jueves, 31 de marzo de 2011

¡Mambo! ¡Ese muerto es de nosotros!


Por su cojera, había llegado muy despacio hasta el cadáver de su hijo; el sonido del yeso golpeando el piso fue acallando las voces y, con el padre frente al ataúd, el silencio fue total.  “Esta fue la última mala noche que tu madre y yo pasamos por ti”, le dijo el padre, levantando mucho la voz, “nunca quisiste trabajar y lo que te pasó, te pasó por no hacerme caso; aunque sea por una sola vez se va a hacer como yo digo, a ti te vamos a enterrar hoy a las cuatro”, y dio la espalda.  Entonces los muchachos protestaron.  “¡Mambo!  ¡Ese muerto es de nosotros!”, gritaron, y sobre una camioneta estacionada hicieron sonar dos grandes bocinas con música para bailar.  Del colmado empezaron a salir cervezas frías, de las mismas que antes bebía el muerto.    

Algunas personas del vecindario no participaron en la vela de ese paladín del barrio.  Tenían miedo de los disparos al aire y del alboroto prepotente de los guapos cuando se emborrachaban.  Esas personas, que habían visto honores póstumos similares otras veces, cerraron sus puertas y ventanas hasta que terminara esa multitudinaria manifestación de solidaridad.  Pero eran las menos.  La celebración estaba llena de hombres y mujeres del lugar.

En el colmado donde se había organizado la ceremonia fúnebre, entre trago y “perreo” las hazañas del difunto eran la conversación normal.  Los relatos sobre el origen de sus muchas cicatrices lo retrataban como el campeón de las riñas de los suburbios.  La devoción de sus amigos lo describía como un héroe, defensor de los más flojos.  Los obsequios que las mujeres depositaban junto a su cuerpo lo delataban como un macho curtido.  Flores, crucifijos y hasta lentes de sol cubrían la frialdad de su piel.  En susurros se opinó que manejaba dinero gracias a sus contactos en puntos contiguos.  Nadie mencionó su incriminación en la herida de bala, no bien curada aún, en la pierna de su papá.

Al llegar la hora señalada, y aunque el velorio estaba en sus buenas, ninguno se atrevió a contradecir la voluntad del padre.  Muchos se disputaron el trabajo de cargar la caja, algunos, incluso, sin soltar la botella.  Aparecieron las guaguas y, luego de un bullicioso desfile por los callejones, enrumbaron hacia el cementerio.  Los padres no pudieron más que observar a distancia el espectáculo, ella llorosa, él con los ojos secos y la expresión sombría.  El barrio enterraba al hijo que administró a su antojo los mayores disgustos familiares.

Al día siguiente una vecina, tal vez la misma que el día anterior apartó contrariada la cruz del pecho endurecido, contó al padre su sueño:  el muerto estaba al revés.  De vuelta al cementerio, tuvo que dar muchas explicaciones a las autoridades, como muchas veces hizo en la vida de su hijo, para obtener el permiso de levantar la lápida.  Gastó los últimos miles de pesos que su humilde negocio le había dejado en la operación de enderezar el ataúd. 

La prensa no se enteró.  Los muertos notorios de otros sectores ocuparon primeras planas por sus también extraordinarias exequias.  Algunos comentaristas matutinos recordaron los funerales de varios dictadores del pasado, cuya inhumación se acompañaba de desfiles multitudinarios y fastuosos honores, mientras otros trataban de elaborar análisis sociológicos de los nuevos “antivalores” barriales.  Hasta en Internet se discutió la necesidad de enfocar los novedosos enterramientos con mayor seriedad intelectual y sin doble moral.

Mientras tanto, otros muertos eran enterrados por sus deudos con lágrimas en los ojos, sin tiros ni cervezas, bajo el murmullo de una oración silenciosa.  Pero esos no eran los muertos populares, esos eran, simplemente, los muertos anónimos de una vida más discreta.


Publicado en el periódico HOY el 18 de enero de 2005.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Un tratado por la voluntad de la mayoría / AN AGREEMENT FOR THE MAJORITY’S WILL

Hemos visto cómo, desde que los seres humanos se organizaron en grupos y en Estados, empezaron a desarrollarse las bases de un Derecho Internacional primario para regular las relaciones entre las distintas comunidades, en el mejor interés de sus convivientes.  En el año 1864, a instancias del "Comité Internacional de Socorro a los Militares Heridos", se firmó el primer tratado de derecho internacional humanitario. Desde entonces nacieron, se enriquecieron, se adaptaron y se extinguieron numerosos tratados, convenios, declaraciones, protocolos, acuerdos y convenciones internacionales que, entre otras cosas, tuvieron por objeto lineamientos generales sobre política social internacional, pero siempre en provecho de los seres humanos.

En la actualidad existen, con vigencia jurídica y fuerza de legislación, bellísimos instrumentos para la protección de los derechos humanos, económicos, sociales, culturales, civiles y hasta políticos; para la protección de los derechos del niño y de la mujer, de los derechos de los refugiados y de los prisioneros, de los derechos de los trabajadores y los indígenas, de los derechos de los discapacitados y los enfermos, de los derechos de los extranjeros y los apátridas; contra el terrorismo, el crimen organizado, la pena de muerte, la discriminación, la intolerancia, la esclavitud, el tráfico y la desaparición forzada de personas, la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes; incluso existen disposiciones relativas al hambre, la malnutrición, el matrimonio, la libertad de asociación, los datos personales, el derecho a la paz, el progreso social y el desarrollo.  Sin embargo, no he podido encontrar todavía ninguna disposición internacional obligatoria que proteja la voluntad de las mayorías.   

Observando día a día las expresiones en contra de la guerra que tienen lugar en casi todos los países del mundo, me ha asaltado la duda sobre la posibilidad de que la misma sea realmente aceptada, como las supuestas encuestas señalan, por la mayoría de los súbditos de las naciones en ella involucradas.  Es decir, ¿es posible que la voluntad colectiva sea una y otra distinta la voluntad de las instituciones que en teoría representan la primera?.  Y me pregunto el por qué no gozamos los ciudadanos del mundo con algún medio para constreñir a nuestros gobernantes a no tomar decisiones trascendentes que no cuenten con el apoyo mayoritario.  ¿No se supone que la democracia es una aspiración general en la cual se persigue el mayor grado de participación de los pueblos? 

¿Por qué no se ideado un instrumento mundial para que la voluntad de la mayor parte de la humanidad sea respetada por los detentadores del poder en los Estados?  Un tratado delineado para que sea la mayoría la que tome las decisiones más cruciales y significativas, impidiendo a las cabezas gubernamentales contrariar autoritariamente los intereses generales.  Una herramienta internacional que obligue a la consulta previa nacional, a través de plebiscito, referéndum, consulta popular o cualquier otro medio que se diseñe para la manifestación libre y directa de la voluntad, sin falsedades ni distorsiones, para la aprobación o rechazo de decisiones tan trascendentes como la de declarar o apoyar una guerra.

Ese mismo medio serviría, además, para consultar temas que, por su importancia, no deberían ser determinados por visiones unilaterales de algunas minorías.  Por ejemplo, la soberanía o forma de gobierno (adhesión o independencia de un Estado o nación), el origen de la nacionalidad (jus soli o jus sanguinis), la justicia (si los miembros del poder judicial deben o no ser vitalicios), la droga (si procede en cada país una despenalización que va expandiéndose), el aborto (si debe o no ser castigado), y en fin, cuestiones que afectan de manera general y particular a todos los moradores de un territorio. 

Canalizar así la voluntad mayoritaria de cada pueblo tal vez sea una utopía, (un imposible, un bellísimo soñar despierto, dice mi esposo).  Tal vez.  Como quiera, se merece la humanidad un poco más de respeto.  Cuando los habitantes de cada país eligen a sus representantes no lo hacen con la concepción de que otorgan una autorización omnipotente capaz de llevarle la contraria.  Los eligen en la creencia de un compromiso de fidelidad con ellos como representados.  Entonces, ¿por qué no?  Proponer, razonar, debatir un acuerdo por el imperio de la voluntad de la mayoría suena sencillamente lógico.

Publicado en el periódico HOY el 4 de abril de 2003.

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We have seen how, since the human beings organized themselves in groups and states, the bases of the international primary right began to be developed to regulate the relations between the different communities, in the best interest of its co-habitants.  In 1864, after instances of the "International Committee for help to the Wounded Armies in the Field” the first treaty of humanitarian international right was signed.  Since then, they were born, became rich, were adapted and were extinguished numerous treaties, international agreements, declarations, protocols, agreements and conventions which, among other things, intended general regulations on international social politics, always in benefit of the human beings

At the present time they exist, with legal use and force of legislation, gorgeous instruments for the protection of human, economic, social, cultural, civil, and even political rights; for the protection of children and woman’s rights, of the refugees and the prisoners’ rights, of the workers and the natives’ rights, of the handicapped and sick people’ rights, of the foreigners and the stateless’ rights; against the terrorism, the organized crime, the capital punishment, the discrimination, the intolerance, the slavery, the traffic and the forced disappearance of people, the torture and other cruel, inhumane or degrading treatments or pains; even they exist dispositions relative to the hunger, the under nutrition, the marriage, the freedom of association, the personal data, the right for the peace, the social progress and the development.  Nevertheless, I have still not been able to find an obligatory international disposition that protects the will of the majorities.

Observing day by day the demonstrations against the war that take place in almost all the countries of the world, the doubt has assaulted me on the possibility that the war is really accepted, as the supposed surveys indicate, by most of the citizens of the nations involved on it.  That is to say, is it possible that the collective will is one and other different the will of the institutions that in theory represent the first one?  And I ask myself the reason why we the world citizens do not own some means to restrict our governors from not making important decisions that do not count with the majority’ support.  Is it not assumed that the democracy is a general aspiration in which the greater degree of participation of the populace is pursued?

Why it has not been devised a worldwide instrument so that the states’ power holders respect the will of most of the humanity? A delineated treaty so that it is the majority the one that makes the most crucial and significant decisions, preventing the governmental heads from authoritarian opposing the general interests.  An international tool that forces the national previous consultation, - through plebiscite, referendum, popular consultancy or any other means that are designed for the free and direct manifestation of the will, without falsifications nor distortions - for the approval or rejection of as important decisions as the one to declare or to support a war. That same means would serve, in addition, to consult subjects that, by their importance, would not have to be determined by unilateral visions of some minorities.  For example, the sovereignty or form of government (adhesion or independence of a state or nation), the origin of nationality (jus soli or jus sanguinis), the justice (if the members of the judicial power must or not be permanent), the drug (if it is valid in each country a legalization that is expanding), the abortion (if it must or not be punished), and in aim, questions that affect all the inhabitants of a territory in a general and in a particular way.

Perhaps canalizing this way the majority’ will of each nation is an utopia, (an impossible one, a gorgeous dreaming awake, says my husband).  Perhaps. Anyway, the humanity deserves a little more of respect.

When the inhabitants of each country choose their representatives they don’t do it with the conception of granting omnipotent authorization that is able to go opposite to them.  They choose them in the belief of a commitment of fidelity to them, the represented.  Then, why don’t?  Proposing, reasoning, and debating an agreement for the dominance of the majority’s will sound simply logical.

Translated from Spanish by: Rosario Gomez/Felix Jimenez


martes, 29 de marzo de 2011

La Burocracia del “Liquid Paper” (2001)


Hace unos días envié mi pasaporte, que estaba a punto de vencer, a ser renovado en la oficina gubernamental correspondiente.  Ayer fui a recogerlo a las 12 del mediodía. 

Al escuchar que llamaban “¡Leida!, ¡Leida!” (un nombre muy parecido al mío) y viendo que no había nadie más alrededor, me dirigí a la ventanilla. 

Me entregaron mi pasaporte y muy cortésmente me dijeron que lo revisara.  Al hacerlo me di cuenta de que mi nombre estaba escrito con “D” y no con “L” como fui bautizada.  Le señalé a la empleada el error y ella me respondió que se podía corregir, sólo que yo debía presentar mi acta de nacimiento.

Salí de la oficina y me dirigí tan rápidamente como pude a mi casa, a un archivo plástico donde siempre guardo de todo.  Allí encontré al menos 6 actas de nacimiento originales de distintas fechas y otras tantas fotocopias. 

Mi esposo me dijo “toma una cualquiera”.  Pero mi instinto me dijo que no, que las llevara todas, porque eran para una oficina pública y nunca se sabía lo que podía suceder.  Me llevé de mi instinto. 

Regresé de inmediato a “pasaportes”, como comúnmente se le llama, con una carpeta llena de papeles.  Le pasé una de las actas de nacimiento a la empleada.  Al verla, la empleada me dijo que con esa acta no, que buscara una más nueva.  Le entregué el paquete y le dije “sírvase usted misma”.

Al revisar todas las actas de nacimiento de distintas fechas, me señaló que no podía hacer la corrección con ninguna de ésas porque estaban “vencidas”.  Le dije “señorita, son actas de nacimiento, no medicamentos”.  “No importa”, me respondió, “están vencidas”. 

Apelé entonces a lo jurídico (siempre le sale a uno la sombra de la profesión), y le hice ver que ese es un documento contemplado en la Ley 659 sobre Actos del Estado Civil y que la ley no le establece plazos de vencimiento, por lo que las actas de nacimiento “no vencen”.

La amable señorita me respondió, suavemente, “aquí sí”.  Lo que me dejó un poco confusa porque no sabía si se refería a esa zona del malecón, a esa parte de la ciudad o solamente al perímetro de la institución para la cual laboraba.

Los demás usuarios que se encontraban realizando las mismas diligencias que yo, al percatarse de mi discusión, me expresaron que me fuera con el pasaporte tal y como estaba, que en migración no iba a haber problemas y que la mayoría de ellos tenía errores hasta en las fechas, lo que nunca les había representado inconveniente alguno.  Pero yo, sabiendo que la burocracia no afecta a todos por igual y que hay determinados seres en la tierra a quienes lo absurdo nos persigue más que a los demás, me empeñé en arreglar mi nombre.

La empleada, en el mismo tono conciliador del principio, me sugirió una solución:  “¿por qué no pide usted una entrevista con el subdirector para que le autorice esta acta de nacimiento?”.  “Muy bien, ¿dónde tengo que ir?”, le respondí.  “Al fondo a la derecha”, me respondió a su vez, tal y como yo me lo imaginaba.

Busqué con la mirada el pasillo que me llevaría hasta el subdirector, pensando mientras caminaba en dirección a sus oficinas cómo le solicitaría que tuviera la venia de derogar en mi beneficio el “reglamento no escrito” establecido por esa dependencia gubernamental, relativa al plazo de vencimiento de las actas de nacimiento.

Pero el subdirector no se encontraba. 

Ya con cara de fastidio miré a todos lados en busca de alguien que me pudiera informar sobre su paradero, cuando una súper encantadora secretaria me hizo pasar a un despacho, me ofreció un asiento, café o un refresco, y me informó que esperara un poco que el funcionario no tardaría.

Media hora o cuarenta minutos más tarde dos caballeros, muy amables, me indicaron que les siguiera.  De pronto me vi, no frente al subdirector, sino frente al propio director de pasaportes, un rozagante y encantador cibaeño, que con toda la gentileza y educación me hizo exponerle mi situación.  Sin pensarlo dos veces firmó mi acta de nacimiento y me despidió luego de una atenta y afable conversación de varios minutos.

De regreso a la casilla de entrega, le presenté el acta a la simpática señorita quien, de nuevo muy cordialmente me pidió que tuviera la amabilidad de esperar, que el pasaporte iba ahora al departamento de caligrafía.  Me senté otro rato, durante el cual analicé el asombro que me producía el que, a pesar de todo, la empleomanía y los funcionarios trataran al usuario con una deferencia inusual en las oficinas estatales.

Finalmente fui llamada por mi nombre a recibir el documento corregido. 

La empleada me repitió que lo revisara a ver si todo estaba correcto. 

Efectivamente, la “D” de mi nombre había desaparecido, pero no como yo esperaba. 

Para mi sorpresa, la “D” había sido simplemente tachada con “liquid paper” y sobre éste, escrita delicadamente la “L” correspondiente. 

La risa me impidió expresar en ese momento todo lo que me pasó por la cabeza. 

Además, para mí, de vuelta a ser la “Leila” acostumbrada, era ya las dos y media de la tarde y mi familia todavía me esperaba para comer.


Publicado en 2001.

Tuzi, carro, pun, pun, pun… (2003)

Pensar en Carlitos como un asesino es algo que sólo podría acaecer en la psicología inconsciente o paranoica de una mente demasiado intranquila.  Porque, si es posible encontrar mansedumbre en un ser humano, Carlitos es su principal portador.  Pero los hechos se sucedieron veloces, arrastrando a Carlitos al torbellino de confusiones que el doble homicidio de los rusos desencadenó, la madrugada de ese malhadado lunes.

Unas semanas antes, Carlitos había sido contratado para fotografiar la mansión de los extranjeros en un pueblo del interior.  Al empezar un trabajo intenso de más de doscientas panorámicas a una de las más colosales viviendas que había visto, el entusiasmo con el oficio que tanto disfrutaba hizo diluir sus aprensiones en torno a la sensación de alarma con que su instinto lo zarandeó en el primer encuentro.  Alarma provocada, tal vez, por los primeros incidentes que obstaculizaron su labor, o tal vez por la seguridad excesiva que protegía la casa, que entrañaba, incluso, altas paredes perimetrales con redes electrificadas.

La tarde programada para entregar su carpeta fotográfica, sin embargo, la inquietud se alojó definitivamente en el espacio vacío bajo su esternón.  Empezó a llenarlo del humo de los numerosos cigarrillos que fumó durante las dos horas que se vio obligado a esperar a la familia que pescaba en el cercano Mar Caribe.  Sentado en su pequeño automóvil, escuchaba atento el ladrido de los perros guardianes al tiempo que sobrellevaba la penetrante vigilancia del hombre, ruso también, que le abrió el gigantesco portón tras confirmar su identidad a través de la cámara de seguridad instalada sobre el mismo.  Decidió que se iría de allí tan pronto recibiera el pago de sus honorarios.

Pero no pudo mantener su determinación.  Al llegar los rusos, la oscuridad de la noche había rodeado ya el pueblo y, a pesar de un nudo premonitorio que se ubicó desde entonces en su garganta, a la llaneza de su personalidad le fue imposible rechazar la invitación a pernoctar.  Mientras observaba atento la limpieza y los preparativos de lo pescado, se le ocurrió inventar unos amigos en el área para salir a recorrer las pocas calles circundantes, en la esperanza de disipar la sofocación.  Retornó a medianoche, recluyéndose de inmediato en el aposento de la segunda planta que le habían asignado más temprano.

A las ocho de la mañana se levantó, se aseó en el lujoso baño junto a la habitación y bajó las escaleras, deseoso de encontrar en alguna de las cocinas una taza de café recién hecho con la cual aplacar los crujidos de su estómago.  Lo que encontró fue algo distinto.  En los sillones azules de la sala principal se miraban unos a otros, con indefinible expresión, casi todos los habitantes de la casa. 

Sin recibir respuesta a sus buenos días, se asomó curioso a la puerta de entrada desde donde llegaban ruidos y murmullos.  Seis u ocho hombres que conversaban hoscamente entre sí se dirigieron simultáneamente a él, inquiriéndole su identidad.  Soy Carlos, el fotógrafo, respondió sobresaltado, con el corazón latiéndole demasiado fuerte.  En su pensamiento, ya ataba ambas escenas con su angustia del día anterior y el pulso se le aceleraba.  ¿Usted durmió aquí?  Le preguntaron.  Sí señores, respondió, sabiendo ya que se trataba de un grupo de agentes de la policía.  ¿Y usted sabe lo que aquí pasó?  No señor, no lo sé.  ¿Que no lo sabe?  ¿Usted durmió aquí y no sabe lo que pasó?

Claro que no lo sabía, pero ya presentía muerte.  Uno de los agentes, con la incredulidad pintada en su cara, y otro, escudriñando en sus expresiones, le anunciaron que estaba detenido para investigación.  La pareja de rusos que había contratado sus servicios se encontraba muerta a tiros en la cama matrimonial, de varios disparos cada uno.  Sin darle tiempo a reaccionar, uno de los policías lo condujo hasta la sala donde estaban los demás y permaneció de pie junto a él un par de horas casi completas.  Sólo se apartó unos minutos, los cuales aprovechó el vigilante ruso para decirle, sigilosamente, “túzi, carro, pun, pun, pun…” 

Entonces un remolino de espanto, desconcierto, desasosiego y consternación empezó a atravesar las paredes divisorias entre su cuerpo y su pensamiento.  ¿Creerá este ruso que yo asesiné a sus patronos? ¿Me habrá plantado un arma en el vehículo para incriminarme? ¿Me amenazará en la suposición de que sé o he visto algo?  Su español es horrible… ¿Habrá dicho una cosa y yo entendido otra?  ¿Tendrá uzi algún significado en ruso distinto del que conozco?

Con mil hipótesis disputándose la primacía en su cerebro, escurrió su delgada figura por la rendija de la puerta de una oficina contigua a la sala y telefoneó a su esposa en la ciudad, antes del regreso del oficial que lo custodiaba.  Esto es grande, le dijo, estoy en problemas porque aquí ha pasado algo muy grave, debes hacer algo.  Y regresó a su asiento con las piernas temblorosas y la debilidad del hambre encajándose en sus brazos. 

Al notar su estado, uno de los moradores de la casa le ofreció un vaso.  Estimando que era agua, acercó a su boca el líquido transparente hasta que el profundo olor a vodka lo obligó a arrojar, casi, su contenido sobre la mesa.  Prefirió seguir desorientando su apetito con los pocos cigarrillos que le quedaban.  Su ánimo y el convulsivo movimiento de personas que subían, bajaban, interrogaban, recogían y ordenaban, no estaban como para brindar.  Además, la sugestiva presencia de oficiales armados iba en aumento. 

La tarde se inició con un arresto masivo y con la conducción en caravana de todo el grupo en dirección al edificio de la institución policial donde continuarían los exámenes y las pesquisas.  Carlitos sólo era uno más pero, en su imaginación, pronto se convertiría en el chivo expiatorio sobre el cual recaería la insólita responsabilidad de dos asesinatos a sangre fría.  Pensó en su esposa, en sus hijos, y mentalmente se despidió de ellos por todos los años que injustamente guardaría prisión.  El chirriar ruidoso de la puerta de hierro tras la cual fue confinado lo desprendió de sus reflexiones.

Pasaron más de dos días antes de que pudiera de nuevo admitir alimentos.  El tráfago de la detención, los interrogatorios, las pruebas de laboratorio y los demás trámites policiales que tuvieron lugar antes de obtener su libertad, habían cerrado toda posibilidad a la ingesta de comida y también, por suerte, al uso del inmundo evacuatorio a disposición de los presos.  Hasta que estuvo finalmente en su casa, sólo humo y jugos gástricos habían entretenido su aparato digestivo; el inodoro tuvo que esperar un poco más.

Sí, hoy está libre, gracias a los resultados de las pruebas criminológicas y también a la buena voluntad expresada en el apoyo de sus amigos.  Pero todavía no termina de asimilar la experiencia y mucho menos lo ha abandonado la duda sobre el significado de las últimas palabras escuchadas en la residencia rusa.  Particularmente la palabra “uzi”, tan cerca de la expresión “pun, pun, pun”.

De hecho, Carlitos piensa que si lograra por algún medio cobrar su trabajo, cambiaría su pequeño carro antes de salir a comprar un diccionario ruso.  No sin antes revisar muy bien el vehículo, por si acaso.


Publicado en 2003.

Lalín y el maestro (2002)

Lo vi hace poco, por supuesto, en el entierro de alguno de los innumerables parientes comunes, y se lo presenté a mi esposo.  Seguía igual que hace veinte años, más pálido que blanco, corto de estatura y sin una sola cana que destacara en su negrísimo cabello lacio. 

Mi esposo, que en alguna ocasión me había escuchado mencionarlo, se interesó por este llamativo personaje que le había entregado, al mismo tiempo y con la mayor naturalidad del mundo, sus dos tarjetas de presentación: Lalín, presidente de una funeraria en Santiago y Lalín propietario de una fábrica de hamburguesas localizada justo detrás.

Entonces me hizo repetirle la anécdota de Lalín y el precoz y famoso músico vegano radicado en Santiago y fallecido a mediados de los años setenta.

En ese entonces la funeraria de Lalín en la ciudad corazón aún daba sus primeros pasos, por lo que no contaba entre sus activos con más de un carro fúnebre, que era a la vez vehículo familiar, y unos pocos ataúdes que incluso, en ocasiones, escaseaban. 

Con la muerte del compositor, Lalín fue llamado de urgencia a prestar sus servicios fúnebres.  Una de sus tareas consistió en transportar el cadáver a todo lo largo de la autopista Duarte, hasta Santiago, en medio de la noche.

Al aceptar el encargo, Lalín no reparó en la “minucia” de que no quedaba en su establecimiento una sola caja mortuoria y, sin perder un minuto de tiempo, se dispuso a recoger su ilustre carga y acomodarla dignamente en el asiento trasero de su vehículo.

Habiendo recorrido unos cuantos kilómetros de trayecto encontró un guardia que “pedía bola” a un lado de la carretera y lo recogió, abriéndole la puerta delantera.  Calculó que la conversación que entablaría con su pasajero lo ayudaría a entretenerse hasta su destino.   El militar dio las buenas noches con cortesía y, ocupando el asiento libre junto al conductor, agradeció el gesto.

Ciertamente, la conversación fluyó ágil y amena hasta llegar a la famosa “parada” del pueblo de Bonao donde ambos hombres desmontaron a comprar café.   De regreso a la carroza, el guardia le preguntó a Lalín ¿por qué no le llevamos un vasito de café al señor que viene durmiendo detrás?

Y Lalín, con la llaneza que le caracterizaba, le respondió: ¡qué café ni qué ocho cuartos!, ¡ese es don fulano, que se acaba de morir en la capital y tengo que llevarlo a Santiago!

Al voltear, el guardia ya no estaba.  No le valió a Lalín llamarlo insistentemente. 

Tuvo que sacar el bulto del militar y dejarlo en medio del estacionamiento con la esperanza de que en algún momento regresara a recoger sus cosas.

Y de nuevo tomó su ruta hacia el Cibao con el maestro sentado, muy calladito, en el asiento de atrás.


Publicado en 2002.

El heladero silbaba (2004)


El heladero silbaba, mientras pedaleaba todos los días su peculiar triciclo abastecido de frías golosinas que ofrecía a la venta en su variado periplo por la ciudad.  Una sombrilla de vistosos colores incrustada cerca del timón lo protegía aceptablemente del sol.  Con la lluvia era distinto, especialmente cuando estaba acompañada de brisa, lo que no era raro en este país tropical; cualquier chubasco lo obligaba a refugiarse bajo el techo de un estacionamiento próximo. 

Meses antes podía mantener su humilde familia vendiendo helados, pues en las urbanizaciones de clase media que recorría siempre había niños que, al escuchar su pito característico, salían de las casas con algunas monedas para comprar.  Regresaba a su hogar cerca de las siete con el dinero suficiente para disponer los alimentos del día siguiente y, a veces, hasta con algo más. 

Sin embargo su situación cambió de repente.  Tan rápido, que por momentos no entiende qué diablos pasa en el colmado que “el diario” no le rinde.  El heladero ahora hace un recorrido más amplio, pedalea con más prisa su triciclo e inventa nuevos ruidos para llamar la atención, pero aún así sus ventas resultan escasas para sus necesidades.  Por eso, aunque desde antes termina el día agotado, ahora se esfuerza un poco más alargando su jornada.

Ayer, por ejemplo, pasó por el ensanche Julieta mucho después de las siete con su carga casi completa.  Una llovizna pertinaz no logró que detuviera su marcha a esa hora, a pesar de un catarro viejo que le molestaba desde que empezó diciembre.  La cosa ya no está para ñoñerías, se dijo.  La pendiente de la calle doce era empinada y por eso el trabajo de pedalear se hacía pesado.  Sería un alivio lograr vender algunas paletas antes de la noche.

Entonces escuchó que le devolvían su silbido y se animó.  Aunque no vio nadie, se desmontó de su vehículo poniendo el pie derecho tras una de las ruedas para evitar un deslizamiento inoportuno y buscó con la mirada en todas direcciones.  Silbó de nuevo, y de nuevo le respondieron.  Parece que a última hora sí voy a hacer alguna buena venta por aquí, pensó, escudriñando en la mediana oscuridad el origen del llamado.

Se mojaba la espalda con lo que ya era un aguacero, pero no le importaba.  Con lo que vendiera podría hacer algún abono a la deuda del colmado.  Empezó a caminar cuesta arriba empujando su carrito y silbando con toda la fuerza que podía.  La sonora señal se reproducía con la misma intensidad.  Estaba seguro de que alguien realmente quería helados a esa hora y siguió buscando la procedencia del pito.  Subió jadeando casi hasta el final de la calle y entró a un edificio de apartamentos pitando todavía.  Recibía una respuesta tan constante que era casi un eco.  Pero nadie apareció.

Entonces se impacientó.  Dejó de silbar y gritó: ¡heladero!

Un extraño silencio siguió su grito.  Esperaba escuchar un ¡aquí! o algo similar que le indicara a dónde dirigirse.  Con la camisa pegada al cuerpo y la brisa batiendo la sombrilla multicolor gritó de nuevo: ¡heladero! Y entonces una voz que no era humana le respondió.  Desde el mismo lugar de procedencia del pitido un sonido chillón atravesó la lluvia al llegar a sus oídos. 

¡Cuca! Fue la respuesta. 

El heladero se quedó paralizado por un momento.  Luego se dejó caer exhausto sobre el sillín y se apartó bruscamente el agua que había cubierto su cara.  Me jodió una cotorra, coño, murmuró para sí, y emprendió el camino de su casa con la lentitud natural de un cansancio de años.  Cuesta abajo, en la oscuridad de la noche, no se podía saber si eran lágrimas lo que daba brillo a su mirada.

Mientras pensaba en la conversación que necesariamente tendría con el dueño del colmado para pedir una extensión de su crédito, escuchaba la voz aguda que gritaba ¡cuca! cada vez más lejos, cada vez más insistente.  Y calculaba cómo buscarle una vuelta a los intereses de todos sus otros préstamos con el grito de ¡cuca! persiguiendo el rastro de su triciclo.

La cotorra seguía gritando incontestada, supongo que buscando también, a su manera, solución a sus propios problemas de existencia monótona. 

Publicado en 2004.

El nacimiento de los ahorcados

La pequeña manita agarró rápidamente la Virgen María, vestida con un largo mantón azul, y la levantó hasta situarla frente a frente al trío de Reyes Magos que rodeaba al niño Jesús.  Con fuerza la estrelló de cabeza contra cada una de las figuras hasta derribarlas y, en un movimiento veloz, alzó al pequeño niño, transportándolo por los aires, junto a la súper mujer de capa azul de su imaginación, hasta colocarlo a buen resguardo en la rama del árbol navideño que más esfuerzo le costó alcanzar.

“Mijo, ¿qué estás haciendo?”  Le preguntó su mamá, con toda la sorpresa del mundo estampada en su cara.  “Rescatando al bebé de los malos, que se lo quieren robar”, respondió el hijo, con la naturalidad más espléndida y la sonrisa más generosa; mientras continuaba su juego con el nacimiento, concentrado en descifrar las funciones y los códigos de cada uno de sus componentes, los posibles explosivos en brazos de “los malos” y hasta la utilidad posterior del shinai o catana en poder de ese barbudo con cara de bueno que su mamá llamaba San José.

Días más tarde una tía entró de visita, y su reacción fue casi nerviosa ante la visión que le dio la bienvenida:  de la parte más baja del árbol colgaban por el cuello, atados con hilo de coser a la extensión de luces, varios G I Joe, un Cobra, un Conan y otros héroes de acción sin nombre, con los pies rozando, casi, el musgo artificial que cubría el techo del pesebre.  El sobrino hizo caso omiso a la pregunta inevitable, y la tía se conformó con apodar la escena como “el nacimiento de los ahorcados”. 

Posteriormente hicieron su aparición las Tortugas Ninja.  Sobre la guajaca que rodeaba el Belén, la madre había dispuesto figuras de animales suficientes para escenificar el establo que, según la Biblia, había servido de primer refugio al niño Dios.  El hijo completó el cuadro colocando alrededor las piezas de sus juegos que le parecieron ausentes: banderas, dinosaurios morados, barricadas, tanques de guerra y demás, y, cabalgando sobre vacas y camellos, Rafael, Michaelangelo, Leonardo y Donatello, las cuatro tortugas ninja adolescentes, con su verde rostro cubierto a medias con antifaces de colores.

Al llegar la nochebuena, todo el nacimiento se encontraba situado; dominado por la parte exterior con varios monstruos tenebrosos y dos gigantescos Robots, rojo y azul, (bautizados con los nombres de Pina y Vincho); a media distancia, un enorme batallón de Caballeros del Zodíaco junto a tres o cuatro de los protagonistas de la Guerra de las Galaxias; y finalmente al centro, muy cerca de los ahorcados, varios “hombres araña” de distintos tamaños descansaban sobre un vehículo de un mutante X-Men.

La madre no tuvo corazón para desarmar aquel mundo fabuloso de poderes extraordinarios y valerosas acciones de rescate y liberación en bien de la humanidad.  El niño Jesús tuvo que pasar la víspera de su nacimiento acurrucado sobre un falso tallo de pino, bien escondido tras una bola de metal.  Y por esa vez, la súper heroica raza de los transformers se alió a las bestias, la infantería, los insectos y los mutantes para esperar, en guardia, la sigilosa llegada de Santa Claus.

Por cierto, “Santa”, que no es ningún quinceañero y ya tiene panza, tuvo que realizar silenciosas contorsiones la noche de navidad, tratando de ubicar los regalos en medio de tal instalación.  Y casi se mata al resbalar con un diminuto Jedi, que se había deslizado estratégicamente fuera del infantil montaje.


Publicado en el periódico HOY el 8 de diciembre de 2004

QUINCE AÑOS


“Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia.”
(Pablo Neruda, 1971)

Hace casi quince años de aquella mañana en que me desperté con el inusual sonido de música en mi apartamento de joven divorciada.  Salí en pijamas, curiosa, hasta la sala y te vi (para mi sorpresa porque habíamos discutido la noche anterior), sentado en un sillón, esperando pacientemente que me levantara. 

Cuando, (por fin), me pediste amores, te dije de inmediato que sí y con un beso empezamos la más larga sesión de ternura que soy capaz de recordar.  Fue un día inolvidable de estímulos y nerviosismo, de caricias esmeradas y provocadoras.  Todo un día.  La noche (y el secreto con ella) llegó demasiado tarde para nuestra impaciencia. 

Te había imaginado cándido e inexperto (porque eras tres años menor que yo) pero, en la oscuridad más radical, me sorprendiste hábil y avezado.  Y cuando la claridad de la madrugada empezó a dejarnos ver las sombras mutuas, culminaste el más dilatado y próspero enredo sensual de mi memoria.  Apresaste mi juicio desde entonces con tu seducción copiosa y exquisita (por supuesto, también con el intermedio y la sorpresa de invitarme a jugar, y aquella conclusión que, más que fin, fue una garantía de continuidad).

Contigo y tus afanes no pudieron las diferencias de criterios, los pleitos naturales, ni siquiera las agresiones que con cierta frecuencia llegaron desde fuera.  Ni los años transcurridos, el trabajo en ocasiones excesivo, ni tampoco unos cuantos momentos de temperancia financiera (quizás sólo las eventuales enfermedades de los hijos).  Simplemente te proponías emparejarte y te embarcabas en la aventura laboriosa de hacer rodar mis rabietas junto a mis ropas.  (Y lo conseguías).  Entonces todo lo demás adquiría un espacio secundario.

Hoy, (un sábado como cualquier otro), a casi quince años y tanto transcurrir después, desayunaste conmigo en la cama y te quedaste, como siempre, apretando mis piernas con tus piernas.  Esta vez buscaste aceite, sensual y oloroso, y me desnudaste.  No tengo idea del tiempo que pasaste rodando tus manos por mi cuerpo, pero me agasajaste en tantas partes, íntimas y recónditas, que me inundaste de ansiedad por ti, como la primera vez (y como tantas veces).  Al llegar el mediodía (hora de comida), tuvimos que buscar en la nevera algo que recalentar para regresar a descansar.

Nuestros encuentros íntimos son todavía de pasión atrevida (seguimos inventando a pesar de canas y estrías) y aún sigo intoxicada de alguna clase de vicio por esos preámbulos que has diseñado para develar el apetito de enlazar nuestras humedades y temperaturas. 
Supongo que los años harán más tarde reposar tus esmerados detalles y tu invicta robustez, pero por ahora, (a quince años y sin saber qué nos espera en lo adelante) compinche y cómplice en cada lid, te sigo disfrutando. 

Publicado en el periódico HOY el 5 de julio de 2002

Llanto tras el ataúd

Aunque todavía le quedaba algo del mareo de los tragos de la noche anterior, decidió de todas formas coger una guagua hasta Puerto Plata.  Hacía muchas semanas que no veía a sus hermanas y le hacían falta, sobre todo en estos momentos en que se sentía que la resaca, en su crueldad, se ensañaba particularmente contra ella.

Compró una cerveza en la primera de las paradas regulares que hacía este tipo de transporte durante su ruta; claro que bien fría, porque estaba segura de que era el mejor remedio para su jaqueca.  Nada para desayunar, porque la acidez de su estómago no lo soportaría.  Otra más en la segunda y así, entre paradas, baños públicos y cervezas, llegó a su pueblo muy poco después del mediodía.  Dio una fugaz ojeada al polvoriento y estrecho camino frente a la estación en lo que se desperezaba bajo el sol, y, mientras sacudía el calambre de su pie derecho, paseó su mirada inquisidora por los alrededores del parqueo.  No vio nadie conocido, por lo que se dispuso dirigirse caminando hasta el apartamento de Ivonne e Ivette.  Al llegar, pensó, comería alguno de esos guisos criollos y dormiría una siesta. 

Sin embargo, no bien empezaba su trayecto por los barrios del caluroso pueblo, cuando encontró un nutrido grupo de personas que, de luto y llorosas, entraban y salían de una de las muchas viviendas que se apiñaban calle tras calle, unas junto a otras, pintadas todas en similares colores pasteles.  Curiosa, llevando aún puesta la ropa oscura de la noche previa, resolvió husmear en el velorio que obstaculizaba su rumbo.

Inmensa fue su sorpresa cuando se acercó al ataúd.  El difunto, un señor que en apariencia rondaba los setenta años, era idéntico a su padre, quien había fallecido varios lustros atrás, cuando todavía Elena era una adolescente.  De inmediato las lágrimas se abrieron paso a través de sus ojos que miraban espantados aquella visión, aquel cadáver pálido que se apresuró a tocar para conjurar cualquier nueva jugada de su imaginación.  La mano fría que salía de las mangas de un traje negro la convenció de que Dios le daba otra oportunidad de llorar a su papá.  Y lo lloró, con idéntica emoción que antes, acariciando filialmente los dedos inertes.

Todos los presentes se compadecieron al ver esta desconocida que, inclinada sobre la humilde caja mortuoria, sollozaba con genuino dolor por su pariente;  muchos se acercaron a ella a inspirarle conformidad con frases amables.  La confusión que experimentó con la bondad de las palabras ajenas intensificó sus abundantes lágrimas, transformándolas en sollozos desesperados.  Le ofrecieron una silla y un vaso de agua mientras la abrazaban reconfortantes.  Sin embargo, a su juicio, los brazos que la rodeaban, más que inquisidores o preocupados, le parecieron amigos, tíos, hermanos que, tratando de tranquilizarla, revivían su poderosa necesidad de desahogarse, y entonces su aflicción se convirtió en llanto franco e incontrolable.

No pudo más.  Salió atropelladamente de la casa en busca de una floristería porque, reflexionó, un simbólico ramillete sería una forma de decirle a su padre aquí estoy, y a la vez agradecer la calidez con que fue acogida en aquel triste hogar.  Cerca, en alguna de esas calles gemelas encontró una, tras un letrero despintado, y entró, sin dejar de ocultar el rojo en sus ojos tras sus fieles lentes de sol. 

Con voz compungida le pidió a la dependienta una corona funeraria y, luego de pasar velozmente la vista sobre los distintos tamaños y precios, se decidió por una pequeña; en realidad el único tamaño que podía pagar con lo que tenía en su cartera. 

Junto a la factura le entregaron una tarjeta en blanco y un bolígrafo corriente para llenarla.  Sentada frente al mostrador cayó en la cuenta de que no sabía el nombre del muerto.  Justo en ese momento, y como para empeorar las cosas, el joven mensajero de la tienda le preguntó la dirección de destino.

Le tomó media hora explicar la situación a la estupefacta señora, que trató de fingir una comprensión que estaba lejos de sentir.  Diligente, para no perder la posibilidad de una venta rápida, le dijo que no se preocupara, que seguro se trataba de Don Fulano, señor muy conocido en la comunidad, para quien había preparado ya dos arreglos en ese día. 

Elena, un poco por la desconfianza, un poco porque deseaba volver a ver aquel rostro cerúleo que desataba tantos recuerdos, pidió acompañar al emisario del establecimiento a llevar su entrega.  La dependienta, que al cabo resultó ser la dueña, todavía confundida pero muy amable le explicó que el único vehículo que poseían era una motocicleta en la cual hacían todos los envíos. 

Sin embargo, la conmoción de Elena era tal que aquello no le importó.  Una vez listas, tomó las flores en su mano izquierda mientras levantaba una pierna para acomodarse detrás del conductor; con la derecha se agarró como pudo de su cintura sudorosa.  Miradas atónitas dieron seguimiento a su partida, embelesadas con el dorado y blanco de su cabello que se agrandaba y enmarañaba proporcionalmente al incremento en la velocidad del motor. 

A la llegada a casa de Don Fulano, corona en brazos y el pelo apuntando en todas direcciones, el ambiente le pareció distinto.  Vio que la gente se iba poniendo de pie y que algunos iban saliendo apostándose fuera de la casa.  Casi había llegado al ataúd cuando éste fue levantado por los hombres que lo cargarían hasta afuera.  Sólo alcanzó a ver un rostro de piel negra que no era como aquel que se parecía a su papá.  Una gran comitiva de familiares y amigos empezó la procesión que culminaría con el entierro de Don Fulano en el cementerio local.  Pocas personas se fijaron en Elena que, de pie en medio del salón, con ojos desorbitados auscultaba sorprendida el entorno y las personas presentes.  No reconoció a nadie.  

Sintió entonces que las flores no le correspondían a este muerto, que no era el suyo, pero asumió que era demasiado tarde ya para dar marcha atrás; el mensajero se había ido al instante mismo que había terminado de bajarse.  Su pena se agravó por el fracaso, haciendo brotar nuevamente su amargura, y lloró por su muerto.  Esta vez lloró porque no volvería a verlo, porque no pudo ni siquiera llevarle su ofrenda y porque suponía que con esa falta, de alguna forma, lo había defraudado.

Creyéndola un deudo más, la multitud la arrastró consigo en el andar tras el féretro.  Sin valor para apartarse del grupo, descompuesta y abatida, siguió junto a este muerto llorando por otro muerto, atravesando las calles del pueblo siguiendo al séquito plañidero en una dirección que ni reconocía ni le importaba ya averiguar. 

Ivonne e Ivette todavía la esperaban en el balcón de su apartamento del segundo piso cuando pasó el desfile fúnebre.  Su desconcierto fue enorme al ver a su hermana Elena bañada en lágrimas, vestida de negro pero terriblemente despeinada, sosteniendo una pequeña corona de pompones blancos y caminando detrás de un ataúd.  Murió alguien de la familia y no nos enteramos, se dijeron, mientras corrían a alcanzar la comitiva con un par de chaquetas oscuras tiradas rápidamente sobre los hombros.  Llegaron al cementerio a tiempo para escuchar en silencio la despedida y rezar los últimos avemarías con que Don Fulano era despedido de este mundo.

Al salir, cada una sostuvo a Elena por un brazo para preguntarle en susurros por la identidad del pariente fallecido.  El nombre Don Fulano no les sonaba para nada y querían saber con cuál de sus parientes políticos estaba relacionado. 

Para Elena, el contacto con sus hermanas produjo un cambio bastante brusco en su estado de ánimo.  Se quitó los lentes y secó sus lágrimas con el dorso de sus manos, sintiendo una gran alegría de volver a estar con ellas.  Recompuesta casi por completo, con la primera sonrisa del día dibujada en su rostro, procedió a narrarles con toda franqueza el trajín espiritual que recién terminaba de atravesar.

Su relato sólo fue interrumpido por las maldiciones que acompañaban las miradas fulminantes con que las hermanas la censuraban. 

Sin necesidad de acordarlo verbalmente, Ivonne e Ivette sólo esperaron que acabara la exposición.  Entonces, sin ofrecerle alimento y ni siquiera una despedida desabrida, la arrastraron hasta la estación, montándola a empujones en la primera guagua de vuelta a la capital. 

Publicado en el periódico HOY el 3 de agosto de 2002

Jocum judicium en las elecciones del CARD

Ahora recuerdo esa figura, escapada a lo ordinario, que la mañana de las elecciones del Colegio de Abogados ingería con gran fruición los restos de agua de esa fruta increíble con que los caribeños nos deleitamos a veces sobre la arena en un día de playa. 

Me parece caricaturesca su estampa deforme, de cabellos húmedos, rompiendo ansiosa el fondo del vaso plástico.  Tal vez, en su glotonería, buscaba algún trozo de pulpa de coco entre los diminutos fragmentos de hielo previamente triturados por la incansable máquina del “friero” a las puertas del Palacio de Justicia.  Mientras, varios de nosotros lo observábamos, al parecer hipnotizados por su jadeo, preguntándonos por qué no tendría a manos una toalla o, por lo menos, un pañuelo.

Tras la derrota del candidato cuya victoria el rollizo abogado tuvo la valentía de vaticinar con prepotencia, es inevitable recordar su imagen, dimensionada cual reflejos superpuestos de las antiguas casas de espejos de circos urbanos.  Y me lo imagino cansado, con el sudor recorriendo su caótica anatomía, explicándonos las razones que le llevaron a intentar alcanzar, con sus gordos dedos, el fondo de su ya casi inexistente “yun-yun” tropical: sed, agotamiento de bajar y subir incesantemente las escaleras de una edificación calurosa y repleta de ruidosos abogados, hambre eterna…

Y lo imagino llegando a su hogar, a medio despojarse de la agobiante vestimenta que le impusieron las circunstancias, con aquella pesada joroba inclinando su andar.  Y lo veo de camino al baño cuando suena su teléfono… pero anda apurado y no contesta.  Sabe, además, que es su compañero del día, única llamada que lógicamente recibirá, otra caricatura humana que nada nuevo habrá de decirle a estas horas.  Mientras tanto, busca el jabón por tercera vez entre los pliegues de su anchísimo torso, pasa balance al día electoral, y nos recuerda…

Nos miraba de reojo mientras nos asombrábamos de sus pies abiertos, su papada sudada y su beber goloso.  Nos vio pero no hizo nada, estaba acostumbrado a ser objeto de atención pero nunca se acomplejaba.  Ni siquiera cuando los limpiabotas se burlaban de sus inmensos pies.  Se sentía importante, además.  Su cercanía con el partido en el poder, por primera vez en su vida, le obligaba a ser tolerante con todos aquellos que nos desenvolvemos alejados de la gracia del PRD.

Lo único que empañó su día fue la visita de Guido.  El Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo hizo acto de presencia en las elecciones para la dirección del Colegio de Abogados y “bajó línea” ordenando votar por otro.  Aquello le hizo hundir aún más su cabeza entre los hombros, como si aquello fuera posible con tan poco cuello, y esconder discretamente en su traje azul el enorme distintivo que lo señalaba como personaje importante de la plancha Dos.  No importa, pensó en aquel momento, Mario gana como quiera.  Guido vino demasiado tarde y ya los perredeístas votaron. 

Esa noche terminó de asearse con un nuevo jabón, resignado de haber perdido para siempre el primero en alguna parte de su voluminoso y extraño cuerpo, y salió a celebrar el triunfo.  Poniéndose otra vez el traje azul, no tenía otro limpio, emprendió el camino hacia Zona Colonial, hasta las instalaciones del Colegio de Abogados.  En el trayecto hizo caso omiso de una pequeña molestia bajo la grasa que colgaba de su omóplato izquierdo.  ¿La barra de jabón? 

Allí supo de la derrota de Mario. Guido había conseguido el triunfo de Diómedes Olivares en los dos minutos que a él le había tomado ordenar su “yun-yun”.  Y pensando que perder de un compañero de partido no era tan grave, sin más comentarios que un “hasta la próxima”, salió de nuevo hacia su casa, esperando encontrar, en la ruta, otro “friero” con el que complacer, sin nuestras odiosas miradas, las ganas de agarrar y sorber la pulpa de coco que, sinuosa, suele escondérsele siempre en el último trocito de hielo de su vaso de Yun- yun.

Publicado en el periódico HOY el 31 de diciembre de 2002



TERRORISTA DOMINICANA

La sospechosa, de 40 años de edad, armada con unas peligrosas pinzas de metal similares a las utilizadas por las mujeres comunes para “sacarse las cejas”, abordó el fatídico vuelo de American Airlines la madrugada del domingo de marras en compañía de sus tres cómplices: un hombre de aproximadamente su misma edad, con quien previsiblemente contrajo matrimonio 15 años atrás y dos jovencitos, hijos de ambos, procreados con la única finalidad de no levantar sospechas llegada la hora de ejecutar sus mortíferos planes terroristas.

Ya dentro del avión, la sospechosa hizo uso de su potente arma y procedió a sacar uno a uno los ojos de todos los miembros de la tripulación, hasta llegar al propio capitán, quien, cegado por la falta de sus globos oculares, alzó el vuelo sin ver que se dirigía hacia su desgracia: una bandada de pericos verdes suicidas, en evidente componenda con la terrorista dominicana, hizo entrada triunfal en la turbina izquierda del imponente 767, provocando su explosión y la subsecuente caída del aparato, con lo que se cumplieron los planes macabros de poner así fin a la vida de los cientos de pasajeros que ese día emprendieron, inocentes, el temido viaje sin regreso.

Los investigadores nacionales e internacionales llegaron a la conclusión de que la responsabilidad de la tragedia ocurrida recaía totalmente sobre la empleada del Aeropuerto Internacional Las Américas José Francisco Peña Gómez (AILAJOFRAPEGO) quien había autorizado a la sospechosa a atravesar el área de migración sin un registro minucioso, permitiendo que la misma penetrara a la nave equipada con el arma letal causante del siniestro.  El informe rendido por las autoridades recomendó la inmediata cancelación de la referida empleada.

Este es, más o menos, la crónica periodística que de seguro tenía lugar en las meditaciones de la quisquillosa servidora pública que me despojó de mis pinzas de cejas la madrugada en que, tras varias horas de espera, salí del país junto a mi esposo y mis hijos de vacaciones. 

La señorita de seguro que tenía bastante frescas en la memoria las dolorosas imágenes del 11 de septiembre pasado, y en su fervor diligente no iba a recriminarse a sí misma el ser la causante de un hecho igual de desastroso, por lo que, guardando escrupulosa y rígidamente las nuevas reglas de seguridad impuestas por las circunstancias, acató el mandato que le prescribía la vastedad de su raciocinio, desarmándome de mi viejas pinzas de cejas.  Por supuesto, no sin antes preguntarme, muy amablemente, si tenía alguien afuera que pudiera hacerse cargo del objeto.

Teniendo en cuenta que en esos mismos días habían sido detenidas varias personas en distintos vuelos, dentro del territorio de los Estados Unidos, portando docenas de armas blancas, no puedo menos que sentirme asombrada de la eficiencia y originalidad del sistema de seguridad dominicano.

En tal virtud, me siento obligada a recomendar a los cuerpos de seguridad extranjeros a sopesar la idea de tomar talleres prácticos con el eficaz y activo personal de nuestros aeropuertos, en aras del bien y la paz mundial; al mismo tiempo, siento el compromiso ineludible de dar a conocer esa heroína anónima que en el cumplimiento de su deber, salvó a la patria de una nueva catástrofe nacional.

Y, por supuesto, agradecerle haberme provisto de la excusa ideal para estrenar una nueva moda.

Publicado en el periódico HOY el 7 de diciembre de 2001.

Un atardecer en Mykonos


Había pasado la tarde buscando a Pedro. Desde que llegué, empecé a preguntar por él en todas partes; incluso desde el mismo puerto había estado buscándolo con la mirada, tratando de divisar su famosísima figura entre las blanquísimas casas de la ciudad de Jora. 

Subí y bajé las estrechas calles de piedra.  Recorrí el pequeño barrio de Alefkandra, invadido casi por el impecable azul de las aguas profundas del mar circundante.  Me asomé a los brillantes balcones floridos de trinitarias, di la vuelta a los cuatro antiguos molinos que enfrentaban el viento aún en su inmovilidad, metí mi cabeza por las ventanas de una o dos de las diminutas iglesias de cúpulas coloreadas y entré a los comercios.  En todos lados pregunté por Pedro. 

En la última tienda de artesanías, luego de conquistar la simpatía de la dependienta con la adquisición de una pulsera de plata y caucho, me dieron la clave de su paradero; no sin antes advertirme:  “It’s not easy.  He is a celebrity, you know”.  Pero encontrar esa celebridad fue fácil, una vez localizado el lugar correcto.  Hacia allá caminé.  Hacia donde podía aspirarse la sal marina al ritmo de la vida local.

En el embarcadero, entre los pescadores que recogían sus aparejos y las numerosas barcas pesqueras de vivos colores, entre incontables patos y palomas que pescaban trozos de pan en cacharros de agua dulce cuidadosamente dispuestos, entre turistas y parroquianos confundidos en una babel de palabras, estaba Pedro.  Paseaba en la arena, junto a un viejo muelle de cemento que entraba en el agua transparente de la playa Perrí, donde una pareja joven se acariciaba, susurrándose incesantemente “sagapo poli”.

Me acerqué a él, feliz de encontrarlo.  Pero empezó a caminar entre la gente que lo seguía, con aires de estar disfrutando las expresiones de admiración que le eran lanzadas.  Casi altanero, a Pedro yo también lo seguí, bastante cerca de él, desde la orilla del mar hasta la pintoresca taberna por donde atravesó con paso orgulloso.  Lo seguí por la arena y entre los bares, tratando de tocarlo, hasta que se internó en la callecita empedrada de las dulcerías.  Allí se me perdió, entre la multitud que, igual que yo, pretendía al menos fotografiarlo.

Me ubiqué entonces en uno de los bares junto al mar a esperar la noche, preguntándome dónde iría Pedro a descansar.  Pedí un Ouzo con hielo, que tomé demasiado rápido, y luego un par de copas de un suave vino blanco griego.  Encendí un Karelia Blue justo cuando empezaba a ocultarse el sol.  Entre el humo del cigarrillo y los colores nostálgicos de un atardecer que nunca había visto, pensé que el invierno estaba por llegar, y me entristecí por Pedro.  ¿Quién cuidaría de él?

Llegó la noche y con ella, el momento inevitable de partir.  Sin ganas, terminé mi copa y me despedí en silencio de Pedro.  Me dolió la certeza de que nunca volvería a verlo otra vez.

Petrus, el grandioso pelícano de Mykonos, se quedó en mi recuerdo.  Su foto adorna hoy el fondo de pantalla de mi computadora.  Y me siento aliviada de saber que, a pesar del clima de su hábitat, ahora probablemente frío, Petrus el pelícano tiene el privilegio de vivir tranquilo en Mykonos, la más bella de las Cicladas del mar Egeo. 

Publicado en el Periódico HOY el 28 de noviembre de 2004