jueves, 8 de septiembre de 2011

El Problema de la delincuencia y NO A LA DELINCUENCIA


La delincuencia en la República Dominicana ha aumentado exponencialmente en los últimos años y ese aumento, lejos de ser una percepción, como a veces han querido llamarla los actores del sistema de justicia, constituye una realidad para todas sus clases sociales. Basta haber vivido en el país por varias décadas para haberlo constatado en carne propia e, incluso, basta tener amigos aquí y escucharlos hablar al respecto o leer sus numerosos escritos en los grupos sociales, sobre lo que era y lo que hoy es, para palpar el fenómeno.

Ese distinguible aumento en los actos delincuenciales cotidianos puede tener muchas causales. Ciertamente, la falta de educación es una de ellas, la pobreza es otra, las crisis sociales, de valores, de la familia y demás también, y así, en general, variables de distinta naturaleza en las que todos estamos de acuerdo.  Sin embargo, todas esas variables han existido siempre. Otros elementos, catalizadores poderosos de una reacción en estallido de la violencia, son los ingredientes perfectos que han hecho posible que tales circunstancias basten para justificar una explosión en número de los delitos y sus autores.

A mí, sin dármelas de experta y asida sólo de mi triple condición de abogada, ciudadana de la República por décadas y víctima, me queda claro que hay componentes nuevos, que añadidos a las causas de siempre, han desatado esta peligrosa y angustiante vorágine que nos arrastra a todos los ciudadanos a encarcelarnos en nuestros hogares. Entre ellos, veo una Policía Nacional involucrada cada vez más en los mismos hechos que está llamada a prevenir, un Ministerio Público errático, prepotente e indiferente y unos jueces plagados de decisiones insólitas; y los tres, recostados de una legislación procesal penal cuya discrecionalidad les permite hacer con cada caso, impunemente, lo que les da la gana.

Así, vemos en la prensa casos de personas (como recientemente la mujer de apellido Tonton que ha sido puesta en libertad 19 veces por micro tráfico de drogas o el hombre que por distintos atracos y asesinatos tiene 18 expedientes en San Cristóbal) que no importa cuán largo sea su historial delictivo, se encuentran en libertad cometiendo fechorías incesantemente y sin que el brazo de la justicia alcance siquiera a hacerles una caricia. Son casos ilustrativos que, multiplicados alarmantemente en los años recientes, apuntan específicamente y primordialmente a esa conjugación policial, judicial y legislativa que facilita la libertad de los malhechores reincidentes.

Ha sido grave, sin embargo, la censura, discreta a veces, agresiva otras, que se ejerce desde los distintos órganos involucrados. Recuerdo cuando el todavía presidente de la Suprema Corte de Justicia afirmó que sólo los jueces estaban facultados para hablar sobre la implementación del Código Procesal Penal.  Que se callen los abogados, prácticamente dijo.  Censura previa inconstitucional expresada desde la propia cabeza del Poder Judicial. De la misma manera, organizaciones de la sociedad que, prevalidas de jugosos financiamientos internacionales, tienen por encargo no sólo la defensa del sistema judicial, sino también de ese Código Procesal Penal que han prohijado. No hay escenario donde alguien exprese su opinión sobre dicha legislación que no encuentre una agresión gratuita e injustificada a su persona. De eso doy fe.

Así las cosas, los casos de justicia por propias manos se multiplicaron en los últimos años.  La precaria convivencia y armonía que como sociedad tratábamos de mantener mediante un pacto social que concedía únicamente a los poderes públicos la facultad de perseguir e imponer sanciones, se desmoronó. Los hechos de justicia por propias manos crecieron sin freno y desparramaron por todas las áreas de la convivencia social.  Aparentemente, la gran flexibilidad otorgada a las libertades de los acusados en el nuevo sistema penal nos llevó a un estado de violencia ciudadana más desarrollado. Perdido el miedo al castigo, cuya simple posibilidad constituía un elemento organizacional, devino casi en imposible el control de la naturaleza violenta de los seres humanos en el actual estado de cosas. Y eso, como bola de nieve que rueda agigantándose montaña abajo, empezó a arrastrar consigo la paz y la seguridad de todos los ciudadanos.

En ese estado de cosas surge NO A LA DELINCUENCIA. Con él, tengo la esperanza de ver llegado el momento de dejar de ser idiotas. De dejar de ser borregos manipulados por intereses económicos, por funcionarios corrompidos, por quienes son simplemente bocinas repetidoras de aquellos que se pasean, distanciados de la realidad que vive la mayoría de los dominicanos que trabaja, con sus largas escoltas y sus fáciles ingresos, indiferentes ante el doble sufrimiento de las víctimas de los delitos. Un grupo de ciudadanos, cansados ya de tanto, ha decidido decir basta ya. Estimulados por la emoción de un padre que no quiso “dejar las cosas así” cuando su hija fue asaltada, golpeada y traumatizada por un grupo de antisociales, ese grupo de ciudadanos se vistió de negro y se reunió, en un primer encuentro, en una vigilia por el NO A LA DELINCUENCIA.

NO A LA DELINCUENCIA promete. Promete y concita apoyo, no sólo por aglutinar muchas víctimas de experiencias parecidas, sino porque desde el primer momento se hizo claro que el elemento unificador era uno, el NO A LA DELINCUENCIA. Se excluyó la política porque la política divide. Los organizadores eran caras frescas que no se han lucrado con financiamientos de dudoso origen, ni se han vinculado a las imposiciones de la comparsa (que se adueña  impropiamente del título de “sociedad civil” en organizaciones gastadas y desacreditadas) en la que medran oportunistas e inmerecidos  buscadores de protagonismo. El liderazgo de la primera vigilia provino de la transmisión efectiva de la emoción sentida por una verdadera víctima. Y los asistentes reaccionaron positivamente.

La vigilia fue la primera y con ella quedó la certeza de muchas más. El ánimo de crecer y seguir expandiendo el movimiento es contagioso. La solidaridad de las víctimas y de sus familiares se une a otras que, con experiencias similares, se inflama y se solidifica. Yo estuve allí y pude sentirlo. Creo que a nuestra sociedad le hacía falta desde hace mucho un movimiento como ése. Creo que si persevera, puede obligar a los responsables a buscar soluciones. Ya era tiempo de que el dominicano saliera de su confortable letargo. Bienvenido NO A LA DELINCUENCIA. Bienvenidos todos los dominicanos que hoy despiertan. El país sigue siendo de todos.


 8 de septiembre de 2011.


1 comentario:

  1. Leila, te felicito por tu blog. Bienvenida a la blogesfera, un medio de comunicación hasta ahora sin censura.

    Tambien comparto tu optimismo por el grupo No a la delincuencia.

    ResponderEliminar