El esnobismo que los caracterizaba los llevó a planificar una de esas fiestas, comunes en las playas de los Estados Unidos, donde los invitados bailaban y se divertían por horas interminables en trajes de baño junto al mar. Sólo que en esa ocasión había, además, una piscina, la cual constituyó el centro y alma de la noche y, entre otras cosas, el cofre de los secretos mejores guardados del grupo familiar.
Coco Palooza, llamaron la fiesta, en alusión a una muy conocida serie de festivales itinerantes de música rock llamada Lollapalooza, tan exitosa, que dio lugar a una moda donde todo llegó a denominarse “algo-palooza” (aquapalooza, wrestlepalooza, café palooza…). En este exotismo, como les resultaba lógico, no se quedaron atrás.
La promocionaron en la prensa escrita y televisada; colocaron afiches en los más importantes centros comerciales y discotecas de la capital; y hasta en los principales colegios y universidades privadas circularon los volantes. Toda la juventud dominicana sabía de la fiesta, toda los “niños bien” quisieron ir. Pero el precio que asignaron al derecho de entrada decretó que sólo tuvieran asegurada su participación aquellos con mayor poder adquisitivo, quienes en su círculo social, al fin y al cabo, no eran pocos.
La esperada tarde llegó, y con ella llegaron a la mansión de Villas de Mar cientos de caros vehículos de alto cilindraje, lentes oscuros y ropa de costosas marcas cubriendo apenas los cuerpos de los jóvenes presumidos que iban llenado todos los rincones del lugar. Las orquestas ya habían descargado sus instrumentos y empezaban los preparativos. También los corresponsales de la televisora que trasmitiría el evento a nivel internacional.
Un guardián privado, el hombre pobre que siempre quiso ser policía en su pueblo, cuidaba el inmueble en ausencia de su propietario. Fue informado del festejo a la llegada de los hijos del dueño, ese mismo día, y disimuló su sorpresa bastante mal. No sabía si su patrón había dado su autorización ni cuál se suponía que debía ser su papel en cualquier caso. Antes de que le diera tiempo a preguntar, ya sus interlocutores se habían incorporado a los numerosos grupos que habían conseguido entrar.
La bebida y la música se desplegaron al mismo tiempo. Con ellas, los bailes, los cigarrillos, los brazos por las cinturas. El colorido de los trajes de baño se extendió dentro y fuera del agua. Y las risas subieron el volumen en la misma proporción en que las orquestas se despabilaron, tumbando al piso las partes superiores de los bikinis.
Confundido por el ruido, por los olores mezclados de humo y perfume, por el constante ir y venir de jóvenes cargados de bolsos, toallas y pastillas, buscó con rostro preocupado al hijo mayor de la casa. Pero encontrarlo entre tantas figuras similares era muy difícil. Con su escopeta al hombro penetró en el mismo meollo del placer, donde ya se sentía el calor de cuerpos junto a cuerpos, de cuerpos sobre cuerpos.
Algunos de los muchachos resintieron su presencia. Envalentonados y desinhibidos por alguna sustancia, se dirigieron a él con altanería, reclamando su desaparición. El guardián, el hombre que siempre quiso ser policía, se ofendió con el trato que entendió irrespetuoso de su posición y demandó consideración a su autoridad. Los muchachos se burlaron. Las risas de sus burlas opacaron las risas del regocijo general. Otros más se acercaron, con ellos también los hijos del dueño, y la mofa encontró aquiescencia en su concurrencia activa.
Los miembros del Destacamento de Policía de Villas del Mar no esperaron ningún legista para extraer el cadáver del guardián la mañana siguiente. Los padres de los muchachos que quedaron en la fiesta hasta el final se hicieron cargo de la molesta burocracia que rodeaba este tipo de inconvenientes, como un cadáver que aparece accidentalmente en el fondo de una piscina, mientras sus hijos recuperaban, abandonados al sueño, las horas perdidas la noche anterior.
Naturalmente que ni hubo expediente. Mucho menos arrestos, interrogatorios, citaciones o investigación alguna. Los participantes continuaban sus vidas despreocupados, asistiendo a sus costosas universidades de la capital, mientras pasaba el tiempo de la prescripción legal sobre la tumba humilde de alguien que quiso ser policía.
Hoy, transcurridos más de diez años, sus protagonistas conversan inexpresivamente, sin riesgos ni remordimientos, sobre el anodino incidente. Y ejerciendo sus profesiones bajo la consentidora mirada de las cámaras de la crónica social criolla, casi lo han olvidado.
Publicado en el periódico HOY el 20 de marzo de 2003.
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