martes, 5 de abril de 2011

Reflexiones sobre delfines y perros callejeros (2002)

“No herir a nuestros humildes compañeros (los animales) es nuestro primer deber para con ellos. Pero parar no es suficiente. Tenemos una misión más grande: servirles cuando lo requieran... si tienes hombres que excluirán a cualquier criatura de Dios del refugio de la compasión y la lástima, tendrás hombres que actuarán de igual manera con sus compañeros hombres.”
San Francisco de Asís

Recientemente circuló en Internet un dramático llamado a la comunidad nacional clamando por la liberación de delfines capturados en aguas del Parque Nacional del Este de República Dominicana.  El comunicado señala que los delfines, ballenas y manatíes constituyen una fauna amenazada y que los mismos tienen derecho a ser libres y deben ser devueltos a su ambiente natural.  En especial, los delfines de las aguas del Parque Nacional del Este, capturados en virtud de un permiso validado por la Secretaría de Medio Ambiente en este año 2002. 

Quiero solidarizarme con este reclamo.  Pero no quiero quedarme ahí.  Quiero incluir, en la preocupación de la Fundación Dominicana de Estudios Marinos y del Patronato Amigos de los Animales, otras modalidades de maltrato animal.  Los experimentos científicos con animales, la cacería, la industria de la moda y las pieles, el toreo, el tráfico de especies exóticas, el circo, son causa de  sufrimiento para la especie animal en todo el mundo.  República Dominicana no es una excepción. 

Sólo que en nuestro país, es mayor aún el maltrato a los perros callejeros, las palomas, los pericos, los caballos, y va de la mano con la simple indiferencia de nosotros los humanos.  Nuestras autopistas constituyen un campo de concentración para los perros y gatos realengos que se atreven, en su inocente búsqueda de alimento, a atravesarlas.  Los basureros de los pueblos del país son el pasto indigesto que sustenta la tétrica vida los realengos enfermos, inválidos y atemorizados.  La venta de naranjas y tierra negra en carretas destartaladas son el gigantesco peso que deben cargar en las ciudades los famélicos caballos a cambio del abandono cuando sus cuerpos no toleran ya más látigos y sus fuerzas ya no son explotables.  Las piedras y los palos son el espanto mutilador del que deben huir a diario nuestras aves.  Es un mal que nos denigra, ver con indiferencia nuestros animales muriendo de hambre, sin hogar, con enfermedades, sucios, siendo apedreados, atropellados, perseguidos y abusados por simple aburrimiento o pervertida diversión. 

Y esa insensibilidad nos hace insensibles también, y mucho, hacia los pobres, los desvalidos los más débiles y hacia el sufrimiento, venga de donde venga. 

La bióloga marina Rachel Carson expresó una vez  que “hasta que tengamos el valor de reconocer la crueldad por lo que es -sea la víctima animal o humana- no podemos esperar que las cosas estén mejor en este mundo. No podemos tener paz entre hombres cuyos corazones disfrutan matando cualquier cosa viva. Retrasamos el progreso de la humanidad con cada acto que glorifica o al menos tolera tan estúpido disfrute al matar”; y ciertamente, estudios realizados en los Estados Unidos han demostrado que algunas personas que son crueles con los animales están copiando acciones que han visto y aprendido de niños o están siendo abusados por algún familiar y que existe una relación directa entre la crueldad hacia los animales y la violencia humana;  a tales niveles, que el FBI, ha llegado a señalar la crueldad contra los animales como una característica típica para identificar jóvenes sospechosos con potencial en convertirse en criminales en un futuro.

Y es que el niño que golpea o tortura un animal podría crecer y herir y hasta matar un ser humano y posiblemente ya sea testigo de actos de violencia en su familia; y que el padre que le mete una patada al perro podría estar golpeando a su esposa e hijos.  ¿No vivimos execrando la violencia contra la mujer y la familia, que ha llegado sólo en nuestro país a docenas de casos fatales en este último año? Entonces, ¿no es como para tener en cuenta el factor estudiado en los últimos 25 años por la sicología que muestra el repetido historial de maltrato hacia los animales que han tenido muchos de los más grandes criminales?  Jeffrey Dahmer, por ejemplo, sádico asesino de Estados Unidos que practicaba el canibalismo, llamó la atención durante su niñez por su inclinación a causar dolor y ver sufrir pequeños animales.

En palabras del poeta y filósofo Sri Aurobindo “La vida es vida, sea un gato, un perro o un humano. No hay diferencia entre un gato y un humano. La idea de la diferencia es una idea humana para provecho del hombre”.  Creer que sólo el sufrimiento humano es digno de atención es un prejuicio de especie que denota ignorancia, falta de educación.  El famoso cirujano Christian Barnard llegó a narrar la impresión que le produjo la sensibilidad demostrada por un chimpacé al utilizar a un vecino de jaula como donante de corazón.  Y es que el mundo animal no sólo tiene en sí hermosura, sino que comparte también con nosotros la vocación de sufrir y muchos de nuestros más puros sentimientos.    

Publicado en el periódico HOY el 23 de octubre de 2002.

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