“Hay otra globalización, la de la hipocresía, de la que se habla poco y se practica mucho”
(Mario Benedetti, Universidad de Alicante, 19/5/1999).
De nuevo tengo que chacharear. Tal vez deba pedir perdón por adelantado a quienes voy a molestar, pero no quiero hacerlo. Alguien tiene que manifestarse frente a la omnipresente incoherencia entre lo que se dice y lo que sabemos que es. No se puede esperar que todo el mundo, todo el tiempo, crea en todas las patrañas. Por eso rememoro hoy la hipocresía, brindando hoy por los hipócritas y sus imposturas.
Por los comentaristas, periodistas, articulistas o comunicadores sociales que vociferan su independencia mientras sus esposas, sus sobrinas, sus queridas o sus compañías cobran salarios en el organismo del Estado cuyos desmanes no pueden mencionar. Por los que recibiendo pruebas documentales de la prevaricación persisten conscientemente, y por razones personales, en la defensa del prevaricador. Por los que condenan hechos cometidos por algún político y callan o excusan cuando los mismos hechos censurables lo comete algún otro político amigo. Por los borregos, instrumentos de sectores ciertos, que siguen fieles y ciegos al portador de la vara, ignorando sus desmanes, porque aún no han probado sobre sí su poder martirizador. Por los que tergiversan, manipulan y distorsionan verdades acomodándolas al criterio del que mejor paga. Por los que expresan con significativo silencio su agradecimiento a los asesinos o corruptos de épocas pasadas. Por los que, por trabajar para ellos o para sus íntimos tercios y comensales, repiten como gallaretas conceptos inculcados, muchas veces falaces e interesados. Por los que niegan aplicarse a sí mismos la báscula con que miden a los demás. Por los que con su pluma y su voz reivindican una sociedad libre y democrática pero que con su ejemplo practican la intolerancia y la impunidad. Por los que constantemente pontifican mentiras y se indignan cuando, a veces hasta por casualidad, se deja escuchar a aquel que no las admite. Por los que tras los micrófonos exigen para sí respeto y condescendencia mientras difaman, descalifican o atropellan a quienes no comparten con ellos una cualquiera de sus comprometidas posiciones. Por los que editorializan contra el crimen pero perdonan a algunos de los más selectos criminales. Por los que salpican sus culpas en la ilusión de que así les toca menos. Para ellos, regalo de hipocresía infinita, cito la frase de Chomsky: "Si no creemos en la libertad de expresión para aquellas personas que despreciamos, entonces no creemos en ella para nada".
Por los que se corrompieron en funciones públicas y pretendieron disimular su delito mediante la dispersión de falacias sobre quienes compartieron espacios de trabajo e hicieron la diferencia. Por los que ayer violaron la ley y la moral de mil formas, acosando jóvenes, amenazando novias con metralletas de parientes portadas ilegalmente, cometiendo toda clase de desenfreno sexual licencioso, falsificando documentos o haciendo fraudes universitarios, y que hoy visten las togas propias de los que deben impartir justicia. Por los que se hicieron pasar por amigos, intentando saciar su avidez husmeadora en la mansedumbre de sus víctimas para luego vender sus sueños. Por los que saborean boleros con estudiantes mientras sus esposas contratan desnudistas para entretener en casa su soledad y luego se presentan teorizando “transparencias” en representación de la sociedad. Por los envanecidos teóricos, que codician ser “fuentes de derecho” sin haber pisado nunca un tribunal. Por los profesores de literatura que escriben con faltas ortográficas. Por los mediocres que esparcen calumnias y murmuraciones en ánimos de desacreditar a individuos distinguidos, sobresalientes, populares o exitosos a quienes rabiosamente envidian. Por los historiadores que convierten en verdades de texto las impresiones fundadas en sus propias simpatías políticas. Para ellos, monumentos de hipocresía moral, una cita especial: “Hay, además de intolerantes e hipócritas algunos son especialistas en falsificar la historia. Y bueno es decirlo, no sólo en filas de la derecha. En la izquierda, o en la sedicente izquierda, hay algunos que ajustan la historia o los hechos pasados a su presente para trazarse algún porvenir político. Nosotros no podemos escribir la historia pero es conveniente no renunciar a denunciar a los falsificadores.” (Reinaldo Gargano, La República, 11/05/2003).
Me quedo corta, por supuesto, pero para los que están y los que faltan, hoy van mis comentarios. Para el discreto encanto de los grandes farsantes y su inventiva. Para el misterioso complemento de superficialidad y prepotencia que adorna sus personalidades. Elegí el día de hoy para conmemorar su hipocresía. Aunque cualquier día es bueno, porque ellos están siempre ahí, siempre presentes para celebrarlo. Pero por hoy, y tal vez sólo por hoy, salud a ellos. A todos ellos.
Publicado en el periódico HOY el 17 de septiembre de 2003.