No son dominicanos
Los amigos y los no tan amigos con quienes comparto a veces tantas ideas, me pueden crucificar, si quieren, pero cierta visión de la relación Haití – República Dominicana que a veces me sorprende en algunas de sus expresiones, no la comparto. Para nada. Los que me conocen saben que, al igual que ellos, me hiere el dolor de otro, el hambre de otro, la pobreza de otro. Pero igual me hiere la crueldad sanguinaria e indolente con esos otros seres tan vivos como nosotros, pero aún más indefensos, que pueblan el mundo animal y los recursos del medioambiente.
Por eso, entre otras razones que como abogada educada por los mejores maestros de las universidades dominicanas han modelado mi pensamiento jurídico, mi postura en este tema. Que es la misma postura del Poder legislativo, que ha hecho la sabia Ley General de Migración vigente, del Poder Judicial, que la ha ratificado como buena y válida en una de las pocas sentencias valiosas que ha dado en la última década, y del Poder Ejecutivo, que ha declarado su aquiescencia a los otros dos, aunque aún esté pendiente la aprobación de un necesario Reglamento de Migración. La Constitución más reciente termina de poner el punto final a cualquier discusión jurídica al respecto. Los hijos de personas ilegales que nacen en República Dominicana no son dominicanos.
Los haitianos son sujetos de los mismos derechos humanos que el resto de la humanidad. Merecen oportunidades, desarrollo, crecimiento y colaboración internacional. Pero no son dominicanos. Aunque vengan en “gira” a parir al territorio de la República Dominicana o aunque “se la busquen” en el país. No son dominicanos porque cada país es soberano en decidir a quién corresponde dicha nacionalidad. Y el país ha decidido. A través de sus representantes elegidos directa e indirectamente, selló la discusión hace varios años.
Por demás, no debe corresponder tampoco la nacionalidad dominicana a quienes emigran en masa hacia el territorio con la solo intención de depredarlo porque ya en el suyo no queda nada más que depredar; ni a quienes practican una religión primitiva y sangrienta, ni a quienes depredan como plaga los recursos naturales, comiéndose perros y gatos, especies marinas y aves nativas y migratorias. No le corresponde a quienes destruyeron a pedradas el último nido de Halcón Peregrino que existía en el Parque Jaragua para almorzarse sus pichones, ni a quienes destruyen los Haitises, los parques nacionales y toda clase árboles y ecosistemas en la forma más brutal para preparar carbón vegetal o para hacer conucos, constituyendo una amenaza para la preservación del medio ambiente y los recursos naturales.
No corresponde la nacionalidad dominicana a quienes invadieron áreas protegidas causando daños en más de 50 acuíferos, emprendiendo acciones de pesca con métodos brutales prohibidos por la ley, asesinando especies marinas en vías de extinción. No le corresponde a quienes portan sierras, sinfines, plantas eléctricas, hachas, machetes, revólveres, pistolas, escopetas y rifles de perdigones para la despiadada cacería de aves y hasta de animales de compañía.
Tampoco debería corresponder a los malos dominicanos que cometen similares atropellos. Pero, menos mal que son menos pues, aunque muy despacio, secciones de la población dominicana van aprendiendo, y van naciendo de a poquito los grupos, organismos e instituciones de enfoque ético al tratamiento de la fauna y la flora nacional. Al revés que en Haití.
A esos haitianos no se les hace daño al no regalárseles la nacionalidad dominicana. Al fin y al cabo la República Dominicana para ellos sólo es una gran despensa viva que les queda a la mano al agotarse la propia. La nacionalidad conlleva respeto por los recursos, sentido de futuro de un país, arraigo y pertenencia. Los haitianos, por mucho que quieran venir, no sienten por el lado este de la isla ninguna de esas preocupaciones. República Dominicana sólo les importa en la medida en que pueda satisfacer sus necesidades elementales sin comprometerlos a trabajar por un mañana. Y así no se puede ser dominicano.
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