque cada dominicano está expuesto a ser manipulado en algún momento de su vida por este tipo de personal médico y paramédico. Sobre todo aquellos sin posibilidad de emprender en otros territorios la batalla por una vida sana. O sea, casi todos.
En esos veintiséis deprimentes días que duró la agonía de mi padre, por ejemplo, vi ingresar numerosos casos a la sala de cuidados intensivos que lo vio morir. No importaba la etiología o razón de su ingreso, la mayoría fallecía, invariablemente, por la misma razón: una devastadora y extendida infección adquirida a través de los utensilios de enfermería o de cirugía, de los conductos de aire acondicionado o hasta de la mano del personal. Simple falta de higiene. Lo mismo sufrió Aniouta. Y si puede hoy contar su desgarradora experiencia es gracias a un inmenso sacrificio económico que la condujo al exterior en búsqueda de una atención aséptica y dedicada. Sin embargo, la mayoría no puede narrar su desdicha facultativa.
Los empleados de nuestros centros hospitalarios lo saben; tal vez por eso en muchos de ellos percibimos actitudes que distan mucho de cumplir los lineamientos básicos de la ética hipocrática mínima. De hecho, Aniouta, desde su llegada, ha intentado entrevistarse varias veces con los médicos que aquí la desahuciaron. Pero no la reciben. Parece no importarles ahora, como tampoco les importó cuando le extendieron la factura, exorbitante a pesar de su ineficiencia. Olvidaron que las faltas en que incurren en su intervención profesional son catalogadas por la ley como responsabilidad directa o indirecta de los médicos y paramédicos frente a sus pacientes. Y olvidó también la clínica que tales faltas son, además, responsabilidad conjunta de la entidad asistencial que se ha obligado a prestar un servicio aceptable, donde el riesgo no se confunda con la posibilidad de daño por actuaciones profesionales o técnicas indebidas.
Se acepta que el ejercicio de la medicina está expuesto a incontables resultados adversos e inesperados por la misma naturaleza humana de los actores involucrados en la práctica de esa actividad. Sin embargo, cuando los riesgos se maximizan debido a la deshumanización que tales actores desarrollan como consecuencia de la fuerza de la costumbre y la rutina, con su consecuente deficiencia en la asistencia médica y su despreocupación por cada infortunio humano, se incurre no sólo en mala práctica médica, negligencia o “malpraxis”, como la llama nuestra legislación cuando aplica a las mismas medidas punitivas de orden civil y penal, sino en una trasgresión de carácter moral que debería ser también objeto de sanciones de tipo social.
Son demasiados los casos como el de Aniouta. Tal vez serían menos si, como dice Aniouta, tantas víctimas desataran de sus lenguas la aprehensión a denunciar; si todo profesional de la medicina respondiera con una censura de su imagen pública proporcional al indebido o inadecuado servicio frente a los seres humanos a quienes ha cobrado por “curar”. Estoy de acuerdo. Tal vez no sería suficiente sin una condena judicial, es verdad, pero les ahorraría el recuerdo de su dolor al ver su drama repetido en tantos otros que caen incesantemente bajo las mismas ruedas de la indolencia médica nacional.
Publicado en el periódico HOY el 25 de abril de 2004.
El guardián de Coco Palooza (2003)
El esnobismo que los caracterizaba los llevó a planificar una de esas fiestas, comunes en las playas de los Estados Unidos, donde los invitados bailaban y se divertían por horas interminables en trajes de baño junto al mar. Sólo que en esa ocasión había, además, una piscina, la cual constituyó el centro y alma de la noche y, entre otras cosas, el cofre de los secretos mejores guardados del grupo familiar.
Coco Palooza, llamaron la fiesta, en alusión a una muy conocida serie de festivales itinerantes de música rock llamada Lollapalooza, tan exitosa, que dio lugar a una moda donde todo llegó a denominarse “algo-palooza” (aquapalooza, wrestlepalooza, café palooza…). En este exotismo, como les resultaba lógico, no se quedaron atrás.
La promocionaron en la prensa escrita y televisada; colocaron afiches en los más importantes centros comerciales y discotecas de la capital; y hasta en los principales colegios y universidades privadas circularon los volantes. Toda la juventud dominicana sabía de la fiesta, toda los “niños bien” quisieron ir. Pero el precio que asignaron al derecho de entrada decretó que sólo tuvieran asegurada su participación aquellos con mayor poder adquisitivo, quienes en su círculo social, al fin y al cabo, no eran pocos.
La esperada tarde llegó, y con ella llegaron a la mansión de Villas de Mar cientos de caros vehículos de alto cilindraje, lentes oscuros y ropa de costosas marcas cubriendo apenas los cuerpos de los jóvenes presumidos que iban llenado todos los rincones del lugar. Las orquestas ya habían descargado sus instrumentos y empezaban los preparativos. También los corresponsales de la televisora que trasmitiría el evento a nivel internacional.
Un guardián privado, el hombre pobre que siempre quiso ser policía en su pueblo, cuidaba el inmueble en ausencia de su propietario. Fue informado del festejo a la llegada de los hijos del dueño, ese mismo día, y disimuló su sorpresa bastante mal. No sabía si su patrón había dado su autorización ni cuál se suponía que debía ser su papel en cualquier caso. Antes de que le diera tiempo a preguntar, ya sus interlocutores se habían incorporado a los numerosos grupos que habían conseguido entrar.
La bebida y la música se desplegaron al mismo tiempo. Con ellas, los bailes, los cigarrillos, los brazos por las cinturas. El colorido de los trajes de baño se extendió dentro y fuera del agua. Y las risas subieron el volumen en la misma proporción en que las orquestas se despabilaron, tumbando al piso las partes superiores de los bikinis.
Confundido por el ruido, por los olores mezclados de humo y perfume, por el constante ir y venir de jóvenes cargados de bolsos, toallas y pastillas, buscó con rostro preocupado al hijo mayor de la casa. Pero encontrarlo entre tantas figuras similares era muy difícil. Con su escopeta al hombro penetró en el mismo meollo del placer, donde ya se sentía el calor de cuerpos junto a cuerpos, de cuerpos sobre cuerpos.
Algunos de los muchachos resintieron su presencia. Envalentonados y desinhibidos por alguna sustancia, se dirigieron a él con altanería, reclamando su desaparición. El guardián, el hombre que siempre quiso ser policía, se ofendió con el trato que entendió irrespetuoso de su posición y demandó consideración a su autoridad. Los muchachos se burlaron. Las risas de sus burlas opacaron las risas del regocijo general. Otros más se acercaron, con ellos también los hijos del dueño, y la mofa encontró aquiescencia en su concurrencia activa.
Los miembros del Destacamento de Policía de Villas del Mar no esperaron ningún legista para extraer el cadáver del guardián la mañana siguiente. Los padres de los muchachos que quedaron en la fiesta hasta el final se hicieron cargo de la molesta burocracia que rodeaba este tipo de inconvenientes, como un cadáver que aparece accidentalmente en el fondo de una piscina, mientras sus hijos recuperaban, abandonados al sueño, las horas perdidas la noche anterior.
Naturalmente que ni hubo expediente. Mucho menos arrestos, interrogatorios, citaciones o investigación alguna. Los participantes continuaban sus vidas despreocupados, asistiendo a sus costosas universidades de la capital, mientras pasaba el tiempo de la prescripción legal sobre la tumba humilde de alguien que quiso ser policía.
Hoy, transcurridos más de diez años, sus protagonistas conversan inexpresivamente, sin riesgos ni remordimientos, sobre el anodino incidente. Y ejerciendo sus profesiones bajo la consentidora mirada de las cámaras de la crónica social criolla, casi lo han olvidado.
Publicado en el periódico HOY el 20 de marzo de 2003.
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