Aunque todavía le quedaba algo del mareo de los tragos de la noche anterior, decidió de todas formas coger una guagua hasta Puerto Plata. Hacía muchas semanas que no veía a sus hermanas y le hacían falta, sobre todo en estos momentos en que se sentía que la resaca, en su crueldad, se ensañaba particularmente contra ella.
Compró una cerveza en la primera de las paradas regulares que hacía este tipo de transporte durante su ruta; claro que bien fría, porque estaba segura de que era el mejor remedio para su jaqueca. Nada para desayunar, porque la acidez de su estómago no lo soportaría. Otra más en la segunda y así, entre paradas, baños públicos y cervezas, llegó a su pueblo muy poco después del mediodía. Dio una fugaz ojeada al polvoriento y estrecho camino frente a la estación en lo que se desperezaba bajo el sol, y, mientras sacudía el calambre de su pie derecho, paseó su mirada inquisidora por los alrededores del parqueo. No vio nadie conocido, por lo que se dispuso dirigirse caminando hasta el apartamento de Ivonne e Ivette. Al llegar, pensó, comería alguno de esos guisos criollos y dormiría una siesta.
Sin embargo, no bien empezaba su trayecto por los barrios del caluroso pueblo, cuando encontró un nutrido grupo de personas que, de luto y llorosas, entraban y salían de una de las muchas viviendas que se apiñaban calle tras calle, unas junto a otras, pintadas todas en similares colores pasteles. Curiosa, llevando aún puesta la ropa oscura de la noche previa, resolvió husmear en el velorio que obstaculizaba su rumbo.
Inmensa fue su sorpresa cuando se acercó al ataúd. El difunto, un señor que en apariencia rondaba los setenta años, era idéntico a su padre, quien había fallecido varios lustros atrás, cuando todavía Elena era una adolescente. De inmediato las lágrimas se abrieron paso a través de sus ojos que miraban espantados aquella visión, aquel cadáver pálido que se apresuró a tocar para conjurar cualquier nueva jugada de su imaginación. La mano fría que salía de las mangas de un traje negro la convenció de que Dios le daba otra oportunidad de llorar a su papá. Y lo lloró, con idéntica emoción que antes, acariciando filialmente los dedos inertes.
Todos los presentes se compadecieron al ver esta desconocida que, inclinada sobre la humilde caja mortuoria, sollozaba con genuino dolor por su pariente; muchos se acercaron a ella a inspirarle conformidad con frases amables. La confusión que experimentó con la bondad de las palabras ajenas intensificó sus abundantes lágrimas, transformándolas en sollozos desesperados. Le ofrecieron una silla y un vaso de agua mientras la abrazaban reconfortantes. Sin embargo, a su juicio, los brazos que la rodeaban, más que inquisidores o preocupados, le parecieron amigos, tíos, hermanos que, tratando de tranquilizarla, revivían su poderosa necesidad de desahogarse, y entonces su aflicción se convirtió en llanto franco e incontrolable.
No pudo más. Salió atropelladamente de la casa en busca de una floristería porque, reflexionó, un simbólico ramillete sería una forma de decirle a su padre aquí estoy, y a la vez agradecer la calidez con que fue acogida en aquel triste hogar. Cerca, en alguna de esas calles gemelas encontró una, tras un letrero despintado, y entró, sin dejar de ocultar el rojo en sus ojos tras sus fieles lentes de sol.
Con voz compungida le pidió a la dependienta una corona funeraria y, luego de pasar velozmente la vista sobre los distintos tamaños y precios, se decidió por una pequeña; en realidad el único tamaño que podía pagar con lo que tenía en su cartera.
Junto a la factura le entregaron una tarjeta en blanco y un bolígrafo corriente para llenarla. Sentada frente al mostrador cayó en la cuenta de que no sabía el nombre del muerto. Justo en ese momento, y como para empeorar las cosas, el joven mensajero de la tienda le preguntó la dirección de destino.
Le tomó media hora explicar la situación a la estupefacta señora, que trató de fingir una comprensión que estaba lejos de sentir. Diligente, para no perder la posibilidad de una venta rápida, le dijo que no se preocupara, que seguro se trataba de Don Fulano, señor muy conocido en la comunidad, para quien había preparado ya dos arreglos en ese día.
Elena, un poco por la desconfianza, un poco porque deseaba volver a ver aquel rostro cerúleo que desataba tantos recuerdos, pidió acompañar al emisario del establecimiento a llevar su entrega. La dependienta, que al cabo resultó ser la dueña, todavía confundida pero muy amable le explicó que el único vehículo que poseían era una motocicleta en la cual hacían todos los envíos.
Sin embargo, la conmoción de Elena era tal que aquello no le importó. Una vez listas, tomó las flores en su mano izquierda mientras levantaba una pierna para acomodarse detrás del conductor; con la derecha se agarró como pudo de su cintura sudorosa. Miradas atónitas dieron seguimiento a su partida, embelesadas con el dorado y blanco de su cabello que se agrandaba y enmarañaba proporcionalmente al incremento en la velocidad del motor.
A la llegada a casa de Don Fulano, corona en brazos y el pelo apuntando en todas direcciones, el ambiente le pareció distinto. Vio que la gente se iba poniendo de pie y que algunos iban saliendo apostándose fuera de la casa. Casi había llegado al ataúd cuando éste fue levantado por los hombres que lo cargarían hasta afuera. Sólo alcanzó a ver un rostro de piel negra que no era como aquel que se parecía a su papá. Una gran comitiva de familiares y amigos empezó la procesión que culminaría con el entierro de Don Fulano en el cementerio local. Pocas personas se fijaron en Elena que, de pie en medio del salón, con ojos desorbitados auscultaba sorprendida el entorno y las personas presentes. No reconoció a nadie.
Sintió entonces que las flores no le correspondían a este muerto, que no era el suyo, pero asumió que era demasiado tarde ya para dar marcha atrás; el mensajero se había ido al instante mismo que había terminado de bajarse. Su pena se agravó por el fracaso, haciendo brotar nuevamente su amargura, y lloró por su muerto. Esta vez lloró porque no volvería a verlo, porque no pudo ni siquiera llevarle su ofrenda y porque suponía que con esa falta, de alguna forma, lo había defraudado.
Creyéndola un deudo más, la multitud la arrastró consigo en el andar tras el féretro. Sin valor para apartarse del grupo, descompuesta y abatida, siguió junto a este muerto llorando por otro muerto, atravesando las calles del pueblo siguiendo al séquito plañidero en una dirección que ni reconocía ni le importaba ya averiguar.
Ivonne e Ivette todavía la esperaban en el balcón de su apartamento del segundo piso cuando pasó el desfile fúnebre. Su desconcierto fue enorme al ver a su hermana Elena bañada en lágrimas, vestida de negro pero terriblemente despeinada, sosteniendo una pequeña corona de pompones blancos y caminando detrás de un ataúd. Murió alguien de la familia y no nos enteramos, se dijeron, mientras corrían a alcanzar la comitiva con un par de chaquetas oscuras tiradas rápidamente sobre los hombros. Llegaron al cementerio a tiempo para escuchar en silencio la despedida y rezar los últimos avemarías con que Don Fulano era despedido de este mundo.
Al salir, cada una sostuvo a Elena por un brazo para preguntarle en susurros por la identidad del pariente fallecido. El nombre Don Fulano no les sonaba para nada y querían saber con cuál de sus parientes políticos estaba relacionado.
Para Elena, el contacto con sus hermanas produjo un cambio bastante brusco en su estado de ánimo. Se quitó los lentes y secó sus lágrimas con el dorso de sus manos, sintiendo una gran alegría de volver a estar con ellas. Recompuesta casi por completo, con la primera sonrisa del día dibujada en su rostro, procedió a narrarles con toda franqueza el trajín espiritual que recién terminaba de atravesar.
Su relato sólo fue interrumpido por las maldiciones que acompañaban las miradas fulminantes con que las hermanas la censuraban.
Sin necesidad de acordarlo verbalmente, Ivonne e Ivette sólo esperaron que acabara la exposición. Entonces, sin ofrecerle alimento y ni siquiera una despedida desabrida, la arrastraron hasta la estación, montándola a empujones en la primera guagua de vuelta a la capital.
Publicado en el periódico HOY el 3 de agosto de 2002
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